‌El claroscuro del presente

Vivimos una época que parece suspendida entre dos mundos: el que agoniza y el que aún no nace. Un tiempo donde el futuro se encoge, donde la palabra “progreso” ha perdido su música, y donde la incertidumbre se ha convertido en la única certeza. Antonio Gramsci escribió esas líneas en una celda fascista, pero parecen dirigidas a nosotros. No porque repitamos su tragedia, sino porque compartimos su claroscuro: ese interregno donde lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no acaba de abrirse paso.

El capitalismo ha sobrevivido a todas sus crisis, pero ya no promete nada. Ha dejado de presentarse como portador de civilización y se muestra desnudo: como máquina de acumulación sin fin, aun a costa de la vida misma. Desde la crisis de 2008, las grandes potencias han inyectado billones en los mercados financieros mientras millones de seres humanos eran abandonados. La economía mundial crece en cifras y decrece en sentido. El crecimiento ya no distribuye riqueza, sino que amplía el abismo entre quienes lo producen y quienes lo disfrutan.

David Harvey lo explicó con claridad: “El neoliberalismo no fue un error técnico ni una desviación del capitalismo clásico, sino un proyecto político para restaurar el poder de clase.” \[1\] Ese proyecto triunfó. Hoy, el 1 % más rico controla más del 45 % de la riqueza mundial. Las empresas tecnológicas dictan la agenda de la innovación, la inteligencia artificial amenaza con multiplicar la precariedad, y las ciudades se convierten en fortalezas del capital inmobiliario. En los márgenes de esa riqueza reluciente se extienden desiertos de desesperanza: barrios desindustrializados, migraciones masivas, guerras sin fin.

Nunca como ahora la humanidad dispuso de tanto conocimiento técnico, tanta capacidad de producción y comunicación; y, sin embargo, nunca como ahora la mayoría vivió con la sensación de estar de más. Esa paradoja, que Marx intuyó en *El Capital*, se ha vuelto paisaje: “El capital desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sólo socavando al mismo tiempo las fuentes de toda riqueza: la tierra y el trabajador.” \[2\]

El sistema ha alcanzado su límite histórico. No se derrumba porque aún tiene fuerza para arrastrar todo lo que encuentra, pero ha perdido su horizonte civilizatorio. Las élites ya no prometen futuro: ofrecen seguridad, encierro, muros, vigilancia. El neoliberalismo tardío ya no vende esperanza, sino miedo. Y el miedo se convierte en lenguaje universal.

Frente a ese miedo, surgen dos caminos. Uno es el de la barbarie: la resignación ante la violencia del capital, el cinismo como moral dominante, la huida hacia nacionalismos excluyentes o salvaciones religiosas. El otro es el del socialismo entendido en su sentido más amplio: la afirmación de que la humanidad puede gobernarse a sí misma y que la cooperación es superior a la competencia.

Pero para elegir ese camino no basta con la indignación. Hay que reconstruir un método, una tradición, una esperanza organizada. Rosa Luxemburgo, en su cárcel de Breslau, lo expresó con lucidez: “El orden capitalista es un caos; su fin inevitable está sellado, pero el triunfo del socialismo no está asegurado. Exige la acción consciente del proletariado.” \[3\]

Esa acción consciente exige comprender las fuerzas que nos gobiernan. La globalización, que se nos vendió como destino, ha mostrado su rostro imperial: una red donde el capital circula libre y los seres humanos, vigilados. La llamada “economía digital” se basa en la extracción de datos, la explotación de tiempo y atención, y la conversión de cada gesto en mercancía. Lo que antes era la fábrica, hoy es el algoritmo. Y, como toda maquinaria del capital, requiere de obreros invisibles: programadores precarizados, moderadores de contenido, repartidores exhaustos, mineros del litio y del cobalto.

El capitalismo ha logrado mundializar la producción, pero no la dignidad. En nombre de la libertad de mercado, millones de trabajadores han sido arrojados a la inseguridad, y las conquistas del siglo XX —jornada limitada, derechos sindicales, sanidad y educación públicas— se desmantelan con la excusa de la “eficiencia”. Vivimos en lo que Nancy Fraser ha llamado “crisis de la reproducción social”: un sistema que ya no es capaz de sostener la vida que produce. \[4\]

La crisis ecológica, por su parte, no es un daño colateral: es la consecuencia lógica de un modo de producción que sólo entiende de crecimiento. Karl Marx lo intuyó hace siglo y medio al hablar de la “fractura metabólica” entre el hombre y la naturaleza. Hoy esa fractura amenaza con volver inhabitable el planeta. Y sin embargo, las mismas fuerzas que destruyen el clima nos piden confianza.

No es una crisis de recursos, sino de sistema. No faltan medios materiales ni conocimientos para garantizar una vida digna a todos; falta un modo de organización que lo permita. La humanidad no se enfrenta a la escasez, sino a la irracionalidad del capital. Producimos abundancia bajo relaciones de escasez artificial.

Esa es la verdadera tragedia de nuestra época: **la humanidad podría vivir mejor que nunca, pero vive peor que antes**.

Sin embargo, no todo es decadencia. En el claroscuro también habita la posibilidad. En los márgenes de la catástrofe florecen movimientos de solidaridad, redes de ayuda mutua, cooperativas, sindicatos renovados, comunidades que se niegan a desaparecer. La historia no es una línea recta hacia el desastre: es una lucha entre fuerzas que resisten y fuerzas que dominan.

Por eso, cuando en medio de ese panorama aparece un triunfo como el del socialista neoyorquino, no debemos verlo como una excepción milagrosa, sino como la señal de algo más profundo: **la reaparición de la política como esperanza colectiva**.

Donde el capital ofrece cinismo, la gente busca sentido. Donde el sistema promete competencia, la gente descubre la cooperación. Donde los gobiernos recortan, los pueblos organizan redes de cuidados. Y cuando esas prácticas se convierten en conciencia, la historia vuelve a moverse.

Marx decía que los hombres hacen su propia historia, pero no en circunstancias elegidas por ellos mismos. Esas circunstancias hoy son duras, contradictorias, globales. Pero la posibilidad sigue ahí, latiendo en la conciencia de clase, en la experiencia del trabajo y en la memoria de las luchas.

El claroscuro no es solo oscuridad. También es preludio del amanecer.

  

  

#### Notas

1.  David Harvey, *Breve historia del neoliberalismo*, Ed. Akal, Madrid, 2007, p. 13.

2.  Karl Marx, *El Capital*, t. I, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 638.

3.  Rosa Luxemburgo, *La crisis de la socialdemocracia*, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 47.

4.  Nancy Fraser, *Los límites del capitalismo*, Ed. Traficantes de Sueños, Madrid, 2021, p. 22.

2. ### ‌El capitalismo sin máscara

El capitalismo contemporáneo ha dejado de disimular su naturaleza. Durante décadas se presentó como progreso inevitable, como sinónimo de democracia, bienestar y libertad individual. Hoy ya no necesita mentir: se muestra tal cual es, como un sistema que produce riqueza para unos pocos y miseria para la mayoría, que destruye la naturaleza para sostener la tasa de ganancia, y que reemplaza la idea de ciudadanía por la de consumidor.

La financiarización global ha roto la relación entre producción y beneficio. Marx lo explicó con precisión: cuando el dinero produce dinero sin pasar por la mediación del trabajo, el capital se convierte en un poder fetichizado, un movimiento automático que ya no necesita justificar su existencia. “El capital —escribió— es trabajo muerto que sólo vive chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo absorbe.” \[1\] Esa frase, escrita en el siglo XIX, describe con exactitud el corazón del capitalismo digital del siglo XXI.

Hoy, los beneficios no provienen de fabricar bienes, sino de especular con ellos. Los bancos centrales sostienen a los mercados con inyecciones de liquidez, y el precio de las acciones se separa cada vez más del valor producido por los trabajadores. La economía se ha convertido en un gigantesco casino donde las ganancias son privadas y las pérdidas públicas. La deuda, ese mecanismo de dominación que Marx comparó con el tributo al capital ficticio, se ha transformado en la nueva frontera de la explotación.

Wolfgang Streeck advirtió que el capitalismo actual ya no busca legitimidad democrática, sino tiempo. “Compra tiempo”, dice el título de su libro, y lo hace mediante deuda, represión y propaganda. \[2\] Pero ese tiempo se agota. Los gobiernos endeudados no gobiernan: administran los intereses de los acreedores. Y el Estado, que alguna vez representó el terreno de la negociación social, se ha convertido en gestor de la acumulación privada.

El resultado es un sistema que mantiene su dinamismo económico al precio de destruir su base social. La financiarización no es solo un fenómeno técnico: es una forma de poder. Ha creado una clase rentista global que domina a través del crédito, la deuda y el control de los flujos de información. Ya no son los empresarios de fábrica quienes mandan, sino los gestores de fondos que deciden con un clic el destino de millones de trabajadores.

La pandemia de 2020 mostró con brutal claridad el rostro de este capitalismo sin máscara. Mientras los trabajadores esenciales arriesgaban la vida, los mercados bursátiles alcanzaban máximos históricos. Mientras millones perdían sus empleos, las fortunas tecnológicas crecían un 40 %. La crisis sanitaria fue una orgía de concentración económica. Y los aplausos desde los balcones fueron la única compensación simbólica para quienes sostuvieron el mundo real.

La guerra, por su parte, ha vuelto a ser un instrumento legítimo de la economía. Tras el colapso de 2008, la industria armamentística y energética encontraron en la militarización global una fuente de crecimiento. El conflicto en Ucrania, la competencia por el Ártico y el Pacífico, la tensión permanente en Oriente Medio, todo forma parte de una nueva “economía de guerra” permanente. Rosa Luxemburgo lo previó hace más de un siglo: “El capital no puede existir sin expansión constante, y esa expansión conduce inevitablemente a la guerra.” \[3\]

Pero la guerra contemporánea ya no se libra sólo con armas. También se libra con sanciones financieras, con el control de las cadenas de suministro, con el acaparamiento de datos y patentes. El imperialismo del siglo XXI no necesita colonias formales: le bastan tratados, deuda y plataformas digitales. Estados Unidos y China no disputan modelos opuestos de civilización, sino la hegemonía sobre un mismo sistema global de acumulación.

La crisis ecológica, por su parte, es la consecuencia más evidente del capitalismo sin máscara. Desde el punto de vista marxista, la catástrofe ambiental no es una desviación, sino una expresión directa de la lógica del valor. El capital no conoce límites naturales; sólo conoce barreras que intenta superar con tecnología o violencia. La “fractura metabólica” que Marx describió en los cuadernos agrarios de *El Capital* \[4\] se ha ampliado hasta niveles planetarios. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de los océanos y la desertificación son, en última instancia, productos del mismo proceso: la subordinación de la naturaleza al valor de cambio.

Mientras tanto, los gobiernos anuncian transiciones verdes gestionadas por las mismas corporaciones responsables del desastre. El capitalismo verde no es una alternativa: es una continuación maquillada. Las empresas energéticas invierten en renovables sólo si garantizan la rentabilidad; los bancos “sostenibles” financian minas de litio y megaproyectos hidroeléctricos que desplazan comunidades enteras. La promesa de salvar el planeta sin tocar los beneficios es otra ilusión ideológica. El capital no puede volverse ecológico porque su esencia es el crecimiento sin fin.

El mundo vive, así, bajo una doble amenaza: el colapso ambiental y el colapso social. Pero sería un error pensar que estamos condenados. La historia enseña que las sociedades no se derrumban de un día para otro: se transforman cuando la conciencia colectiva alcanza a ver lo intolerable como inaceptable. Y ese punto se aproxima.

El malestar, disperso durante años, comienza a tomar forma política. En cada huelga de Amazon, en cada protesta de trabajadores de la salud, en cada comunidad que defiende su territorio frente al extractivismo, se dibuja el contorno de una nueva subjetividad. Ya no se trata sólo de reclamar salario o derechos, sino de cuestionar el sentido mismo de la producción: ¿para quién, para qué, y a costa de qué se produce?

La esperanza, entonces, no surge del optimismo ingenuo, sino del reconocimiento de la fuerza colectiva. Como escribió Gramsci, “la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno aparecen los fenómenos morbosos más variados.” \[5\] Pero lo nuevo puede nacer. Lo morboso no es eterno. La barbarie no es destino. El colapso no es inevitable.

La tarea de nuestro tiempo es, por tanto, **politizar la desesperanza**, convertir el miedo en organización y la resignación en proyecto. Comprender que el socialismo no es una utopía lejana, sino la forma racional de sobrevivir como especie. No se trata de prometer paraísos, sino de evitar el infierno. Y si el capitalismo ha logrado construir un mundo global de explotación, nosotros debemos construir un mundo global de solidaridad.

El capitalismo sin máscara ya no engaña a nadie. La pregunta, entonces, no es si caerá, sino **cuándo** y **bajo qué condiciones**. Si lo dejamos caer sobre nosotros, será barbarie; si lo empujamos colectivamente, puede ser liberación.

Ese es el dilema de nuestro tiempo: **socialismo o colapso, esperanza o barbarie**.

  

  

#### Notas

1.  Karl Marx, *El Capital*, t. I, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 224.

2.  Wolfgang Streeck, *Comprando tiempo. La crisis pospuesta del capitalismo democrático*, Katz, Buenos Aires, 2014, p. 81.

3.  Rosa Luxemburgo, *La acumulación del capital*, Ed. Akal, Madrid, 2011, p. 71.

4.  Karl Marx, *El Capital*, t. III, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 756.

5.  Antonio Gramsci, *Cuadernos de la cárcel*, Ed. Era, México, 1975, p. 311.

3. ### ‌Estados Unidos: el laboratorio de la descomposición

Ningún país refleja mejor las contradicciones del capitalismo contemporáneo que Estados Unidos. Su poder militar, financiero y tecnológico sigue siendo inmenso, pero su cohesión social se desmorona. Es, a la vez, el corazón del imperio y su laboratorio de la crisis.

En sus calles conviven el lujo obsceno y la miseria absoluta, los rascacielos de Manhattan y los campamentos de los sin techo en Los Ángeles. Allí donde el capital global muestra su brillo más intenso, también muestra sus sombras más densas.

Durante décadas, el mito americano sirvió de modelo civilizatorio. Se nos dijo que era el país donde cualquiera podía prosperar, donde la libertad era una oportunidad y no un privilegio. Pero tras medio siglo de neoliberalismo, esa promesa se ha roto.

El llamado “sueño americano” se ha convertido en pesadilla estadística: salarios estancados desde los años

setenta, desindustrialización masiva, desigualdad récord, crisis de opioides y desesperanza social. En las regiones del cinturón industrial, antiguas fábricas convertidas en ruinas son monumentos mudos de una clase obrera abandonada.

Karl Marx escribió en *El 18 Brumario de Luis Bonaparte* que “la historia se repite, primero como tragedia y después como farsa” \[1\]. En Estados Unidos, esa farsa se llama Trump.

Su ascenso no fue un accidente ni un malentendido: fue la respuesta deformada de una sociedad que perdió su eje. Trump es el producto y el síntoma de un sistema que promete prosperidad y entrega frustración. Supo apropiarse de la rabia acumulada por la desindustrialización y el abandono del interior del país, transformándola en nacionalismo agresivo y resentimiento racial.

Pero reducir el fenómeno a la figura de un demagogo sería ingenuo. El trumpismo no es sólo un líder: es una corriente histórica, una coalición contradictoria de capital financiero, pequeña burguesía desesperada y sectores obreros despolitizados. Representa el intento de la derecha por canalizar el malestar de las masas hacia salidas autoritarias.

Marx ya había advertido que, cuando las clases dominantes pierden legitimidad y la clase trabajadora aún no

se organiza, surge el bonapartismo: el hombre fuerte que promete orden frente al caos. Y eso es precisamente lo que ocurrió.

Donald Trump habló a los “olvidados” de América: los obreros blancos empobrecidos, los veteranos abandonados, los trabajadores sin sindicato. Les dijo que no eran culpables de su decadencia, que los culpables eran los inmigrantes, las mujeres emancipadas, los negros, los progresistas, los chinos. Les dio un enemigo y una identidad.

#### La izquierda institucional, en cambio, no les ofreció nada. Los demócratas se convirtieron en el partido de

Wall Street y Silicon Valley, más preocupados por la estabilidad fiscal que por la justicia social. La clase obrera se quedó huérfana, y el vacío lo llenó la reacción.

El periodista Chris Hedges lo resumió con brutal honestidad: “Los liberales destruyeron el Estado del bienestar, y los fascistas ocuparon el espacio emocional que dejaron.” \[2\]

Esa frase debería grabarse en piedra. La crisis de legitimidad del liberalismo ha abierto las puertas a un nuevo autoritarismo que combina neoliberalismo económico con nacionalismo cultural. No es una vuelta al pasado, sino una mutación del presente.

Sin embargo, la historia no se agota ahí. Porque en el mismo país donde emergió Trump, también resurge una corriente socialista con raíces obreras y populares.

La victoria del candidato socialista en Nueva York —fruto de una campaña construida desde los barrios, sin dinero corporativo y con miles de voluntarios puerta a puerta— marcó un punto de inflexión. No se trató de

un fenómeno marginal, sino de una muestra de algo más profundo: la reaparición de la idea de que la política puede ser una herramienta de emancipación colectiva.

**Ese renacimiento tiene historia.** Durante años, movimientos como *Occupy Wall Street*, *Black Lives Matter* o las huelgas de docentes y enfermeras fueron el laboratorio donde una nueva generación aprendió a organizarse. El socialismo estadounidense contemporáneo no nació en los libros, sino en las calles.

Cuando los jóvenes coreaban “We are the 99%”, estaban rescatando, sin saberlo del todo, el lenguaje de clase

que el sistema había intentado borrar. Y cuando los trabajadores del sector tecnológico empezaron a formar sindicatos, estaban reconectando la innovación con la lucha.

El triunfo neoyorquino condensó ese proceso: un programa nítidamente de clase —vivienda pública, impuestos a los ricos, sanidad universal, control democrático de los servicios esenciales—, defendido con un lenguaje de esperanza, no de resentimiento.

Lo que movilizó a miles de voluntarios no fue el carisma de un líder, sino la convicción de que **organizar es más poderoso que lamentar**. Esa pedagogía práctica, puerta a puerta, barrio a barrio, es el antídoto contra el cinismo y la despolitización.

Rosa Luxemburgo escribió que “la libertad es siempre la libertad de los que piensan distinto” \[3\]. Esa libertad, entendida no como privilegio individual, sino como capacidad colectiva de decidir el rumbo de la sociedad, es lo que el socialismo estadounidense está tratando de recuperar.

Frente al odio de la derecha y la resignación del centro, esa izquierda apuesta por un discurso moral y político: que nadie merece vivir con miedo, que la riqueza no puede concentrarse en manos de unos pocos, que la democracia sin justicia económica es una farsa.

En términos marxistas, podríamos decir que Estados Unidos está viviendo una recomposición contradictoria de clase. Por un lado, una fracción obrera envejecida, racializada y desorganizada se deja arrastrar por la reacción. Por otro, una nueva clase trabajadora urbana, diversa y precarizada busca herramientas de acción política.

No es casualidad que las huelgas más recientes se den en sectores como Amazon, Starbucks, universidades y hospitales: los nuevos centros neurálgicos de la acumulación. **Allí donde el capital concentra su poder, nace también su negación.**

La magnitud del desafío es enorme. Las corporaciones controlan los medios, los partidos, las redes y la imaginación. Pero el capitalismo estadounidense no es invulnerable: depende de una infraestructura social que no controla del todo. Sin repartidores, sin enfermeras, sin profesores, sin técnicos de mantenimiento, el país se paraliza.

El poder está ahí, latente, esperando organización y dirección.

Desde una perspectiva marxista, la lucha en Estados Unidos tiene un valor mundial. El país que simbolizó el triunfo del capitalismo puede convertirse en el escenario de su crisis más profunda. Si el socialismo logra abrirse paso en el corazón del imperio, la esperanza cambiará de geografía.

Ya no será una consigna romántica en los márgenes del mundo, sino una posibilidad concreta en su centro.

El politólogo Mike Davis advirtió poco antes de morir que “el capitalismo norteamericano no caerá por agotamiento interno, sino porque su base social ya no puede sostenerlo.” \[4\] Esa base —los trabajadores, las mujeres, los migrantes, los jóvenes endeudados— está empezando a tomar conciencia de su fuerza.

Lo que ocurre en Nueva York no es un fenómeno aislado, sino una expresión temprana de una tendencia que podría volverse irreversible si se conecta con las luchas globales.

Las élites lo saben. Por eso redoblan la represión, la censura, la manipulación mediática. Intentan dividir a los trabajadores por raza, religión o género. Temen más la organización que la protesta. Porque la organización transforma el descontento en poder.

En Estados Unidos, el dilema ya no es entre demócratas y republicanos, sino entre quienes aceptan el capitalismo y quienes lo desafían. Y esa línea de ruptura atraviesa todas las clases, géneros y generaciones. En un país donde millones trabajan sin contrato, donde la esperanza de vida de los pobres disminuye, donde la salud es un lujo y la vivienda un sueño, la idea socialista ha dejado de ser tabú para convertirse en posibilidad.

El reto es enorme, pero también lo es la oportunidad. La clase trabajadora estadounidense no necesita importar teorías: tiene su propia historia de lucha, desde Haymarket hasta la huelga de los mineros de Alabama, desde las marchas por los derechos civiles hasta los movimientos feministas y ecologistas actuales. Esa historia es su mayor arma, su “maquinaria” moral y cultural para limpiar el camino. Como escribió Howard Zinn, “la historia de Estados Unidos no es la historia de los presidentes, sino la de quienes se rebelaron contra ellos.” \[5\]

El capitalismo estadounidense está descompuesto, pero no acabado. Lo que está en disputa es el sentido de esa descomposición: si desembocará en barbarie o en transformación.

En medio del ruido, el socialismo neoyorquino ha demostrado que otra política es posible: una política que no teme pronunciar la palabra justicia, que no se refugia en tecnicismos, que no busca ser tolerada por el poder, sino reemplazarlo.

Lo que allí se ha iniciado no es un experimento electoral, sino un ensayo de futuro. Si logra mantenerse fiel a sus raíces —autonomía, base popular, transparencia, coherencia—, puede ser la chispa que prenda en otras partes del mundo.

Porque cuando los trabajadores de la potencia hegemónica comienzan a organizarse bajo la bandera de la

igualdad, el miedo cambia de hemisferio.

En un discurso tras su victoria, el joven dirigente neoyorquino lo resumió con palabras sencillas:

“No prometimos milagros, prometimos trabajo colectivo. No hablamos en nombre del pueblo: hablamos con él. Y eso es lo que el poder no puede soportar.”

Esa frase resume toda una estrategia política: **la esperanza organizada**. No la ilusión pasiva de que las cosas mejorarán, sino la certeza práctica de que pueden cambiar si nos organizamos.

La esperanza, cuando se convierte en método, es más revolucionaria que el más brillante de los análisis.

El socialismo estadounidense está aún en pañales, pero su existencia ya es histórica. Porque no hay futuro sin ejemplo, y no hay ejemplo más poderoso que el de un pueblo que empieza a perder el miedo.

El claroscuro se abre, y en él se vislumbra algo que hacía décadas no se veía en el corazón del imperio: el amanecer de los que no se rinden.

  

  

#### Notas

1.  Karl Marx, *El 18 Brumario de Luis Bonaparte*, Ed. Akal, Madrid, 2013, p. 62.

2.  Chris Hedges, *America: The Farewell Tour*, Simon & Schuster, Nueva York, 2018, p. 29.

3.  Rosa Luxemburgo, *La revolución rusa*, Ed. Akal, Madrid, 2019, p. 53.

4.  Mike Davis, *Old Gods, New Enigmas: Marx’s Lost Theory*, Verso, Londres, 2018, p. 214.

5.  Howard Zinn, *La otra historia de los Estados Unidos*, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2005, p. 11.

4. ### ‌Europa: la vieja fortaleza resquebrajada

Europa, cuna del movimiento obrero y del pensamiento socialista, atraviesa un largo invierno político. Durante siglos fue el escenario donde las clases trabajadoras levantaron sus organizaciones, sus partidos, sus conquistas. Hoy, ese continente envejecido y desconcertado parece mirar su propio reflejo con melancolía.

Sin embargo, bajo la superficie de la resignación, laten fuerzas que aún no se resignan a desaparecer.

El proyecto de la Unión Europea nació, en apariencia, para evitar la repetición de las guerras y garantizar la prosperidad común. En realidad, fue concebido como un mecanismo de integración capitalista. Wolfgang Streeck lo expresó con precisión: “La Europa de Maastricht no se creó para proteger a los pueblos, sino para proteger a los mercados.” \[1\]

La integración monetaria, las políticas de austeridad y la arquitectura institucional que se consolidó en los años noventa blindaron el poder del capital financiero frente a la soberanía popular. Los tratados sustituyeron a las constituciones, y el derecho del mercado se impuso al derecho de los ciudadanos.

Cuando la crisis de 2008 golpeó el continente, la máscara cayó. Las élites europeas rescataron bancos, no personas. En nombre de la estabilidad presupuestaria, se sacrificaron los derechos laborales, se desmantelaron los servicios públicos y se destruyeron millones de empleos. Grecia fue el laboratorio del castigo ejemplar: el mensaje era claro, quien desobedezca a los acreedores sufrirá.

Aquel episodio fue más que una crisis económica; fue una lección política. Mostró que la democracia europea termina donde empieza el interés del capital.

#### En esa década perdida, la socialdemocracia consumó su rendición. Los partidos que alguna vez representaron a la clase trabajadora se convirtieron en gestores del neoliberalismo. El lenguaje del conflicto fue sustituido por el de la gobernabilidad; el de la justicia, por el de la competitividad. Tony Blair, Gerhard Schröder, Zapatero o Hollande simbolizan esa deriva: administradores de un orden que ya no controlan.

La consecuencia fue la desafección. Los trabajadores dejaron de reconocer en la izquierda institucional una herramienta de defensa. La política se volvió una cuestión de tecnócratas; la vida, una carrera de obstáculos.

Pero la historia europea no ha terminado. Como en otras épocas, la acumulación de injusticia genera su propio movimiento contrario.

El neoliberalismo ha destruido la cohesión social, pero también ha sembrado las semillas de una nueva

resistencia. En los márgenes del consenso, en los barrios obreros, en los hospitales, en las escuelas, en los talleres, surgen formas de autoorganización que recuerdan los viejos principios del movimiento obrero: solidaridad, mutualismo, cooperación.

El movimiento de las *mareas* en España, los *gilets jaunes* en Francia, las huelgas de transporte y metalurgia en Alemania, las luchas de las enfermeras en Reino Unido o las protestas contra las privatizaciones en Italia son expresiones dispersas de un mismo malestar: el rechazo a vivir bajo el chantaje de los mercados.

#### Y cada vez que el pueblo dice “no”, el discurso de los poderosos tiembla. Porque el capitalismo europeo,

#### aunque se disfrace de moderación, sabe que vive de la obediencia.

Karl Polanyi, en *La gran transformación*, advirtió que cuando los mercados se imponen sobre la sociedad, esta reacciona buscando protección \[2\]. Esa reacción puede ser democrática o reaccionaria. En los años treinta, el miedo condujo al fascismo; hoy, el peligro es el mismo. Los populismos de extrema derecha canalizan el descontento de quienes fueron olvidados por la globalización. Pero el problema no es el pueblo enfadado, sino el sistema que lo traicionó.

El auge de fuerzas como Vox, Le Pen, Salvini o la AfD no se explica por su fuerza ideológica, sino por el vacío que dejó la izquierda. *Donde la izquierda renunció a hablar de clase, la derecha inventó una falsa identidad nacional; donde la izquierda olvidó la palabra pueblo, la derecha la llenó de xenofobia.*

La batalla cultural no la perdió el socialismo: la abandonó. Y recuperar esa batalla no es un asunto de

marketing, sino de coraje moral y claridad política.

El filósofo francés Daniel Bensaïd recordaba que “la izquierda se pierde cada vez que confunde estrategia con gestión.” \[3\] Europa necesita estrategia, no administración. Necesita volver a pensar el socialismo no como un modelo cerrado, sino como horizonte abierto: democracia radical, planificación ecológica, justicia de género y redistribución del tiempo y la riqueza.

La utopía no está en volver al Estado de bienestar, sino en construir un nuevo pacto social que reconcilie la técnica con la vida, el trabajo con el sentido, la política con la esperanza.

Esa reconstrucción ya ha comenzado, silenciosamente. Los nuevos movimientos sindicales en España, Portugal y Alemania han aprendido a combinar el conflicto laboral con la defensa de lo común. Las cooperativas energéticas y alimentarias surgen como alternativa a los monopolios; las redes de vivienda impiden desahucios; las huelgas feministas y ecologistas devuelven al espacio público la idea de comunidad. Cada uno de esos gestos es una grieta en la fortaleza neoliberal.

La pandemia reabrió la pregunta sobre el papel del Estado. Durante un instante, la historia pareció detenerse y recordarnos lo esencial: que sin trabajadores, sin sanidad pública, sin cuidados, la sociedad se derrumba. Los mismos gobiernos que predicaban el mercado libre se vieron obligados a intervenir, a planificar, a proteger.

Pero, tan pronto como pasó el peligro, intentaron borrar la lección.

Sin embargo, algo cambió en la conciencia colectiva. El mito del mercado infalible ya no convence a nadie.

Europa, que inventó el capitalismo, podría también inventar su superación. Posee el conocimiento técnico, la infraestructura y la tradición política para hacerlo. Pero le falta el coraje. El socialismo europeo debe recuperar su audacia. No se trata de volver al pasado, sino de reanudar un hilo roto: el de la emancipación.

Rosa Luxemburgo, en los albores de la Primera Guerra Mundial, escribió que “la humanidad se encuentra ante una disyuntiva: o el triunfo del imperialismo y la ruina de toda civilización, o la victoria del socialismo.” \[4\] Más de un siglo después, esa frase vuelve a resonar. El imperialismo no ha desaparecido: se ha internalizado en las instituciones europeas, en la austeridad perpetua, en la sumisión a la OTAN, en el miedo a desobedecer a los mercados.

Pero la ruina no es inevitable. La historia europea es también la historia de quienes dijeron “basta”: de los obreros de la Comuna de París, de las mujeres de Petrogrado, de los partisanos antifascistas, de los estudiantes del 68, de las mareas y los chalecos amarillos. Todos ellos formaron parte de una misma corriente subterránea que, a pesar de las derrotas, sigue fluyendo.

Esa corriente puede volver a emerger si recupera su lenguaje y su propósito. No basta con denunciar la injusticia: hay que ofrecer una alternativa comprensible y deseable.

El socialismo debe volver a hablar en el idioma de la vida cotidiana: en la factura de la luz, en el precio del alquiler, en el derecho a la jornada de seis horas, en la promesa de una vejez digna. **No hay revolución sin pan, pero tampoco sin poesía.**

Europa vive un tiempo de transición. Lo viejo se derrumba, pero lo nuevo aún no se atreve a nacer. Y sin embargo, cada huelga, cada protesta, cada acto de solidaridad anticipa un futuro distinto.

La esperanza no ha desaparecido: se ha desplazado. Ya no está en los despachos de Bruselas, sino en las calles, en los talleres, en los hospitales. Allí donde alguien dice “esto no puede seguir así”, el amanecer se anuncia.

Los poderosos confían en el cansancio, en el olvido, en la indiferencia. Pero la memoria de la lucha es terca. El socialismo europeo, si quiere renacer, deberá hacerlo desde abajo, desde el dolor y la dignidad de los pueblos. Y cuando lo haga, cuando vuelva a encenderse la chispa, será nuevamente ejemplo para el mundo: el continente donde nació el capitalismo puede ser también el lugar donde empiece a morir.

  

  

#### Notas

1.  Wolfgang Streeck, *El retorno de lo reprimido*, Ed. Traficantes de Sueños, Madrid, 2021, p. 19.

2.  Karl Polanyi, *La gran transformación*, Ed. La Piqueta, Madrid, 1997, p. 128.

3.  Daniel Bensaïd, *Elogio de la política profana*, Ed. Península, Barcelona, 2009, p. 74.

4.  Rosa Luxemburgo, *La crisis de la socialdemocracia*, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 47.

5. ### ‌América Latina: el fuego bajo las cenizas

América Latina siempre ha sido el espejo más sincero del capitalismo mundial. En sus tierras fértiles se reflejan tanto las promesas del progreso como sus violencias. Desde la conquista, la región ha vivido bajo el signo de la extracción: oro, plata, caucho, petróleo, soja, litio. Cada ciclo de bonanza ha terminado en ruina, cada modernización en dependencia.

Pero también aquí, una y otra vez, ha resurgido el fuego de la resistencia.

Eduardo Galeano lo dijo con palabras inolvidables: “Nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros.” \[1\] Esa frase resume cinco siglos de despojo. El capitalismo global nació de la sangre americana y todavía se alimenta de ella. Lo que hoy llaman “cadena de valor” no es más que una nueva versión del viejo colonialismo: el norte diseña, el sur produce; unos deciden, otros obedecen.

Sin embargo, la historia latinoamericana demuestra que la dependencia no anula la rebeldía; la multiplica.

A comienzos del siglo XXI, cuando el neoliberalismo parecía invencible, América Latina fue el primer continente que le plantó cara. Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina, Brasil, Uruguay: una ola de gobiernos progresistas cambió el mapa político de la región.

No fue una revolución, pero sí un intento serio de romper con el dogma del mercado. Se nacionalizaron recursos, se redujo la pobreza, se ampliaron derechos sociales y se recuperó la soberanía.

Durante un tiempo, millones de personas sintieron que la historia volvía a moverse en su favor.

Aquel ciclo tuvo logros indiscutibles: la redistribución del ingreso, la alfabetización masiva, la integración regional a través del ALBA y la UNASUR, y una política exterior independiente de Washington.

Pero también mostró límites estructurales: la dependencia de las materias primas, la falta de diversificación productiva y la persistencia de aparatos estatales heredados del viejo orden oligárquico. Cuando los precios del petróleo y los minerales cayeron, la contraofensiva no tardó en llegar.

Las élites, incapaces de reconquistar el poder por las urnas, recurrieron al *lawfare*, a la manipulación mediática

y a los golpes blandos. Brasil, Paraguay, Honduras, Bolivia, Ecuador: **cada país tuvo su herida.**

Y sin embargo, el fuego no se extinguió.

Porque lo que había renacido no era solo un ciclo de gobiernos, sino una cultura política popular. El pueblo latinoamericano aprendió a desconfiar del fatalismo.

En Chile, en Colombia, en Perú, en México, en Ecuador, nuevas generaciones tomaron las calles para reclamar dignidad, educación, salud, feminismo, ecología. Lo hicieron con su propio lenguaje, sin pedir permiso a las viejas estructuras partidarias.

El estallido chileno de 2019 fue emblemático. Durante décadas, Chile fue presentado como el “milagro neoliberal”: crecimiento estable, instituciones sólidas, obediencia social.

Pero bajo la fachada se acumulaba el cansancio de una sociedad endeudada y desigual. Cuando un alza de treinta pesos en el metro encendió la chispa, millones salieron a la calle. **“Nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo”, decía una pancarta.**

Aquel movimiento no solo derribó un mito económico: derribó una cultura política. Demostró que el pueblo, incluso en el país más dócil, podía recuperar la voz.

En Colombia, las protestas contra la reforma tributaria de 2021 fueron otro punto de inflexión. Por primera vez en décadas, los barrios obreros y los pueblos indígenas unieron fuerzas en una movilización masiva que paralizó el país.

De ese proceso emergió el primer gobierno progresista de su historia.

La victoria de Gustavo Petro y Francia Márquez no fue un milagro, sino el resultado de años de organización en las calles, los sindicatos, los feminismos y las comunidades afrodescendientes.

Cuando Francia Márquez gritó “¡Vivir sabroso!” en su discurso de campaña, no era una consigna ingenua: era una síntesis política. La vida digna frente al capital depredador. La alegría como forma de resistencia.

En México, el gobierno de López Obrador intentó reconciliar la justicia social con la soberanía nacional, revirtiendo décadas de neoliberalismo.

Con todas sus contradicciones, el proceso mexicano reintrodujo una idea olvidada: que el Estado puede ser

instrumento de redistribución si responde a los intereses del pueblo.

Mientras tanto, en Argentina, el kirchnerismo resiste entre presiones del FMI y las derechas locales, mostrando los límites y las posibilidades de gobernar en un mundo de dependencia estructural.

**No hay un solo camino.** América Latina nunca ha tenido una vía única al socialismo. Su fuerza está en la diversidad: movimientos indígenas que defienden el *buen vivir*; feminismos populares que politizan los cuidados; campesinos que reinventan la soberanía alimentaria; sindicatos que se transforman en redes comunitarias; asambleas urbanas que enfrentan al extractivismo.

Cada uno de esos frentes es una expresión de la lucha de clases contemporánea.

Samir Amin sostuvo que el sistema mundial capitalista no puede reformarse: solo puede romperse mediante bloques regionales de resistencia. \[2\] América Latina, con su historia de dependencia y su riqueza natural, tiene condiciones únicas para ser ese bloque. Pero la integración no puede basarse solo en acuerdos comerciales: debe basarse en una estrategia común de desarrollo autosuficiente, planificación ecológica y soberanía tecnológica.

#### La batalla por el litio es un ejemplo decisivo.

Bolivia, Chile y Argentina poseen más del 60 % de las reservas mundiales, pero las transnacionales intentan apropiarse del recurso bajo el disfraz de la “transición verde”.

El socialismo latinoamericano del siglo XXI deberá aprender de los errores del pasado: no basta con nacionalizar; hay que socializar el conocimiento, diversificar la producción, controlar democráticamente la tecnología.

De lo contrario, el extractivismo verde reemplazará al petróleo, y la dependencia continuará.

Otro rasgo decisivo de esta nueva etapa es el papel del feminismo popular. En toda la región, las mujeres han pasado del margen al centro de la política.

El movimiento “Ni una menos” no solo denunció la violencia machista: vinculó el patriarcado con el

capitalismo, el cuerpo con el trabajo, el hogar con la economía.

Como escribió la economista argentina Verónica Gago, *“la huelga feminista es una huelga social: interrumpe todas las formas de explotación, visibles e invisibles.” \[3\]*

Las luchas de las mujeres en Argentina, Chile, México y Colombia han devuelto a la izquierda una dimensión emocional y ética sin la cual no hay revolución posible.

Junto al feminismo, el ecologismo popular y las comunidades indígenas están redefiniendo la noción misma de progreso. Frente a la lógica del crecimiento infinito, proponen la armonía con la tierra; frente a la competencia, la reciprocidad.

#### No es romanticismo: es realismo ecológico.

El capitalismo global ha llevado al planeta al borde del colapso; los pueblos originarios, con su cosmovisión comunitaria, pueden aportar las claves de una economía sustentable.

En todos estos procesos late una misma intuición: **la política no puede seguir siendo una delegación; debe volver a ser participación**.

La desconfianza hacia los partidos tradicionales es grande, pero no significa apatía. El pueblo latinoamericano no ha abandonado la política: la está reinventando.

Desde las asambleas territoriales hasta las radios comunitarias, desde las cooperativas autogestionadas hasta

las plataformas de solidaridad digital, se está gestando una forma de poder popular descentralizado.

El desafío es convertir esa potencia en proyecto estratégico. La revolución no puede limitarse a lo local; necesita articulación continental.

José Martí ya lo advirtió en el siglo XIX: “Patria es humanidad.” Y Fidel Castro lo repitió en otro contexto: “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución.”

Hoy, el internacionalismo latinoamericano se construye desde abajo, en redes de cooperación, en la solidaridad entre pueblos, en la defensa compartida del Amazonas y del agua.

El horizonte no está libre de sombras. Las derechas reaparecen con fuerza, alimentadas por los medios concentrados, las iglesias ultraconservadoras y el dinero extranjero.

Intentan capitalizar el malestar social con discursos de odio y promesas de orden. Pero no tienen proyecto; solo resentimiento.

La batalla es cultural tanto como económica. Y **América Latina, maestra en resistir, sabe que las derrotas solo son definitivas cuando se pierde la esperanza.**

Como escribió Frei Betto, “la fe del pueblo no es ingenua: es el combustible de su historia.” \[4\]

Esa fe, entendida como convicción racional de que otro mundo es posible, es lo que ha mantenido viva la llama.

La región que fue laboratorio del neoliberalismo puede ser también el laboratorio de su superación.

En los barrios de Buenos Aires, en las comunas de Caracas, en las asambleas feministas de Santiago, en las cooperativas de Oaxaca, en las comunidades de Cochabamba, se repite el mismo gesto: la gente no espera, actúa.

Mientras las élites discuten índices de crecimiento, los pueblos inventan formas de vida digna.

Y esa inventiva colectiva, esa capacidad de organizar la esperanza, es el verdadero legado latinoamericano al mundo.

América Latina enseña una lección esencial al movimiento socialista global: **que la lucha no es solo contra el capital, sino también por la vida.**

Que no hay revolución sin alegría, ni emancipación sin ternura, ni justicia sin comunidad. El fuego bajo las cenizas no se apaga: se acumula, se alimenta, y cuando estalla, ilumina.

Quizá por eso, incluso en los momentos más oscuros, el continente sigue siendo el territorio donde la palabra “esperanza” conserva su sentido.

Porque como escribió Galeano:

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.” \[5\]

  

#### Notas

1.  Eduardo Galeano, *Las venas abiertas de América Latina*, Siglo XXI Editores, Madrid, 2005, p. 12.

2.  Samir Amin, *El capitalismo en la era de la globalización*, Siglo XXI Editores, México, 1997, p. 91.

3.  Verónica Gago, *La potencia feminista*, Ed. Tinta Limón, Buenos Aires, 2019, p. 33.

4.  Frei Betto, *La obra del amor*, Ed. Caminho, São Paulo, 1994, p. 102.

5.  Eduardo Galeano, *El libro de los abrazos*, Siglo XXI Editores, Madrid, 2001, p. 223.

6. ### ‌Asia y África: el espejo del mundo

En los mapas del poder global, Asia y África son representadas muchas veces como territorios periféricos, como espacios de recursos y mano de obra. Sin embargo, quien observe con mirada histórica sabe que allí se juega hoy el destino del capitalismo mundial.

#### El siglo XXI no será europeo ni americano: será asiático y africano, porque allí convergen las fuerzas

#### más contradictorias de nuestro tiempo —el desarrollo más vertiginoso y la miseria más profunda, la tecnología más avanzada y la explotación más brutal.

Karl Marx, en los borradores del *Capital*, advirtió que el capitalismo no se expande sólo por el deseo de conquista, sino por necesidad vital: “El capital necesita constantemente extenderse geográficamente para sobrevivir, pues cada límite que alcanza amenaza su existencia.” \[1\]

Ese impulso expansivo no terminó con el colonialismo clásico; adoptó nuevas formas. Hoy se llama globalización, tratados de libre comercio, deuda externa o inversión extranjera directa.

El viejo colonialismo imponía gobiernos; el nuevo impone mercados.

El resultado, sin embargo, es el mismo: extracción, dependencia y desigualdad.

China es el epicentro de esta transformación. En pocas décadas, pasó de ser un país empobrecido y rural a convertirse en la segunda potencia económica del planeta. Lo logró mediante una combinación singular: planificación estatal, apertura controlada al capital extranjero y disciplina laboral masiva.

Ese modelo permitió elevar a cientos de millones de personas por encima de la pobreza, pero al precio de crear una nueva clase trabajadora superexplotada y una élite capitalista que rivaliza con las occidentales.

El “socialismo con características chinas” ha demostrado la capacidad del Estado para dirigir la acumulación, pero también ha revelado sus contradicciones: desigualdades regionales, contaminación extrema, autoritarismo político y dependencia del mercado mundial.

David Harvey observó que el ascenso de China representa tanto una esperanza como una advertencia: “Si el capitalismo chino logra absorber el excedente global, se convertirá en el nuevo motor de una acumulación sin límites.” \[2\]

Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.

Las megaciudades, las zonas económicas especiales y los corredores industriales son monumentos a la eficiencia capitalista y, al mismo tiempo, símbolos de la alienación contemporánea.

En Shenzhen, el “Silicon Valley” del este, miles de trabajadores ensamblan la tecnología que sostiene el confort digital del norte, mientras viven en condiciones propias del siglo XIX.

A la sombra de China, otros países del sudeste asiático —Vietnam, Indonesia, Filipinas, Bangladesh— han seguido trayectorias similares: crecimiento sostenido, inversión extranjera, deslocalización de la industria europea y estadounidense.

Pero el milagro asiático se sostiene sobre una ecuación precaria: bajos salarios, represión sindical y dependencia de las exportaciones.

El capital, en su búsqueda de rentabilidad, se desplaza allí donde el trabajo es más barato y la organización más débil.

Lo que antes fueron colonias, hoy son fábricas del mundo.

India, por su parte, vive una contradicción extrema: una economía en expansión y una sociedad fragmentada. Bajo el gobierno de Narendra Modi, el país combina neoliberalismo económico con nacionalismo religioso.

El crecimiento del PIB convive con la miseria de cientos de millones de campesinos, el trabajo infantil y el control autoritario de los medios.

Las revueltas campesinas de 2020 y 2021 —las más grandes de la historia contemporánea— mostraron la magnitud del descontento: millones de agricultores bloquearon carreteras, sitiaron Nueva Delhi y obligaron al gobierno a retirar sus leyes privatizadoras.

Fue una lección mundial: incluso en el corazón del neoliberalismo asiático, la resistencia campesina puede doblegar al poder.

Asia, en su conjunto, revela el rostro dual del capitalismo global: prosperidad y despojo, modernización y servidumbre.

Las nuevas metrópolis brillan, pero bajo su luz trabajan millones de obreros invisibles que sostienen la arquitectura del capital digital.

Y sin embargo, de esa explotación nace también una nueva conciencia internacional.

Los sindicatos transnacionales de la electrónica, las huelgas coordinadas de repartidores, las redes de mujeres obreras textiles en Bangladesh y Camboya, las alianzas entre movimientos campesinos e indígenas: todas ellas son señales de una **proletarización global con conciencia planetaria**.

Si Asia representa el taller del mundo, África es su cantera.

Allí se libran hoy las batallas más feroces por los recursos naturales: petróleo, gas, uranio, coltán, oro, litio, tierras cultivables.

La guerra por el Congo no es sólo una tragedia local, sino una guerra mundial silenciosa por el control del coltán, mineral indispensable para la telefonía y la electrónica.

Lo que en Europa llaman “tecnología limpia” se construye con el sufrimiento africano.

Cada smartphone, cada batería, cada panel solar lleva inscrito el precio oculto del neocolonialismo.

Samir Amin lo explicó con su lucidez habitual: “El capitalismo mundial se reproduce mediante la polarización: un centro que concentra el valor y una periferia que lo genera sin recibirlo.” \[3\]

África es la periferia extrema. Sus gobiernos, endeudados y dependientes, se ven obligados a aceptar las condiciones del FMI y del Banco Mundial.

Las nuevas potencias —China, Rusia, Turquía— compiten con Europa y Estados Unidos por influir en el

continente, pero ninguna rompe realmente la lógica de la dependencia. El imperialismo ya no lleva bandera: se disfraza de cooperación.

Y sin embargo, África también resiste.

Las huelgas mineras en Sudáfrica, los levantamientos juveniles en Nigeria y Senegal, las protestas por el pan en Sudán, las luchas de las mujeres en el Magreb y las comunidades que defienden sus bosques y ríos son chispas de un mismo incendio.

Allí donde el capitalismo mundial descarga su violencia, el pueblo africano inventa formas de supervivencia y

dignidad.

#### En las zonas más pobres del planeta, el socialismo deja de ser ideología y se convierte en necesidad vital.

Kwame Nkrumah, uno de los líderes del panafricanismo, advirtió en 1965 que “la independencia política sin independencia económica es una ilusión.” \[4\]

Su advertencia sigue vigente.

Las antiguas metrópolis europeas mantienen su influencia a través de las multinacionales, los acuerdos militares y las instituciones financieras.

Pero un nuevo sujeto político está emergiendo: una juventud urbana, conectada, consciente de su poder

demográfico y cansada de esperar.

África es el continente más joven del mundo, y esa juventud no acepta un futuro de servidumbre.

La revolución africana del siglo XXI no tomará la forma de los viejos movimientos guerrilleros, sino la de la organización social y digital.

Desde las cooperativas de energía solar en Mali hasta los movimientos de software libre en Kenia, desde las redes de cuidados en Sudáfrica hasta las comunidades campesinas que aplican agroecología en Senegal, está surgiendo una economía popular resiliente que combina tradición y tecnología.

Es la “otra globalización”: la de los pueblos que aprenden a vivir sin pedir permiso.

África y Asia comparten una misma condición: son la base material de la economía mundial. Pero también comparten una misma posibilidad: convertirse en su negación consciente.

La nueva clase trabajadora global, formada por millones de obreros, campesinos, mujeres, migrantes y técnicos, ya no cabe en los viejos marcos nacionales.

La globalización del capital ha creado, sin proponérselo, las condiciones para la globalización de la resistencia.

Rosa Luxemburgo escribió que “el imperialismo es la expresión política del proceso de acumulación del capital.” \[5\]

Si eso es cierto, el internacionalismo socialista no es una opción moral, sino una necesidad histórica. El capital actúa globalmente; el trabajo debe organizarse globalmente.

La lucha de un estibador en Ghana, de una costurera en Bangladesh o de un repartidor en Manila forma parte del mismo combate que la de un profesor precarizado en Madrid o un enfermero en Nueva York.

Esa conciencia compartida, esa comprensión de que las cadenas de explotación son también cadenas de

solidaridad potencial, es el germen de una nueva Internacional.

El Sur global ya no es sinónimo de atraso, sino de futuro.

En sus márgenes se gestan las ideas más audaces sobre economía solidaria, soberanía alimentaria, feminismo comunitario y tecnologías apropiadas.

Mientras las potencias del norte se atrincheran en la defensa del beneficio, los pueblos del sur ensayan formas de vida sostenibles.

La historia, como un péndulo, se inclina nuevamente hacia el sur.

El filósofo indio Achille Mbembe ha escrito que “África no es el lugar donde la historia terminó, sino donde puede recomenzar.” \[6\]

Y esa frase, más que esperanza, es diagnóstico.

En los continentes despreciados por la modernidad occidental, la humanidad puede reencontrar la medida de lo común.

#### Allí donde el capital despojó, la comunidad reconstruye; donde la guerra divide, la solidaridad une;

#### donde el desierto avanza, la vida resiste.

Asia y África son el espejo del mundo.

En su reflejo vemos lo que somos y lo que podríamos ser.

El capitalismo los necesita para sobrevivir; ellos pueden aprender a vivir sin él.

Y cuando eso ocurra —cuando los pueblos del Sur global unan su fuerza y su conocimiento, cuando el trabajo se reconozca a sí mismo como universal—, el orden imperial que ha gobernado durante siglos comenzará a tambalearse.

Ese será el verdadero amanecer del siglo XXI: no el de las potencias ni las corporaciones, sino el de los pueblos que, desde los márgenes del mapa, decidan escribir su propia historia.

  

  

#### Notas

1.  Karl Marx, *Grundrisse*, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2011, p. 414.

2.  David Harvey, *La condición de la posmodernidad*, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1998, p. 281.

3.  Samir Amin, *Más allá del capitalismo senil*, Ed. El Viejo Topo, Barcelona, 2003, p. 42.

4.  Kwame Nkrumah, *Neocolonialismo: la última etapa del imperialismo*, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 18.

5.  Rosa Luxemburgo, *La acumulación del capital*, Ed. Akal, Madrid, 2011, p. 102.

6.  Achille Mbembe, *Crítica de la razón negra*, Ed. Bellaterra, Barcelona, 2016, p. 229.

7. ### ‌Conclusión: la esperanza organizada

‌El claroscuro del presente

Vivimos una época que parece suspendida entre dos mundos: el que agoniza y el que aún no nace. Un tiempo donde el futuro se encoge, donde la palabra “progreso” ha perdido su música, y donde la incertidumbre se ha convertido en la única certeza. Antonio Gramsci escribió esas líneas en una celda fascista, pero parecen dirigidas a nosotros. No porque repitamos su tragedia, sino porque compartimos su claroscuro: ese interregno donde lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no acaba de abrirse paso.

El capitalismo ha sobrevivido a todas sus crisis, pero ya no promete nada. Ha dejado de presentarse como portador de civilización y se muestra desnudo: como máquina de acumulación sin fin, aun a costa de la vida misma. Desde la crisis de 2008, las grandes potencias han inyectado billones en los mercados financieros mientras millones de seres humanos eran abandonados. La economía mundial crece en cifras y decrece en sentido. El crecimiento ya no distribuye riqueza, sino que amplía el abismo entre quienes lo producen y quienes lo disfrutan.

David Harvey lo explicó con claridad: “El neoliberalismo no fue un error técnico ni una desviación del capitalismo clásico, sino un proyecto político para restaurar el poder de clase.” [1] Ese proyecto triunfó. Hoy, el 1 % más rico controla más del 45 % de la riqueza mundial. Las empresas tecnológicas dictan la agenda de la innovación, la inteligencia artificial amenaza con multiplicar la precariedad, y las ciudades se convierten en fortalezas del capital inmobiliario. En los márgenes de esa riqueza reluciente se extienden desiertos de desesperanza: barrios desindustrializados, migraciones masivas, guerras sin fin.

Nunca como ahora la humanidad dispuso de tanto conocimiento técnico, tanta capacidad de producción y comunicación; y, sin embargo, nunca como ahora la mayoría vivió con la sensación de estar de más. Esa paradoja, que Marx intuyó en El Capital, se ha vuelto paisaje: “El capital desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sólo socavando al mismo tiempo las fuentes de toda riqueza: la tierra y el trabajador.” [2]

El sistema ha alcanzado su límite histórico. No se derrumba porque aún tiene fuerza para arrastrar todo lo que encuentra, pero ha perdido su horizonte civilizatorio. Las élites ya no prometen futuro: ofrecen seguridad, encierro, muros, vigilancia. El neoliberalismo tardío ya no vende esperanza, sino miedo. Y el miedo se convierte en lenguaje universal.

Frente a ese miedo, surgen dos caminos. Uno es el de la barbarie: la resignación ante la violencia del capital, el cinismo como moral dominante, la huida hacia nacionalismos excluyentes o salvaciones religiosas. El otro es el del socialismo entendido en su sentido más amplio: la afirmación de que la humanidad puede gobernarse a sí misma y que la cooperación es superior a la competencia.

Pero para elegir ese camino no basta con la indignación. Hay que reconstruir un método, una tradición, una esperanza organizada. Rosa Luxemburgo, en su cárcel de Breslau, lo expresó con lucidez: “El orden capitalista es un caos; su fin inevitable está sellado, pero el triunfo del socialismo no está asegurado. Exige la acción consciente del proletariado.” [3]

Esa acción consciente exige comprender las fuerzas que nos gobiernan. La globalización, que se nos vendió como destino, ha mostrado su rostro imperial: una red donde el capital circula libre y los seres humanos, vigilados. La llamada “economía digital” se basa en la extracción de datos, la explotación de tiempo y atención, y la conversión de cada gesto en mercancía. Lo que antes era la fábrica, hoy es el algoritmo. Y, como toda maquinaria del capital, requiere de obreros invisibles: programadores precarizados, moderadores de contenido, repartidores exhaustos, mineros del litio y del cobalto.

El capitalismo ha logrado mundializar la producción, pero no la dignidad. En nombre de la libertad de mercado, millones de trabajadores han sido arrojados a la inseguridad, y las conquistas del siglo XX —jornada limitada, derechos sindicales, sanidad y educación públicas— se desmantelan con la excusa de la “eficiencia”. Vivimos en lo que Nancy Fraser ha llamado “crisis de la reproducción social”: un sistema que ya no es capaz de sostener la vida que produce. [4]

La crisis ecológica, por su parte, no es un daño colateral: es la consecuencia lógica de un modo de producción que sólo entiende de crecimiento. Karl Marx lo intuyó hace siglo y medio al hablar de la “fractura metabólica” entre el hombre y la naturaleza. Hoy esa fractura amenaza con volver inhabitable el planeta. Y sin embargo, las mismas fuerzas que destruyen el clima nos piden confianza.

No es una crisis de recursos, sino de sistema. No faltan medios materiales ni conocimientos para garantizar una vida digna a todos; falta un modo de organización que lo permita. La humanidad no se enfrenta a la escasez, sino a la irracionalidad del capital. Producimos abundancia bajo relaciones de escasez artificial.

Esa es la verdadera tragedia de nuestra época: la humanidad podría vivir mejor que nunca, pero vive peor que antes.

Sin embargo, no todo es decadencia. En el claroscuro también habita la posibilidad. En los márgenes de la catástrofe florecen movimientos de solidaridad, redes de ayuda mutua, cooperativas, sindicatos renovados, comunidades que se niegan a desaparecer. La historia no es una línea recta hacia el desastre: es una lucha entre fuerzas que resisten y fuerzas que dominan.

Por eso, cuando en medio de ese panorama aparece un triunfo como el del socialista neoyorquino, no debemos verlo como una excepción milagrosa, sino como la señal de algo más profundo: la reaparición de la política como esperanza colectiva.

Donde el capital ofrece cinismo, la gente busca sentido. Donde el sistema promete competencia, la gente descubre la cooperación. Donde los gobiernos recortan, los pueblos organizan redes de cuidados. Y cuando esas prácticas se convierten en conciencia, la historia vuelve a moverse.

Marx decía que los hombres hacen su propia historia, pero no en circunstancias elegidas por ellos mismos. Esas circunstancias hoy son duras, contradictorias, globales. Pero la posibilidad sigue ahí, latiendo en la conciencia de clase, en la experiencia del trabajo y en la memoria de las luchas.

El claroscuro no es solo oscuridad. También es preludio del amanecer.

Notas

  1. David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Ed. Akal, Madrid, 2007, p. 13.

  2. Karl Marx, El Capital, t. I, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 638.

  3. Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 47.

  4. Nancy Fraser, Los límites del capitalismo, Ed. Traficantes de Sueños, Madrid, 2021, p. 22.

David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Ed. Akal, Madrid, 2007, p. 13.

Karl Marx, El Capital, t. I, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 638.

Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 47.

Nancy Fraser, Los límites del capitalismo, Ed. Traficantes de Sueños, Madrid, 2021, p. 22.

‌El capitalismo sin máscara

El capitalismo contemporáneo ha dejado de disimular su naturaleza. Durante décadas se presentó como progreso inevitable, como sinónimo de democracia, bienestar y libertad individual. Hoy ya no necesita mentir: se muestra tal cual es, como un sistema que produce riqueza para unos pocos y miseria para la mayoría, que destruye la naturaleza para sostener la tasa de ganancia, y que reemplaza la idea de ciudadanía por la de consumidor.

La financiarización global ha roto la relación entre producción y beneficio. Marx lo explicó con precisión: cuando el dinero produce dinero sin pasar por la mediación del trabajo, el capital se convierte en un poder fetichizado, un movimiento automático que ya no necesita justificar su existencia. “El capital —escribió— es trabajo muerto que sólo vive chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo absorbe.” [1] Esa frase, escrita en el siglo XIX, describe con exactitud el corazón del capitalismo digital del siglo XXI.

Hoy, los beneficios no provienen de fabricar bienes, sino de especular con ellos. Los bancos centrales sostienen a los mercados con inyecciones de liquidez, y el precio de las acciones se separa cada vez más del valor producido por los trabajadores. La economía se ha convertido en un gigantesco casino donde las ganancias son privadas y las pérdidas públicas. La deuda, ese mecanismo de dominación que Marx comparó con el tributo al capital ficticio, se ha transformado en la nueva frontera de la explotación.

Wolfgang Streeck advirtió que el capitalismo actual ya no busca legitimidad democrática, sino tiempo. “Compra tiempo”, dice el título de su libro, y lo hace mediante deuda, represión y propaganda. [2] Pero ese tiempo se agota. Los gobiernos endeudados no gobiernan: administran los intereses de los acreedores. Y el Estado, que alguna vez representó el terreno de la negociación social, se ha convertido en gestor de la acumulación privada.

El resultado es un sistema que mantiene su dinamismo económico al precio de destruir su base social. La financiarización no es solo un fenómeno técnico: es una forma de poder. Ha creado una clase rentista global que domina a través del crédito, la deuda y el control de los flujos de información. Ya no son los empresarios de fábrica quienes mandan, sino los gestores de fondos que deciden con un clic el destino de millones de trabajadores.

La pandemia de 2020 mostró con brutal claridad el rostro de este capitalismo sin máscara. Mientras los trabajadores esenciales arriesgaban la vida, los mercados bursátiles alcanzaban máximos históricos. Mientras millones perdían sus empleos, las fortunas tecnológicas crecían un 40 %. La crisis sanitaria fue una orgía de concentración económica. Y los aplausos desde los balcones fueron la única compensación simbólica para quienes sostuvieron el mundo real.

La guerra, por su parte, ha vuelto a ser un instrumento legítimo de la economía. Tras el colapso de 2008, la industria armamentística y energética encontraron en la militarización global una fuente de crecimiento. El conflicto en Ucrania, la competencia por el Ártico y el Pacífico, la tensión permanente en Oriente Medio, todo forma parte de una nueva “economía de guerra” permanente. Rosa Luxemburgo lo previó hace más de un siglo: “El capital no puede existir sin expansión constante, y esa expansión conduce inevitablemente a la guerra.” [3]

Pero la guerra contemporánea ya no se libra sólo con armas. También se libra con sanciones financieras, con el control de las cadenas de suministro, con el acaparamiento de datos y patentes. El imperialismo del siglo XXI no necesita colonias formales: le bastan tratados, deuda y plataformas digitales. Estados Unidos y China no disputan modelos opuestos de civilización, sino la hegemonía sobre un mismo sistema global de acumulación.

La crisis ecológica, por su parte, es la consecuencia más evidente del capitalismo sin máscara. Desde el punto de vista marxista, la catástrofe ambiental no es una desviación, sino una expresión directa de la lógica del valor. El capital no conoce límites naturales; sólo conoce barreras que intenta superar con tecnología o violencia. La “fractura metabólica” que Marx describió en los cuadernos agrarios de El Capital [4] se ha ampliado hasta niveles planetarios. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de los océanos y la desertificación son, en última instancia, productos del mismo proceso: la subordinación de la naturaleza al valor de cambio.

Mientras tanto, los gobiernos anuncian transiciones verdes gestionadas por las mismas corporaciones responsables del desastre. El capitalismo verde no es una alternativa: es una continuación maquillada. Las empresas energéticas invierten en renovables sólo si garantizan la rentabilidad; los bancos “sostenibles” financian minas de litio y megaproyectos hidroeléctricos que desplazan comunidades enteras. La promesa de salvar el planeta sin tocar los beneficios es otra ilusión ideológica. El capital no puede volverse ecológico porque su esencia es el crecimiento sin fin.

El mundo vive, así, bajo una doble amenaza: el colapso ambiental y el colapso social. Pero sería un error pensar que estamos condenados. La historia enseña que las sociedades no se derrumban de un día para otro: se transforman cuando la conciencia colectiva alcanza a ver lo intolerable como inaceptable. Y ese punto se aproxima.

El malestar, disperso durante años, comienza a tomar forma política. En cada huelga de Amazon, en cada protesta de trabajadores de la salud, en cada comunidad que defiende su territorio frente al extractivismo, se dibuja el contorno de una nueva subjetividad. Ya no se trata sólo de reclamar salario o derechos, sino de cuestionar el sentido mismo de la producción: ¿para quién, para qué, y a costa de qué se produce?

La esperanza, entonces, no surge del optimismo ingenuo, sino del reconocimiento de la fuerza colectiva. Como escribió Gramsci, “la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno aparecen los fenómenos morbosos más variados.” [5] Pero lo nuevo puede nacer. Lo morboso no es eterno. La barbarie no es destino. El colapso no es inevitable.

La tarea de nuestro tiempo es, por tanto, politizar la desesperanza, convertir el miedo en organización y la resignación en proyecto. Comprender que el socialismo no es una utopía lejana, sino la forma racional de sobrevivir como especie. No se trata de prometer paraísos, sino de evitar el infierno. Y si el capitalismo ha logrado construir un mundo global de explotación, nosotros debemos construir un mundo global de solidaridad.

El capitalismo sin máscara ya no engaña a nadie. La pregunta, entonces, no es si caerá, sino cuándo y bajo qué condiciones. Si lo dejamos caer sobre nosotros, será barbarie; si lo empujamos colectivamente, puede ser liberación.

Ese es el dilema de nuestro tiempo: socialismo o colapso, esperanza o barbarie.

Notas

  1. Karl Marx, El Capital, t. I, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 224.

  2. Wolfgang Streeck, Comprando tiempo. La crisis pospuesta del capitalismo democrático, Katz, Buenos Aires, 2014, p. 81.

  3. Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, Ed. Akal, Madrid, 2011, p. 71.

  4. Karl Marx, El Capital, t. III, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 756.

  5. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Ed. Era, México, 1975, p. 311.

Karl Marx, El Capital, t. I, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 224.

Wolfgang Streeck, Comprando tiempo. La crisis pospuesta del capitalismo democrático, Katz, Buenos Aires, 2014, p. 81.

Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, Ed. Akal, Madrid, 2011, p. 71.

Karl Marx, El Capital, t. III, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 756.

Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Ed. Era, México, 1975, p. 311.

‌Estados Unidos: el laboratorio de la descomposición

Ningún país refleja mejor las contradicciones del capitalismo contemporáneo que Estados Unidos. Su poder militar, financiero y tecnológico sigue siendo inmenso, pero su cohesión social se desmorona. Es, a la vez, el corazón del imperio y su laboratorio de la crisis.

En sus calles conviven el lujo obsceno y la miseria absoluta, los rascacielos de Manhattan y los campamentos de los sin techo en Los Ángeles. Allí donde el capital global muestra su brillo más intenso, también muestra sus sombras más densas.

Durante décadas, el mito americano sirvió de modelo civilizatorio. Se nos dijo que era el país donde cualquiera podía prosperar, donde la libertad era una oportunidad y no un privilegio. Pero tras medio siglo de neoliberalismo, esa promesa se ha roto.

El llamado “sueño americano” se ha convertido en pesadilla estadística: salarios estancados desde los años

setenta, desindustrialización masiva, desigualdad récord, crisis de opioides y desesperanza social. En las regiones del cinturón industrial, antiguas fábricas convertidas en ruinas son monumentos mudos de una clase obrera abandonada.

Karl Marx escribió en El 18 Brumario de Luis Bonaparte que “la historia se repite, primero como tragedia y después como farsa” [1]. En Estados Unidos, esa farsa se llama Trump.

Su ascenso no fue un accidente ni un malentendido: fue la respuesta deformada de una sociedad que perdió su eje. Trump es el producto y el síntoma de un sistema que promete prosperidad y entrega frustración. Supo apropiarse de la rabia acumulada por la desindustrialización y el abandono del interior del país, transformándola en nacionalismo agresivo y resentimiento racial.

Pero reducir el fenómeno a la figura de un demagogo sería ingenuo. El trumpismo no es sólo un líder: es una corriente histórica, una coalición contradictoria de capital financiero, pequeña burguesía desesperada y sectores obreros despolitizados. Representa el intento de la derecha por canalizar el malestar de las masas hacia salidas autoritarias.

Marx ya había advertido que, cuando las clases dominantes pierden legitimidad y la clase trabajadora aún no

se organiza, surge el bonapartismo: el hombre fuerte que promete orden frente al caos. Y eso es precisamente lo que ocurrió.

Donald Trump habló a los “olvidados” de América: los obreros blancos empobrecidos, los veteranos abandonados, los trabajadores sin sindicato. Les dijo que no eran culpables de su decadencia, que los culpables eran los inmigrantes, las mujeres emancipadas, los negros, los progresistas, los chinos. Les dio un enemigo y una identidad.

La izquierda institucional, en cambio, no les ofreció nada. Los demócratas se convirtieron en el partido de

Wall Street y Silicon Valley, más preocupados por la estabilidad fiscal que por la justicia social. La clase obrera se quedó huérfana, y el vacío lo llenó la reacción.

El periodista Chris Hedges lo resumió con brutal honestidad: “Los liberales destruyeron el Estado del bienestar, y los fascistas ocuparon el espacio emocional que dejaron.” [2]

Esa frase debería grabarse en piedra. La crisis de legitimidad del liberalismo ha abierto las puertas a un nuevo autoritarismo que combina neoliberalismo económico con nacionalismo cultural. No es una vuelta al pasado, sino una mutación del presente.

Sin embargo, la historia no se agota ahí. Porque en el mismo país donde emergió Trump, también resurge una corriente socialista con raíces obreras y populares.

La victoria del candidato socialista en Nueva York —fruto de una campaña construida desde los barrios, sin dinero corporativo y con miles de voluntarios puerta a puerta— marcó un punto de inflexión. No se trató de

un fenómeno marginal, sino de una muestra de algo más profundo: la reaparición de la idea de que la política puede ser una herramienta de emancipación colectiva.

Ese renacimiento tiene historia. Durante años, movimientos como Occupy Wall Street, Black Lives Matter o las huelgas de docentes y enfermeras fueron el laboratorio donde una nueva generación aprendió a organizarse. El socialismo estadounidense contemporáneo no nació en los libros, sino en las calles.

Cuando los jóvenes coreaban “We are the 99%”, estaban rescatando, sin saberlo del todo, el lenguaje de clase

que el sistema había intentado borrar. Y cuando los trabajadores del sector tecnológico empezaron a formar sindicatos, estaban reconectando la innovación con la lucha.

El triunfo neoyorquino condensó ese proceso: un programa nítidamente de clase —vivienda pública, impuestos a los ricos, sanidad universal, control democrático de los servicios esenciales—, defendido con un lenguaje de esperanza, no de resentimiento.

Lo que movilizó a miles de voluntarios no fue el carisma de un líder, sino la convicción de que organizar es más poderoso que lamentar. Esa pedagogía práctica, puerta a puerta, barrio a barrio, es el antídoto contra el cinismo y la despolitización.

Rosa Luxemburgo escribió que “la libertad es siempre la libertad de los que piensan distinto” [3]. Esa libertad, entendida no como privilegio individual, sino como capacidad colectiva de decidir el rumbo de la sociedad, es lo que el socialismo estadounidense está tratando de recuperar.

Frente al odio de la derecha y la resignación del centro, esa izquierda apuesta por un discurso moral y político: que nadie merece vivir con miedo, que la riqueza no puede concentrarse en manos de unos pocos, que la democracia sin justicia económica es una farsa.

En términos marxistas, podríamos decir que Estados Unidos está viviendo una recomposición contradictoria de clase. Por un lado, una fracción obrera envejecida, racializada y desorganizada se deja arrastrar por la reacción. Por otro, una nueva clase trabajadora urbana, diversa y precarizada busca herramientas de acción política.

No es casualidad que las huelgas más recientes se den en sectores como Amazon, Starbucks, universidades y hospitales: los nuevos centros neurálgicos de la acumulación. Allí donde el capital concentra su poder, nace también su negación.

La magnitud del desafío es enorme. Las corporaciones controlan los medios, los partidos, las redes y la imaginación. Pero el capitalismo estadounidense no es invulnerable: depende de una infraestructura social que no controla del todo. Sin repartidores, sin enfermeras, sin profesores, sin técnicos de mantenimiento, el país se paraliza.

El poder está ahí, latente, esperando organización y dirección.

Desde una perspectiva marxista, la lucha en Estados Unidos tiene un valor mundial. El país que simbolizó el triunfo del capitalismo puede convertirse en el escenario de su crisis más profunda. Si el socialismo logra abrirse paso en el corazón del imperio, la esperanza cambiará de geografía.

Ya no será una consigna romántica en los márgenes del mundo, sino una posibilidad concreta en su centro.

El politólogo Mike Davis advirtió poco antes de morir que “el capitalismo norteamericano no caerá por agotamiento interno, sino porque su base social ya no puede sostenerlo.” [4] Esa base —los trabajadores, las mujeres, los migrantes, los jóvenes endeudados— está empezando a tomar conciencia de su fuerza.

Lo que ocurre en Nueva York no es un fenómeno aislado, sino una expresión temprana de una tendencia que podría volverse irreversible si se conecta con las luchas globales.

Las élites lo saben. Por eso redoblan la represión, la censura, la manipulación mediática. Intentan dividir a los trabajadores por raza, religión o género. Temen más la organización que la protesta. Porque la organización transforma el descontento en poder.

En Estados Unidos, el dilema ya no es entre demócratas y republicanos, sino entre quienes aceptan el capitalismo y quienes lo desafían. Y esa línea de ruptura atraviesa todas las clases, géneros y generaciones. En un país donde millones trabajan sin contrato, donde la esperanza de vida de los pobres disminuye, donde la salud es un lujo y la vivienda un sueño, la idea socialista ha dejado de ser tabú para convertirse en posibilidad.

El reto es enorme, pero también lo es la oportunidad. La clase trabajadora estadounidense no necesita importar teorías: tiene su propia historia de lucha, desde Haymarket hasta la huelga de los mineros de Alabama, desde las marchas por los derechos civiles hasta los movimientos feministas y ecologistas actuales. Esa historia es su mayor arma, su “maquinaria” moral y cultural para limpiar el camino. Como escribió Howard Zinn, “la historia de Estados Unidos no es la historia de los presidentes, sino la de quienes se rebelaron contra ellos.” [5]

El capitalismo estadounidense está descompuesto, pero no acabado. Lo que está en disputa es el sentido de esa descomposición: si desembocará en barbarie o en transformación.

En medio del ruido, el socialismo neoyorquino ha demostrado que otra política es posible: una política que no teme pronunciar la palabra justicia, que no se refugia en tecnicismos, que no busca ser tolerada por el poder, sino reemplazarlo.

Lo que allí se ha iniciado no es un experimento electoral, sino un ensayo de futuro. Si logra mantenerse fiel a sus raíces —autonomía, base popular, transparencia, coherencia—, puede ser la chispa que prenda en otras partes del mundo.

Porque cuando los trabajadores de la potencia hegemónica comienzan a organizarse bajo la bandera de la

igualdad, el miedo cambia de hemisferio.

En un discurso tras su victoria, el joven dirigente neoyorquino lo resumió con palabras sencillas:

“No prometimos milagros, prometimos trabajo colectivo. No hablamos en nombre del pueblo: hablamos con él. Y eso es lo que el poder no puede soportar.”

Esa frase resume toda una estrategia política: la esperanza organizada. No la ilusión pasiva de que las cosas mejorarán, sino la certeza práctica de que pueden cambiar si nos organizamos.

La esperanza, cuando se convierte en método, es más revolucionaria que el más brillante de los análisis.

El socialismo estadounidense está aún en pañales, pero su existencia ya es histórica. Porque no hay futuro sin ejemplo, y no hay ejemplo más poderoso que el de un pueblo que empieza a perder el miedo.

El claroscuro se abre, y en él se vislumbra algo que hacía décadas no se veía en el corazón del imperio: el amanecer de los que no se rinden.

Notas

  1. Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Ed. Akal, Madrid, 2013, p. 62.

  2. Chris Hedges, America: The Farewell Tour, Simon & Schuster, Nueva York, 2018, p. 29.

  3. Rosa Luxemburgo, La revolución rusa, Ed. Akal, Madrid, 2019, p. 53.

  4. Mike Davis, Old Gods, New Enigmas: Marx’s Lost Theory, Verso, Londres, 2018, p. 214.

  5. Howard Zinn, La otra historia de los Estados Unidos, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2005, p. 11.

Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Ed. Akal, Madrid, 2013, p. 62.

Chris Hedges, America: The Farewell Tour, Simon & Schuster, Nueva York, 2018, p. 29.

Rosa Luxemburgo, La revolución rusa, Ed. Akal, Madrid, 2019, p. 53.

Mike Davis, Old Gods, New Enigmas: Marx’s Lost Theory, Verso, Londres, 2018, p. 214.

Howard Zinn, La otra historia de los Estados Unidos, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2005, p. 11.

‌Europa: la vieja fortaleza resquebrajada

Europa, cuna del movimiento obrero y del pensamiento socialista, atraviesa un largo invierno político. Durante siglos fue el escenario donde las clases trabajadoras levantaron sus organizaciones, sus partidos, sus conquistas. Hoy, ese continente envejecido y desconcertado parece mirar su propio reflejo con melancolía.

Sin embargo, bajo la superficie de la resignación, laten fuerzas que aún no se resignan a desaparecer.

El proyecto de la Unión Europea nació, en apariencia, para evitar la repetición de las guerras y garantizar la prosperidad común. En realidad, fue concebido como un mecanismo de integración capitalista. Wolfgang Streeck lo expresó con precisión: “La Europa de Maastricht no se creó para proteger a los pueblos, sino para proteger a los mercados.” [1]

La integración monetaria, las políticas de austeridad y la arquitectura institucional que se consolidó en los años noventa blindaron el poder del capital financiero frente a la soberanía popular. Los tratados sustituyeron a las constituciones, y el derecho del mercado se impuso al derecho de los ciudadanos.

Cuando la crisis de 2008 golpeó el continente, la máscara cayó. Las élites europeas rescataron bancos, no personas. En nombre de la estabilidad presupuestaria, se sacrificaron los derechos laborales, se desmantelaron los servicios públicos y se destruyeron millones de empleos. Grecia fue el laboratorio del castigo ejemplar: el mensaje era claro, quien desobedezca a los acreedores sufrirá.

Aquel episodio fue más que una crisis económica; fue una lección política. Mostró que la democracia europea termina donde empieza el interés del capital.

En esa década perdida, la socialdemocracia consumó su rendición. Los partidos que alguna vez representaron a la clase trabajadora se convirtieron en gestores del neoliberalismo. El lenguaje del conflicto fue sustituido por el de la gobernabilidad; el de la justicia, por el de la competitividad. Tony Blair, Gerhard Schröder, Zapatero o Hollande simbolizan esa deriva: administradores de un orden que ya no controlan.

La consecuencia fue la desafección. Los trabajadores dejaron de reconocer en la izquierda institucional una herramienta de defensa. La política se volvió una cuestión de tecnócratas; la vida, una carrera de obstáculos.

Pero la historia europea no ha terminado. Como en otras épocas, la acumulación de injusticia genera su propio movimiento contrario.

El neoliberalismo ha destruido la cohesión social, pero también ha sembrado las semillas de una nueva

resistencia. En los márgenes del consenso, en los barrios obreros, en los hospitales, en las escuelas, en los talleres, surgen formas de autoorganización que recuerdan los viejos principios del movimiento obrero: solidaridad, mutualismo, cooperación.

El movimiento de las mareas en España, los gilets jaunes en Francia, las huelgas de transporte y metalurgia en Alemania, las luchas de las enfermeras en Reino Unido o las protestas contra las privatizaciones en Italia son expresiones dispersas de un mismo malestar: el rechazo a vivir bajo el chantaje de los mercados.

Y cada vez que el pueblo dice “no”, el discurso de los poderosos tiembla. Porque el capitalismo europeo,

aunque se disfrace de moderación, sabe que vive de la obediencia.

Karl Polanyi, en La gran transformación, advirtió que cuando los mercados se imponen sobre la sociedad, esta reacciona buscando protección [2]. Esa reacción puede ser democrática o reaccionaria. En los años treinta, el miedo condujo al fascismo; hoy, el peligro es el mismo. Los populismos de extrema derecha canalizan el descontento de quienes fueron olvidados por la globalización. Pero el problema no es el pueblo enfadado, sino el sistema que lo traicionó.

El auge de fuerzas como Vox, Le Pen, Salvini o la AfD no se explica por su fuerza ideológica, sino por el vacío que dejó la izquierda. Donde la izquierda renunció a hablar de clase, la derecha inventó una falsa identidad nacional; donde la izquierda olvidó la palabra pueblo, la derecha la llenó de xenofobia.

La batalla cultural no la perdió el socialismo: la abandonó. Y recuperar esa batalla no es un asunto de

marketing, sino de coraje moral y claridad política.

El filósofo francés Daniel Bensaïd recordaba que “la izquierda se pierde cada vez que confunde estrategia con gestión.” [3] Europa necesita estrategia, no administración. Necesita volver a pensar el socialismo no como un modelo cerrado, sino como horizonte abierto: democracia radical, planificación ecológica, justicia de género y redistribución del tiempo y la riqueza.

La utopía no está en volver al Estado de bienestar, sino en construir un nuevo pacto social que reconcilie la técnica con la vida, el trabajo con el sentido, la política con la esperanza.

Esa reconstrucción ya ha comenzado, silenciosamente. Los nuevos movimientos sindicales en España, Portugal y Alemania han aprendido a combinar el conflicto laboral con la defensa de lo común. Las cooperativas energéticas y alimentarias surgen como alternativa a los monopolios; las redes de vivienda impiden desahucios; las huelgas feministas y ecologistas devuelven al espacio público la idea de comunidad. Cada uno de esos gestos es una grieta en la fortaleza neoliberal.

La pandemia reabrió la pregunta sobre el papel del Estado. Durante un instante, la historia pareció detenerse y recordarnos lo esencial: que sin trabajadores, sin sanidad pública, sin cuidados, la sociedad se derrumba. Los mismos gobiernos que predicaban el mercado libre se vieron obligados a intervenir, a planificar, a proteger.

Pero, tan pronto como pasó el peligro, intentaron borrar la lección.

Sin embargo, algo cambió en la conciencia colectiva. El mito del mercado infalible ya no convence a nadie.

Europa, que inventó el capitalismo, podría también inventar su superación. Posee el conocimiento técnico, la infraestructura y la tradición política para hacerlo. Pero le falta el coraje. El socialismo europeo debe recuperar su audacia. No se trata de volver al pasado, sino de reanudar un hilo roto: el de la emancipación.

Rosa Luxemburgo, en los albores de la Primera Guerra Mundial, escribió que “la humanidad se encuentra ante una disyuntiva: o el triunfo del imperialismo y la ruina de toda civilización, o la victoria del socialismo.” [4] Más de un siglo después, esa frase vuelve a resonar. El imperialismo no ha desaparecido: se ha internalizado en las instituciones europeas, en la austeridad perpetua, en la sumisión a la OTAN, en el miedo a desobedecer a los mercados.

Pero la ruina no es inevitable. La historia europea es también la historia de quienes dijeron “basta”: de los obreros de la Comuna de París, de las mujeres de Petrogrado, de los partisanos antifascistas, de los estudiantes del 68, de las mareas y los chalecos amarillos. Todos ellos formaron parte de una misma corriente subterránea que, a pesar de las derrotas, sigue fluyendo.

Esa corriente puede volver a emerger si recupera su lenguaje y su propósito. No basta con denunciar la injusticia: hay que ofrecer una alternativa comprensible y deseable.

El socialismo debe volver a hablar en el idioma de la vida cotidiana: en la factura de la luz, en el precio del alquiler, en el derecho a la jornada de seis horas, en la promesa de una vejez digna. No hay revolución sin pan, pero tampoco sin poesía.

Europa vive un tiempo de transición. Lo viejo se derrumba, pero lo nuevo aún no se atreve a nacer. Y sin embargo, cada huelga, cada protesta, cada acto de solidaridad anticipa un futuro distinto.

La esperanza no ha desaparecido: se ha desplazado. Ya no está en los despachos de Bruselas, sino en las calles, en los talleres, en los hospitales. Allí donde alguien dice “esto no puede seguir así”, el amanecer se anuncia.

Los poderosos confían en el cansancio, en el olvido, en la indiferencia. Pero la memoria de la lucha es terca. El socialismo europeo, si quiere renacer, deberá hacerlo desde abajo, desde el dolor y la dignidad de los pueblos. Y cuando lo haga, cuando vuelva a encenderse la chispa, será nuevamente ejemplo para el mundo: el continente donde nació el capitalismo puede ser también el lugar donde empiece a morir.

Notas

  1. Wolfgang Streeck, El retorno de lo reprimido, Ed. Traficantes de Sueños, Madrid, 2021, p. 19.

  2. Karl Polanyi, La gran transformación, Ed. La Piqueta, Madrid, 1997, p. 128.

  3. Daniel Bensaïd, Elogio de la política profana, Ed. Península, Barcelona, 2009, p. 74.

  4. Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 47.

Wolfgang Streeck, El retorno de lo reprimido, Ed. Traficantes de Sueños, Madrid, 2021, p. 19.

Karl Polanyi, La gran transformación, Ed. La Piqueta, Madrid, 1997, p. 128.

Daniel Bensaïd, Elogio de la política profana, Ed. Península, Barcelona, 2009, p. 74.

Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 47.

‌América Latina: el fuego bajo las cenizas

América Latina siempre ha sido el espejo más sincero del capitalismo mundial. En sus tierras fértiles se reflejan tanto las promesas del progreso como sus violencias. Desde la conquista, la región ha vivido bajo el signo de la extracción: oro, plata, caucho, petróleo, soja, litio. Cada ciclo de bonanza ha terminado en ruina, cada modernización en dependencia.

Pero también aquí, una y otra vez, ha resurgido el fuego de la resistencia.

Eduardo Galeano lo dijo con palabras inolvidables: “Nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros.” [1] Esa frase resume cinco siglos de despojo. El capitalismo global nació de la sangre americana y todavía se alimenta de ella. Lo que hoy llaman “cadena de valor” no es más que una nueva versión del viejo colonialismo: el norte diseña, el sur produce; unos deciden, otros obedecen.

Sin embargo, la historia latinoamericana demuestra que la dependencia no anula la rebeldía; la multiplica.

A comienzos del siglo XXI, cuando el neoliberalismo parecía invencible, América Latina fue el primer continente que le plantó cara. Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina, Brasil, Uruguay: una ola de gobiernos progresistas cambió el mapa político de la región.

No fue una revolución, pero sí un intento serio de romper con el dogma del mercado. Se nacionalizaron recursos, se redujo la pobreza, se ampliaron derechos sociales y se recuperó la soberanía.

Durante un tiempo, millones de personas sintieron que la historia volvía a moverse en su favor.

Aquel ciclo tuvo logros indiscutibles: la redistribución del ingreso, la alfabetización masiva, la integración regional a través del ALBA y la UNASUR, y una política exterior independiente de Washington.

Pero también mostró límites estructurales: la dependencia de las materias primas, la falta de diversificación productiva y la persistencia de aparatos estatales heredados del viejo orden oligárquico. Cuando los precios del petróleo y los minerales cayeron, la contraofensiva no tardó en llegar.

Las élites, incapaces de reconquistar el poder por las urnas, recurrieron al lawfare, a la manipulación mediática

y a los golpes blandos. Brasil, Paraguay, Honduras, Bolivia, Ecuador: cada país tuvo su herida.

Y sin embargo, el fuego no se extinguió.

Porque lo que había renacido no era solo un ciclo de gobiernos, sino una cultura política popular. El pueblo latinoamericano aprendió a desconfiar del fatalismo.

En Chile, en Colombia, en Perú, en México, en Ecuador, nuevas generaciones tomaron las calles para reclamar dignidad, educación, salud, feminismo, ecología. Lo hicieron con su propio lenguaje, sin pedir permiso a las viejas estructuras partidarias.

El estallido chileno de 2019 fue emblemático. Durante décadas, Chile fue presentado como el “milagro neoliberal”: crecimiento estable, instituciones sólidas, obediencia social.

Pero bajo la fachada se acumulaba el cansancio de una sociedad endeudada y desigual. Cuando un alza de treinta pesos en el metro encendió la chispa, millones salieron a la calle. “Nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo”, decía una pancarta.

Aquel movimiento no solo derribó un mito económico: derribó una cultura política. Demostró que el pueblo, incluso en el país más dócil, podía recuperar la voz.

En Colombia, las protestas contra la reforma tributaria de 2021 fueron otro punto de inflexión. Por primera vez en décadas, los barrios obreros y los pueblos indígenas unieron fuerzas en una movilización masiva que paralizó el país.

De ese proceso emergió el primer gobierno progresista de su historia.

La victoria de Gustavo Petro y Francia Márquez no fue un milagro, sino el resultado de años de organización en las calles, los sindicatos, los feminismos y las comunidades afrodescendientes.

Cuando Francia Márquez gritó “¡Vivir sabroso!” en su discurso de campaña, no era una consigna ingenua: era una síntesis política. La vida digna frente al capital depredador. La alegría como forma de resistencia.

En México, el gobierno de López Obrador intentó reconciliar la justicia social con la soberanía nacional, revirtiendo décadas de neoliberalismo.

Con todas sus contradicciones, el proceso mexicano reintrodujo una idea olvidada: que el Estado puede ser

instrumento de redistribución si responde a los intereses del pueblo.

Mientras tanto, en Argentina, el kirchnerismo resiste entre presiones del FMI y las derechas locales, mostrando los límites y las posibilidades de gobernar en un mundo de dependencia estructural.

No hay un solo camino. América Latina nunca ha tenido una vía única al socialismo. Su fuerza está en la diversidad: movimientos indígenas que defienden el buen vivir; feminismos populares que politizan los cuidados; campesinos que reinventan la soberanía alimentaria; sindicatos que se transforman en redes comunitarias; asambleas urbanas que enfrentan al extractivismo.

Cada uno de esos frentes es una expresión de la lucha de clases contemporánea.

Samir Amin sostuvo que el sistema mundial capitalista no puede reformarse: solo puede romperse mediante bloques regionales de resistencia. [2] América Latina, con su historia de dependencia y su riqueza natural, tiene condiciones únicas para ser ese bloque. Pero la integración no puede basarse solo en acuerdos comerciales: debe basarse en una estrategia común de desarrollo autosuficiente, planificación ecológica y soberanía tecnológica.

La batalla por el litio es un ejemplo decisivo.

Bolivia, Chile y Argentina poseen más del 60 % de las reservas mundiales, pero las transnacionales intentan apropiarse del recurso bajo el disfraz de la “transición verde”.

El socialismo latinoamericano del siglo XXI deberá aprender de los errores del pasado: no basta con nacionalizar; hay que socializar el conocimiento, diversificar la producción, controlar democráticamente la tecnología.

De lo contrario, el extractivismo verde reemplazará al petróleo, y la dependencia continuará.

Otro rasgo decisivo de esta nueva etapa es el papel del feminismo popular. En toda la región, las mujeres han pasado del margen al centro de la política.

El movimiento “Ni una menos” no solo denunció la violencia machista: vinculó el patriarcado con el

capitalismo, el cuerpo con el trabajo, el hogar con la economía.

Como escribió la economista argentina Verónica Gago, “la huelga feminista es una huelga social: interrumpe todas las formas de explotación, visibles e invisibles.” [3]

Las luchas de las mujeres en Argentina, Chile, México y Colombia han devuelto a la izquierda una dimensión emocional y ética sin la cual no hay revolución posible.

Junto al feminismo, el ecologismo popular y las comunidades indígenas están redefiniendo la noción misma de progreso. Frente a la lógica del crecimiento infinito, proponen la armonía con la tierra; frente a la competencia, la reciprocidad.

No es romanticismo: es realismo ecológico.

El capitalismo global ha llevado al planeta al borde del colapso; los pueblos originarios, con su cosmovisión comunitaria, pueden aportar las claves de una economía sustentable.

En todos estos procesos late una misma intuición: la política no puede seguir siendo una delegación; debe volver a ser participación.

La desconfianza hacia los partidos tradicionales es grande, pero no significa apatía. El pueblo latinoamericano no ha abandonado la política: la está reinventando.

Desde las asambleas territoriales hasta las radios comunitarias, desde las cooperativas autogestionadas hasta

las plataformas de solidaridad digital, se está gestando una forma de poder popular descentralizado.

El desafío es convertir esa potencia en proyecto estratégico. La revolución no puede limitarse a lo local; necesita articulación continental.

José Martí ya lo advirtió en el siglo XIX: “Patria es humanidad.” Y Fidel Castro lo repitió en otro contexto: “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución.”

Hoy, el internacionalismo latinoamericano se construye desde abajo, en redes de cooperación, en la solidaridad entre pueblos, en la defensa compartida del Amazonas y del agua.

El horizonte no está libre de sombras. Las derechas reaparecen con fuerza, alimentadas por los medios concentrados, las iglesias ultraconservadoras y el dinero extranjero.

Intentan capitalizar el malestar social con discursos de odio y promesas de orden. Pero no tienen proyecto; solo resentimiento.

La batalla es cultural tanto como económica. Y América Latina, maestra en resistir, sabe que las derrotas solo son definitivas cuando se pierde la esperanza.

Como escribió Frei Betto, “la fe del pueblo no es ingenua: es el combustible de su historia.” [4]

Esa fe, entendida como convicción racional de que otro mundo es posible, es lo que ha mantenido viva la llama.

La región que fue laboratorio del neoliberalismo puede ser también el laboratorio de su superación.

En los barrios de Buenos Aires, en las comunas de Caracas, en las asambleas feministas de Santiago, en las cooperativas de Oaxaca, en las comunidades de Cochabamba, se repite el mismo gesto: la gente no espera, actúa.

Mientras las élites discuten índices de crecimiento, los pueblos inventan formas de vida digna.

Y esa inventiva colectiva, esa capacidad de organizar la esperanza, es el verdadero legado latinoamericano al mundo.

América Latina enseña una lección esencial al movimiento socialista global: que la lucha no es solo contra el capital, sino también por la vida.

Que no hay revolución sin alegría, ni emancipación sin ternura, ni justicia sin comunidad. El fuego bajo las cenizas no se apaga: se acumula, se alimenta, y cuando estalla, ilumina.

Quizá por eso, incluso en los momentos más oscuros, el continente sigue siendo el territorio donde la palabra “esperanza” conserva su sentido.

Porque como escribió Galeano:

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.” [5]

Notas

  1. Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI Editores, Madrid, 2005, p. 12.

  2. Samir Amin, El capitalismo en la era de la globalización, Siglo XXI Editores, México, 1997, p. 91.

  3. Verónica Gago, La potencia feminista, Ed. Tinta Limón, Buenos Aires, 2019, p. 33.

  4. Frei Betto, La obra del amor, Ed. Caminho, São Paulo, 1994, p. 102.

  5. Eduardo Galeano, El libro de los abrazos, Siglo XXI Editores, Madrid, 2001, p. 223.

Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI Editores, Madrid, 2005, p. 12.

Samir Amin, El capitalismo en la era de la globalización, Siglo XXI Editores, México, 1997, p. 91.

Verónica Gago, La potencia feminista, Ed. Tinta Limón, Buenos Aires, 2019, p. 33.

Frei Betto, La obra del amor, Ed. Caminho, São Paulo, 1994, p. 102.

Eduardo Galeano, El libro de los abrazos, Siglo XXI Editores, Madrid, 2001, p. 223.

‌Asia y África: el espejo del mundo

En los mapas del poder global, Asia y África son representadas muchas veces como territorios periféricos, como espacios de recursos y mano de obra. Sin embargo, quien observe con mirada histórica sabe que allí se juega hoy el destino del capitalismo mundial.

El siglo XXI no será europeo ni americano: será asiático y africano, porque allí convergen las fuerzas

más contradictorias de nuestro tiempo —el desarrollo más vertiginoso y la miseria más profunda, la tecnología más avanzada y la explotación más brutal.

Karl Marx, en los borradores del Capital, advirtió que el capitalismo no se expande sólo por el deseo de conquista, sino por necesidad vital: “El capital necesita constantemente extenderse geográficamente para sobrevivir, pues cada límite que alcanza amenaza su existencia.” [1]

Ese impulso expansivo no terminó con el colonialismo clásico; adoptó nuevas formas. Hoy se llama globalización, tratados de libre comercio, deuda externa o inversión extranjera directa.

El viejo colonialismo imponía gobiernos; el nuevo impone mercados.

El resultado, sin embargo, es el mismo: extracción, dependencia y desigualdad.

China es el epicentro de esta transformación. En pocas décadas, pasó de ser un país empobrecido y rural a convertirse en la segunda potencia económica del planeta. Lo logró mediante una combinación singular: planificación estatal, apertura controlada al capital extranjero y disciplina laboral masiva.

Ese modelo permitió elevar a cientos de millones de personas por encima de la pobreza, pero al precio de crear una nueva clase trabajadora superexplotada y una élite capitalista que rivaliza con las occidentales.

El “socialismo con características chinas” ha demostrado la capacidad del Estado para dirigir la acumulación, pero también ha revelado sus contradicciones: desigualdades regionales, contaminación extrema, autoritarismo político y dependencia del mercado mundial.

David Harvey observó que el ascenso de China representa tanto una esperanza como una advertencia: “Si el capitalismo chino logra absorber el excedente global, se convertirá en el nuevo motor de una acumulación sin límites.” [2]

Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.

Las megaciudades, las zonas económicas especiales y los corredores industriales son monumentos a la eficiencia capitalista y, al mismo tiempo, símbolos de la alienación contemporánea.

En Shenzhen, el “Silicon Valley” del este, miles de trabajadores ensamblan la tecnología que sostiene el confort digital del norte, mientras viven en condiciones propias del siglo XIX.

A la sombra de China, otros países del sudeste asiático —Vietnam, Indonesia, Filipinas, Bangladesh— han seguido trayectorias similares: crecimiento sostenido, inversión extranjera, deslocalización de la industria europea y estadounidense.

Pero el milagro asiático se sostiene sobre una ecuación precaria: bajos salarios, represión sindical y dependencia de las exportaciones.

El capital, en su búsqueda de rentabilidad, se desplaza allí donde el trabajo es más barato y la organización más débil.

Lo que antes fueron colonias, hoy son fábricas del mundo.

India, por su parte, vive una contradicción extrema: una economía en expansión y una sociedad fragmentada. Bajo el gobierno de Narendra Modi, el país combina neoliberalismo económico con nacionalismo religioso.

El crecimiento del PIB convive con la miseria de cientos de millones de campesinos, el trabajo infantil y el control autoritario de los medios.

Las revueltas campesinas de 2020 y 2021 —las más grandes de la historia contemporánea— mostraron la magnitud del descontento: millones de agricultores bloquearon carreteras, sitiaron Nueva Delhi y obligaron al gobierno a retirar sus leyes privatizadoras.

Fue una lección mundial: incluso en el corazón del neoliberalismo asiático, la resistencia campesina puede doblegar al poder.

Asia, en su conjunto, revela el rostro dual del capitalismo global: prosperidad y despojo, modernización y servidumbre.

Las nuevas metrópolis brillan, pero bajo su luz trabajan millones de obreros invisibles que sostienen la arquitectura del capital digital.

Y sin embargo, de esa explotación nace también una nueva conciencia internacional.

Los sindicatos transnacionales de la electrónica, las huelgas coordinadas de repartidores, las redes de mujeres obreras textiles en Bangladesh y Camboya, las alianzas entre movimientos campesinos e indígenas: todas ellas son señales de una proletarización global con conciencia planetaria.

Si Asia representa el taller del mundo, África es su cantera.

Allí se libran hoy las batallas más feroces por los recursos naturales: petróleo, gas, uranio, coltán, oro, litio, tierras cultivables.

La guerra por el Congo no es sólo una tragedia local, sino una guerra mundial silenciosa por el control del coltán, mineral indispensable para la telefonía y la electrónica.

Lo que en Europa llaman “tecnología limpia” se construye con el sufrimiento africano.

Cada smartphone, cada batería, cada panel solar lleva inscrito el precio oculto del neocolonialismo.

Samir Amin lo explicó con su lucidez habitual: “El capitalismo mundial se reproduce mediante la polarización: un centro que concentra el valor y una periferia que lo genera sin recibirlo.” [3]

África es la periferia extrema. Sus gobiernos, endeudados y dependientes, se ven obligados a aceptar las condiciones del FMI y del Banco Mundial.

Las nuevas potencias —China, Rusia, Turquía— compiten con Europa y Estados Unidos por influir en el

continente, pero ninguna rompe realmente la lógica de la dependencia. El imperialismo ya no lleva bandera: se disfraza de cooperación.

Y sin embargo, África también resiste.

Las huelgas mineras en Sudáfrica, los levantamientos juveniles en Nigeria y Senegal, las protestas por el pan en Sudán, las luchas de las mujeres en el Magreb y las comunidades que defienden sus bosques y ríos son chispas de un mismo incendio.

Allí donde el capitalismo mundial descarga su violencia, el pueblo africano inventa formas de supervivencia y

dignidad.

En las zonas más pobres del planeta, el socialismo deja de ser ideología y se convierte en necesidad vital.

Kwame Nkrumah, uno de los líderes del panafricanismo, advirtió en 1965 que “la independencia política sin independencia económica es una ilusión.” [4]

Su advertencia sigue vigente.

Las antiguas metrópolis europeas mantienen su influencia a través de las multinacionales, los acuerdos militares y las instituciones financieras.

Pero un nuevo sujeto político está emergiendo: una juventud urbana, conectada, consciente de su poder

demográfico y cansada de esperar.

África es el continente más joven del mundo, y esa juventud no acepta un futuro de servidumbre.

La revolución africana del siglo XXI no tomará la forma de los viejos movimientos guerrilleros, sino la de la organización social y digital.

Desde las cooperativas de energía solar en Mali hasta los movimientos de software libre en Kenia, desde las redes de cuidados en Sudáfrica hasta las comunidades campesinas que aplican agroecología en Senegal, está surgiendo una economía popular resiliente que combina tradición y tecnología.

Es la “otra globalización”: la de los pueblos que aprenden a vivir sin pedir permiso.

África y Asia comparten una misma condición: son la base material de la economía mundial. Pero también comparten una misma posibilidad: convertirse en su negación consciente.

La nueva clase trabajadora global, formada por millones de obreros, campesinos, mujeres, migrantes y técnicos, ya no cabe en los viejos marcos nacionales.

La globalización del capital ha creado, sin proponérselo, las condiciones para la globalización de la resistencia.

Rosa Luxemburgo escribió que “el imperialismo es la expresión política del proceso de acumulación del capital.” [5]

Si eso es cierto, el internacionalismo socialista no es una opción moral, sino una necesidad histórica. El capital actúa globalmente; el trabajo debe organizarse globalmente.

La lucha de un estibador en Ghana, de una costurera en Bangladesh o de un repartidor en Manila forma parte del mismo combate que la de un profesor precarizado en Madrid o un enfermero en Nueva York.

Esa conciencia compartida, esa comprensión de que las cadenas de explotación son también cadenas de

solidaridad potencial, es el germen de una nueva Internacional.

El Sur global ya no es sinónimo de atraso, sino de futuro.

En sus márgenes se gestan las ideas más audaces sobre economía solidaria, soberanía alimentaria, feminismo comunitario y tecnologías apropiadas.

Mientras las potencias del norte se atrincheran en la defensa del beneficio, los pueblos del sur ensayan formas de vida sostenibles.

La historia, como un péndulo, se inclina nuevamente hacia el sur.

El filósofo indio Achille Mbembe ha escrito que “África no es el lugar donde la historia terminó, sino donde puede recomenzar.” [6]

Y esa frase, más que esperanza, es diagnóstico.

En los continentes despreciados por la modernidad occidental, la humanidad puede reencontrar la medida de lo común.

Allí donde el capital despojó, la comunidad reconstruye; donde la guerra divide, la solidaridad une;

donde el desierto avanza, la vida resiste.

Asia y África son el espejo del mundo.

En su reflejo vemos lo que somos y lo que podríamos ser.

El capitalismo los necesita para sobrevivir; ellos pueden aprender a vivir sin él.

Y cuando eso ocurra —cuando los pueblos del Sur global unan su fuerza y su conocimiento, cuando el trabajo se reconozca a sí mismo como universal—, el orden imperial que ha gobernado durante siglos comenzará a tambalearse.

Ese será el verdadero amanecer del siglo XXI: no el de las potencias ni las corporaciones, sino el de los pueblos que, desde los márgenes del mapa, decidan escribir su propia historia.

Notas

  1. Karl Marx, Grundrisse, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2011, p. 414.

  2. David Harvey, La condición de la posmodernidad, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1998, p. 281.

  3. Samir Amin, Más allá del capitalismo senil, Ed. El Viejo Topo, Barcelona, 2003, p. 42.

  4. Kwame Nkrumah, Neocolonialismo: la última etapa del imperialismo, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 18.

  5. Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, Ed. Akal, Madrid, 2011, p. 102.

  6. Achille Mbembe, Crítica de la razón negra, Ed. Bellaterra, Barcelona, 2016, p. 229.

Karl Marx, Grundrisse, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2011, p. 414.

David Harvey, La condición de la posmodernidad, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1998, p. 281.

Samir Amin, Más allá del capitalismo senil, Ed. El Viejo Topo, Barcelona, 2003, p. 42.

Kwame Nkrumah, Neocolonialismo: la última etapa del imperialismo, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 18.

Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, Ed. Akal, Madrid, 2011, p. 102.

Achille Mbembe, Crítica de la razón negra, Ed. Bellaterra, Barcelona, 2016, p. 229.

‌Conclusión: la esperanza organizada

El mundo ha cambiado de piel, pero no de entrañas.

El capital sigue siendo el amo de la vida, aunque ahora lleve el rostro amable de la innovación, la eficiencia o la libertad de elección.

Su dominio se expresa en las pantallas, en los algoritmos, en la deuda, en la precariedad convertida en costumbre.

Y sin embargo, bajo ese barniz de modernidad, la lucha de clases continúa: el viejo conflicto entre quienes producen la riqueza y quienes la acumulan.

Vivimos en una época en que la barbarie se ha vuelto cotidiana.

Las guerras se transmiten en directo, los desastres naturales se anuncian como estadísticas, la pobreza se convierte en paisaje.

La resignación es la ideología dominante.

Nos dicen que no hay alternativa, que el mercado es la única ley posible, que el individuo es su propio destino. Pero la historia, obstinada, demuestra lo contrario: siempre hay alternativa.

Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, escribió que “el pesimismo de la inteligencia debe ir acompañado del optimismo de la voluntad.” [1]

Hoy, más que nunca, necesitamos ambas cosas.

El análisis frío para comprender la magnitud de la crisis, y la pasión organizada para transformarla. El conocimiento sin acción se convierte en cinismo; la acción sin conocimiento, en ceguera.

El marxismo, cuando se entiende bien, no es una doctrina muerta: es una brújula que orienta en medio de la tormenta.

A lo largo de estas páginas hemos recorrido el planeta: el claroscuro de un sistema agotado, la financiarización sin máscara, la descomposición norteamericana, la decadencia europea, el fuego latinoamericano, la rebelión asiática y africana.

Todo apunta a una conclusión: el capitalismo ya no puede ofrecer futuro.

No sólo ha destruido el equilibrio ecológico, sino también el psicológico, el comunitario, el simbólico. Ha convertido la vida en mercancía y la libertad en una ilusión de consumo.

Por eso la esperanza no puede ser individual: o será colectiva, o no será.

El socialismo no es una nostalgia ni una promesa mesiánica. Es, sencillamente, la racionalidad puesta al servicio de la vida.

Una sociedad planificada democráticamente no es un sueño utópico, sino la única forma de evitar el colapso

ecológico y social.

No se trata de imponer un modelo único, sino de construir una civilización de lo común, donde el valor de las cosas no se mida por su precio, sino por su utilidad social.

En el siglo XIX, Marx y Engels cerraron el Manifiesto Comunista con una consigna que aún resuena: “¡Proletarios de todos los países, uníos!” [2]

Esa frase no envejeció: se amplió.

Hoy podríamos decir: Trabajadores, mujeres, pueblos, comunidades, uníos.

Porque el sujeto de la emancipación ya no es sólo el obrero de la fábrica, sino todos los que sostienen la vida frente a su destrucción.

El proletariado contemporáneo es diverso, fragmentado, multicolor.

Pero comparte una misma condición: la subordinación a la lógica del beneficio.

Organizar esa diversidad es la tarea política de nuestro tiempo.

La Internacional del siglo XXI no será un aparato burocrático ni una consigna retórica: será una red viva, un tejido de movimientos, sindicatos, colectivos, cooperativas y plataformas que comparten un horizonte común. No puede imponerse desde arriba; debe nacer desde abajo, como resultado de la cooperación y la solidaridad práctica.

La tecnología, que hoy sirve al control y la vigilancia, puede convertirse en instrumento de emancipación si se libera del lucro.

Una Internacional digital, descentralizada, multilingüe, feminista y ecológica: eso es lo que el futuro demanda.

Rosa Luxemburgo recordaba que “la revolución no se hace, se organiza.” [3]

Esa organización comienza en los lugares de trabajo, en los barrios, en las escuelas, en las redes de cuidados, en los colectivos que se niegan a ceder ante el cinismo.

Cada asamblea obrera, cada cooperativa, cada huelga, cada gesto de solidaridad es un acto de reconstrucción del tejido humano.

Porque la verdadera riqueza no está en el oro ni en el litio, sino en la capacidad de los pueblos para sostenerse

unos a otros.

El socialismo del siglo XXI no puede limitarse a repetir viejas fórmulas.

Debe aprender de sus errores y de sus derrotas: el burocratismo, el dogma, la falta de democracia, la separación entre dirigentes y dirigidos.

Debe unir razón y ternura, ciencia y arte, estrategia y esperanza.

Debe hablar el idioma de los jóvenes precarizados, de las mujeres que sostienen la vida, de los pueblos indígenas que defienden la tierra.

Debe ser internacionalista no por moralismo, sino por necesidad histórica: el capital ya es global; la emancipación también debe serlo.

La humanidad se enfrenta a un dilema que ya formuló Rosa Luxemburgo hace más de un siglo: socialismo o barbarie.

Hoy podríamos traducirlo como esperanza o colapso. No hay punto medio.

La crisis ecológica, las guerras, la desigualdad, la automatización del trabajo y la fragmentación social no se resolverán con reformas superficiales.

Necesitan un cambio de paradigma, una nueva civilización basada en la cooperación, la igualdad y el respeto por la naturaleza.

El camino está lleno de piedras y obstáculos.

Pero también está lleno de historia, de ideas, de tradiciones, de derrotas que enseñaron y victorias que iluminaron.

Tenemos la maquinaria suficiente —intelectual, moral, cultural— para limpiar el camino. Y aunque el enemigo es poderoso, no es invencible.

Cada vez que el pueblo se organiza, el poder tiembla.

Cada vez que alguien deja de tener miedo, el futuro se abre.

No se trata de esperar un milagro, sino de construirlo.

De convertir la esperanza en método, la indignación en programa, la ternura en estrategia.

Porque la revolución no es solo un acto político: es una afirmación de humanidad frente a la barbarie.

El amanecer de los que no se rinden no es una metáfora: es un proceso histórico.

Está ocurriendo en los barrios obreros de Nueva York, en las fábricas de Bangladés, en las huelgas francesas, en las comunas latinoamericanas, en las cooperativas africanas, en las redes feministas y ecologistas del mundo entero.

Es la humanidad que se rehace a sí misma, que se niega a morir en silencio.

Cuando los pueblos comprendan que no están solos, cuando el miedo cambie de bando, cuando el trabajo se reconozca como poder universal, el viejo mundo se derrumbará.

Entonces, como en los grandes días de la historia, resonará nuevamente la consigna que nunca perdió su fuerza:

¡Proletarios de todos los países, uníos!

Notas

  1. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Ed. Era, México, 1975, p. 311.

  2. Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 61.

  3. Rosa Luxemburgo, Escritos políticos, Ed. Akal, Madrid, 1978, p. 214.

Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Ed. Era, México, 1975, p. 311.

Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Ed. Akal, Madrid, 2012, p. 61.

Rosa Luxemburgo, Escritos políticos, Ed. Akal, Madrid, 1978, p. 214.