La guerra de Ucrania, lejos de agotarse, se ha convertido en el espejo deformante de la crisis estructural del capitalismo global. Allí donde los cañones siguen marcando la línea de frente, lo que se juega es mucho más que el futuro de Kiev o Moscú: se juega la posición de Europa en el mundo, su subordinación creciente a los Estados Unidos y, a la vez, la lenta pero imparable erosión de la hegemonía norteamericana frente al ascenso de China.
Emmanuel Macron, en un gesto calculado de protagonismo europeo, ha declarado que ve a 26 países de Europa dispuestos a conformar una fuerza de paz que, llegado un eventual acuerdo, se encargaría de garantizar el cumplimiento del mismo. La noticia, sin embargo, está envuelta en el secretismo habitual: no se dice quién se suma, quién duda, quién se ausenta. España, previsiblemente, estará dentro, pero no lo confirmarán ni desmentirán hasta el último minuto. La política de la “seguridad” y del silencio estratégico ya no sorprende a nadie. Lo que sí sorprende —o debería— es la aparente calma social en el continente, tan distinta de las masivas movilizaciones que recorrieron Europa contra la guerra de Irak en 2003.
¿Por qué no se producen ahora movilizaciones semejantes? La respuesta es múltiple. En primer lugar, el clima político ha cambiado: la guerra de Ucrania ha sido presentada, desde el primer día, como una “guerra justa” en defensa de la soberanía de un país agredido por un imperialismo vecino. La narrativa dominante ha sido la del agresor ruso y el agredido ucraniano, sin matices, sin la sospecha de manipulación que sí existía frente a las mentiras de Bush y Aznar sobre las armas de destrucción masiva en Irak. Las poblaciones europeas, atravesadas por una ideología mediática cada vez más uniforme, han sido disciplinadas bajo el relato de que “esta vez sí” hay que defender la libertad.
En segundo lugar, la izquierda institucional europea, debilitada y desarticulada tras décadas de derrotas, se ha convertido en cómplice del consenso atlantista. Allí donde se esperaría una voz independiente, crítica y antimilitarista, lo que emerge es un seguidismo del discurso oficial, disfrazado de pragmatismo. Y en tercer lugar, hay que señalar el miedo difuso: el conflicto de Ucrania no se percibe como una aventura colonial lejana, como fue Irak, sino como un choque que podría desbordarse hasta las propias fronteras europeas. Y el miedo, cuando no se transforma en acción colectiva, se traduce en pasividad resignada.
Macron juega su propia partida dentro de esta crisis. Francia vive una convulsión política interna que podría desembocar en la designación de un primer ministro socialista. El cálculo es transparente: “quemar” a los socialistas en un momento de extrema dificultad, colocarlos al frente del gobierno justo cuando la implicación militar francesa en Ucrania podría aumentar. Es un movimiento cínico, pero coherente con la lógica del poder. El socialismo francés, desfondado ideológicamente y ansioso por recuperar un mínimo espacio institucional, probablemente aceptará el “regalo” envenenado, aun sabiendo que será devorado por él. El poder no es sólo la posibilidad de gobernar, es también la trampa de la responsabilidad en el marco de una estrategia diseñada por otros.
Este episodio muestra con nitidez lo que podríamos llamar la doble decadencia del capitalismo occidental. Por un lado, la decadencia de Europa frente a Estados Unidos. Desde 1945, Europa ha sido el socio menor del proyecto imperial estadounidense, y la guerra de Ucrania ha confirmado la absoluta dependencia militar, política y energética de Bruselas respecto a Washington. Las tímidas aspiraciones de “autonomía estratégica europea” quedan reducidas a declaraciones huecas: la OTAN, dirigida desde el Pentágono, es la verdadera brújula de la política exterior. Macron puede hablar de fuerzas de paz, pero lo hará siempre dentro de los límites marcados por la Casa Blanca.
Por otro lado, está la decadencia de Estados Unidos frente a China. Este proceso no es inmediato ni lineal, pero es visible: la supremacía económica y tecnológica estadounidense se erosiona frente a un rival que avanza con paciencia estratégica, diversificando sus mercados, tejiendo alianzas en Asia, África y América Latina, y ofreciendo a los países del sur global alternativas a la hegemonía occidental. La guerra de Ucrania, desde este ángulo, es también una guerra preventiva de Occidente para retrasar la pérdida de su primacía global, una guerra que busca reafirmar la cohesión atlántica justo en el momento en que el terreno geopolítico empieza a moverse bajo sus pies.
Desde una perspectiva marxista, no se trata de “errores” de tal o cual dirigente, sino de la expresión histórica de la crisis del capitalismo en su fase de decadencia imperialista. Europa no es un actor autónomo, sino un espacio intermedio atrapado entre dos polos de poder: el Estados Unidos en declive y la China en ascenso. Macron podrá intentar salvar el protagonismo francés, Alemania podrá hablar de soberanía europea, pero lo cierto es que la Unión Europea aparece ante el mundo como un apéndice de Washington, incapaz de definir un rumbo propio.
El futuro inmediato, si se confirma la creación de una fuerza de paz europea, nos situará ante una paradoja: la Europa que no supo movilizar a sus pueblos contra la guerra podría convertirse en gendarme de un orden impuesto, custodia armada de un acuerdo nacido de la derrota de Ucrania o del desgaste ruso. Será entonces cuando resurja la pregunta que hoy parece dormida: ¿quién controla a los controladores?, ¿qué intereses se defienden bajo la máscara de la paz?
Mientras tanto, la lucha de clases en Europa se desarrolla bajo esta sombra geopolítica. La inflación, la crisis energética, la precariedad laboral y la descomposición política en países como Francia, Alemania o España son síntomas de un continente que ya no dirige el capitalismo global, sino que lo padece. La tarea de una izquierda marxista en este contexto no es aceptar el marco atlántico, sino denunciarlo, reconstruir la independencia de clase, volver a levantar la bandera del internacionalismo frente a la lógica de bloques.
Porque la guerra de Ucrania no es un paréntesis: es un síntoma de época. Y la época que comienza es la de la transición hegemónica, la de la pugna entre imperios en decadencia y potencias emergentes. Europa, atrapada en medio, corre el riesgo de convertirse en el campo de batalla y en el eslabón más débil de esta cadena mundial. El marxismo, si quiere estar a la altura de la historia, debe volver a decirlo con claridad: ningún pueblo gana nada de estas guerras entre imperialismos, salvo la amarga conciencia de que su emancipación sólo puede venir de sí mismo, nunca de los cañones ajenos.
“Ningún pueblo gana nada de las guerras entre imperialismos. La paz, si ha de tener contenido, sólo puede ser el nombre político de la emancipación.”
Escrito por David Merallo · Publicado el 7 de septiembre de 2025
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