La farsa de Trump en la ONU

El discurso de Donald Trump ante la Asamblea General de las Naciones Unidas no fue un exabrupto aislado ni un acto de mera teatralidad personal: fue la expresión concentrada de la decadencia del orden imperialista que Estados Unidos había pretendido dirigir durante décadas. El escenario escogido —la ONU, símbolo del multilateralismo burgués tras la Segunda Guerra Mundial— mostró toda su fragilidad cuando, frente a lo que debería ser solemnidad y diplomacia, Trump se permitió el lujo de la burla, la amenaza y la caricatura del adversario.

La incapacidad de nombrar el genocidio en Gaza —llamando “conflicto” a lo que es exterminio sistemático— expresa no solo cobardía política, sino el desmoronamiento de un discurso que, antaño, pretendía sostener la legitimidad moral del imperialismo norteamericano. Hoy, en la boca de Trump, la retórica estadounidense ya no habla de “democracia” o “derechos humanos”, sino de poder desnudo, de transacción, de amenaza abierta.

La crisis de las instituciones capitalistas

La ONU, como tantas otras instituciones creadas para enmascarar la dominación imperialista con un velo de legalidad internacional, queda en entredicho no solo por las guerras y bloqueos permanentes en su seno, sino porque ya ni siquiera sirve como escenario para el consenso formal. Trump se ríe de ella, la convierte en un púlpito personalista y chauvinista, y con ello muestra que la propia burguesía imperialista ya no siente la necesidad de guardar las formas.

El desprecio de Trump hacia el multilateralismo refleja un fenómeno más profundo: la decadencia de la clase dominante norteamericana y, con ella, de sus aliados europeos. La crisis capitalista de los últimos quince años ha corroído no solo la economía, sino también las bases ideológicas que sostenían a las élites. La democracia liberal, presentada como universal, se revela como un cascarón vacío en el que los discursos se reducen a amenazas, insultos y negación del adversario.

El eco en España: Junts y la deriva reaccionaria

La coincidencia temporal no es anecdótica. El mismo día en que Trump lanzaba sus soflamas en Nueva York, en el Parlamento español se escuchaban palabras de Junts que competían en tono con la ultraderecha más descarnada. Bajo la excusa de defender una supuesta “identidad catalana en peligro”, el discurso de Junts se tornó en un alegato xenófobo y victimista, indistinguible en su lógica del nacionalismo españolista más rancio.

Esta deriva no responde a una “defensa de los pueblos” sino a la incapacidad de la burguesía catalana para ofrecer una salida progresista a la crisis. En vez de confrontar a la ultraderecha con una lucha de ideas, Junts opta por imitar sus formas, compitiendo por ver quién lanza la consigna más estridente, quién formula la barbaridad más sonora. Es la confirmación de que la clase dominante, tanto en Madrid como en Barcelona, ha agotado su proyecto histórico.

Decadencia ideológica de la burguesía

Lo que une a Trump y a Junts, más allá de sus diferencias de escala y de escenario, es la evidencia de que la burguesía en su conjunto ya no puede sostener un relato universalista. Allí donde antes hablaban de “progreso”, “modernidad” o “democracia”, hoy solo pueden articular la amenaza, el odio o la caricatura del enemigo. Es el síntoma de una decadencia ideológica tan profunda como la crisis material que atraviesa el capitalismo.

La decadencia del sistema no se expresa únicamente en los indicadores económicos, sino en la incapacidad de sus representantes para generar hegemonía. El poder capitalista ya no convence: grita. Y cuando el poder solo grita, revela que su autoridad es frágil, que su hegemonía está rota y que solo le queda el recurso de la coerción directa.

Conclusión

El discurso de Trump en la ONU y el de Junts en el Parlamento español son, en apariencia, fenómenos distintos. Pero ambos forman parte de un mismo proceso histórico: la crisis de legitimidad del capitalismo y de sus instituciones. La ONU deja de ser respetada incluso por quienes la construyeron; los parlamentos europeos se convierten en cajas de resonancia del racismo y el chauvinismo. En ambos casos, lo que se muestra es la decadencia de una clase dirigente que ya no tiene ideas que ofrecer al mundo.

Para la clase trabajadora y la juventud, la tarea es clara: no esperar nada de una burguesía en descomposición, sino levantar un proyecto propio, internacionalista, socialista, que sustituya el grito vacío del poder por una voz colectiva capaz de ofrecer una salida a la crisis civilizatoria en la que nos encontramos.

Escrito por David Merallo · Publicado el 23 de septiembre de 2025