Introducción: La coyuntura histórica

Las calles de Estados Unidos han vuelto a llenarse de manifestantes. El 18 de octubre de 2025, aproximadamente siete millones de personas participaron en más de 2.700 eventos denominados “No Kings” en todos los estados del país. Estas movilizaciones, las más grandes desde el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, representan una expresión masiva de rechazo a lo que los organizadores describen como una agenda autoritaria. Los manifestantes portaban pancartas con mensajes como “Nada es más patriótico que protestar” o “Resistir al fascismo”, y denunciaban las políticas de inmigración de Trump, los recortes a programas federales, el despliegue de tropas en ciudades dirigidas por demócratas y, en términos más amplios, lo que perciben como una deriva autoritaria del gobierno estadounidense.

Desde una perspectiva marxista, debemos saludar esta movilización masiva como expresión del descontento popular contra políticas represivas y reaccionarias. Sin embargo, es imperativo ir más allá de la apariencia inmediata y preguntarnos por las contradicciones más profundas que revelan estas protestas. ¿Por qué millones de personas salen a las calles a protestar contra un presidente que fue elegido democráticamente apenas un año antes? ¿Cómo es posible que Donald Trump, un millonario con un historial de negocios turbios, misoginia abierta y retórica racista, haya logrado capturar el voto de la clase trabajadora estadounidense? ¿Por qué las movilizaciones masivas se articulan en torno a la defensa de la “democracia” liberal mientras la propia democracia burguesa estadounidense muestra signos evidentes de descomposición?

Estas preguntas no son meramente coyunturales. Señalan hacia una crisis histórica más profunda: la decadencia del imperialismo estadounidense como sistema global de dominación y la crisis terminal del proyecto neoliberal que ha definido la política estadounidense durante las últimas cuatro décadas. Trump no es una anomalía en este proceso, sino su expresión más descarnada. Y la izquierda estadounidense, representada institucionalmente por figuras como Bernie Sanders, ha fracasado estrepitosamente en ofrecer una alternativa revolucionaria a esta crisis, limitándose a gestionar las contradicciones del capitalismo en lugar de cuestionarlo radicalmente.

Las movilizaciones “No Kings” y sus límites políticos

Las protestas “No Kings” del pasado octubre constituyen la tercera gran movilización masiva desde el retorno de Trump al poder. La primera tuvo lugar en primavera como respuesta a los recortes presupuestarios impulsados por Elon Musk, nombrado por Trump para liderar una agresiva reducción del aparato estatal federal. La segunda, en junio, reunió a cerca de cinco millones de personas en contraposición a un desfile militar organizado por Trump para conmemorar el 250 aniversario del Ejército de Estados Unidos, celebración que convenientemente coincidió con el 79 cumpleaños del presidente. Los críticos interpretaron este desfile no como un homenaje a las fuerzas armadas sino como una exhibición narcisista del poder personal de Trump.

Las demandas de los manifestantes en octubre de 2025 fueron heterogéneas pero convergieron en varios ejes fundamentales. En primer lugar, la oposición a las políticas migratorias de la administración Trump, caracterizadas por redadas masivas del ICE (Immigration and Customs Enforcement), frecuentemente realizadas por agentes enmascarados, y por la construcción de centros de detención que han sido comparados con campos de concentración por organizaciones de derechos humanos. En segundo lugar, los manifestantes rechazaron los recortes masivos a programas federales, especialmente en educación y salud, que han dejado sin empleo a cientos de miles de trabajadores gubernamentales y han afectado servicios esenciales para millones de estadounidenses. En tercer lugar, protestaron contra el despliegue de la Guardia Nacional en ciudades gobernadas por demócratas, una medida sin precedentes desde 1965 cuando el presidente Lyndon Johnson federalizó la Guardia Nacional de Alabama durante el movimiento por los derechos civiles.

La participación fue notable por su amplitud geográfica y demográfica. No se trató únicamente de movilizaciones en las grandes ciudades costeras, bastiones tradicionales del progresismo estadounidense, sino que hubo concentraciones significativas en el corazón conservador del país: en ciudades pequeñas de Iowa, Nebraska, Montana y otros estados del Midwest. Participaron trabajadores federales afectados por el cierre gubernamental, que llevaba dieciocho días en el momento de las protestas, dejando a 1.4 millones de empleados federales sin paga o en licencia forzosa. También acudieron inmigrantes latinos y sus familias, aterrorizados por las redadas del ICE. Hubo presencia significativa de mujeres preocupadas por los derechos reproductivos, de jóvenes movilizados por cuestiones climáticas y de minorías raciales que ven en Trump una amenaza existencial.

Sin embargo, desde una perspectiva marxista, es fundamental identificar las limitaciones estructurales de estas movilizaciones. El marco político-ideológico predominante en las protestas “No Kings” permanece firmemente anclado en el liberalismo burgués. El lenguaje utilizado por organizadores y participantes gira constantemente en torno a la “defensa de la democracia”, la “amenaza autoritaria” y el rechazo a que Estados Unidos sea gobernado “por un rey”. Este marco conceptual liberal tiene consecuencias políticas profundas porque sitúa el problema en el terreno de las formas políticas (democracia versus autoritarismo) en lugar de en el contenido de clase de esas formas.

La insistencia en defender “la democracia” como abstracción universal oculta el hecho de que la democracia burguesa estadounidense ha sido siempre, en términos estructurales, una dictadura de clase. Las instituciones políticas estadounidenses fueron diseñadas explícitamente por los “padres fundadores” para prevenir lo que James Madison llamaba “la tiranía de las mayorías”, es decir, para impedir que las clases trabajadoras y desposeídas pudieran usar su superioridad numérica para cuestionar la propiedad privada y la acumulación de capital. El Senado, el Colegio Electoral, la Corte Suprema con jueces vitalicios, el poder de veto presidencial, el sistema bipartidista protegido por leyes electorales restrictivas: todos estos mecanismos institucionales tienen como función limitar la expresión de la voluntad popular y proteger los intereses de la clase capitalista.

Además, el marco “democracia versus autoritarismo” deshistoriza la política estadounidense y presenta a Trump como una ruptura anómala con una tradición democrática prístina. Esta narrativa es ideológicamente mistificadora. Estados Unidos tiene una larga historia de autoritarismo doméstico (desde la esclavitud hasta Jim Crow, desde el internamiento de japoneses-estadounidenses hasta COINTELPRO) y de apoyo a dictaduras brutales en todo el mundo cuando ello convenía a los intereses imperiales estadounidenses. Trump no inventó la represión estatal, el militarismo o el nacionalismo xenófobo; simplemente los ha despojado de la retórica liberal que tradicionalmente los envolvía.

Más problemático aún es que este marco liberal impide formular un análisis de clase riguroso. En las movilizaciones “No Kings” se habla de defender los “valores democráticos” y los “derechos constitucionales”, pero se evita sistemáticamente nombrar al capitalismo como sistema de explotación, o a la burguesía como clase dominante cuyos intereses materiales estructuran la política estadounidense independientemente de si gobierna un demócrata o un republicano. Bernie Sanders, al dirigirse a la multitud reunida en Washington D.C., habló de “oligarcas” y de “la clase multimillonaria”, lo cual representa un avance retórico respecto al lenguaje neoliberal estándar. Sin embargo, incluso Sanders se cuidó de enmarcar su crítica dentro de los límites del reformismo: no llamó a la abolición del capitalismo sino a una distribución más equitativa dentro del capitalismo, no propuso la socialización de los medios de producción sino regulaciones más estrictas sobre las corporaciones, no articuló una crítica del imperialismo estadounidense sino que limitó su crítica al apoyo militar a Israel.

Esta despolitización de clase tiene consecuencias prácticas devastadoras. Impide que los manifestantes comprendan que Trump es un síntoma, no la causa, de una crisis estructural del capitalismo estadounidense. Genera la ilusión de que eliminando a Trump (mediante elecciones, impeachment o cualquier otro mecanismo institucional) se resolverán los problemas fundamentales que aquejan a la sociedad estadounidense. Canaliza la energía de millones de personas hacia la defensa de instituciones burguesas en lugar de hacia su transformación revolucionaria. Y, quizás lo más problemático, vincula el movimiento de protesta orgánicamente al Partido Demócrata, presentado implícitamente como el vehículo natural de la oposición a Trump, cuando el propio Partido Demócrata es corresponsable de crear las condiciones que permitieron el ascenso de Trump.

Trump y el realineamiento de clase en la política estadounidense

Para comprender el fenómeno Trump desde una perspectiva materialista histórica, debemos analizar fríamente los datos electorales y lo que revelan sobre las transformaciones de la estructura de clase en Estados Unidos y su expresión política. En las elecciones de 2024, Donald Trump obtuvo 312 votos electorales frente a los 226 de Kamala Harris, logrando una victoria decisiva que incluyó todos los siete estados bisagra: Arizona, Georgia, Michigan, Nevada, Carolina del Norte, Pensilvania y Wisconsin. Pero más significativo que la victoria electoral en sí es el análisis de su composición social.

Trump ganó el 66% del voto de la clase trabajadora blanca, definida como votantes sin título universitario de cuatro años. Este porcentaje representa un aumento respecto al 62% que obtuvo en 2016 y al 59% de 2020, indicando una consolidación de su base entre este sector. Del total de votantes de clase trabajadora (de todas las razas), Trump obtuvo el 56% frente al 42% de Harris. Pero quizás más revelador es que Trump logró hacer incursiones significativas en sectores que tradicionalmente habían votado demócrata: su apoyo entre hombres negros aumentó del 12% en 2020 al 20% en 2024; entre hombres latinos ganó por 54% a 45%; e incluso entre votantes musulmanes en Dearborn, Michigan, ciudad históricamente demócrata, Trump obtuvo aproximadamente el 45% del voto, comparado con apenas 20% para Harris.

Estos datos requieren una interpretación marxista rigurosa que escape tanto del triunfalismo de la derecha como del moralismo de la izquierda liberal. La victoria de Trump no puede explicarse simplemente como el triunfo del racismo, la misoginia o el fascismo, aunque estos elementos están indudablemente presentes en su coalición. Tal explicación es insuficiente porque no puede dar cuenta de por qué millones de trabajadores que previamente votaron por Obama o incluso por Biden decidieron votar por Trump. Reducir a estos votantes a “deplorables” racistas, como infamemente hizo Hillary Clinton en 2016, es tanto políticamente estéril como analíticamente erróneo.

La clave para entender el voto a Trump reside en la transformación fundamental de la estructura de clase y su expresión partidaria en Estados Unidos durante las últimas décadas. El Partido Demócrata, que durante la era del New Deal representaba (de forma limitada y contradictoria) los intereses de la clase trabajadora organizada, ha completado su transformación en un partido de profesionales urbanos, académicos, sectores tecnológicos y financieros progresistas, y la alta burguesía cosmopolita. La coalición demócrata contemporánea está masivamente sobrerrepresentada por personas con títulos universitarios avanzados, ingresos altos y propiedades valiosas en zonas urbanas gentrificadas. Como observó acertadamente Steven Teles, politólogo de Johns Hopkins, “la coalición demócrata hoy está desproporcionadamente representada por profesionales, profesores universitarios, expertos, todas esas personas que, en cierto grado, son los guardianes de la corrección”.

Simultáneamente, el Partido Republicano ha experimentado la transformación inversa. Tradicionalmente el partido del gran capital, de los industriales y financistas, los republicanos han visto cómo sectores significativos de la burguesía se han alejado de ellos, particularmente las industrias tecnológicas y las finanzas globalizadas. En su lugar, han consolidado una base entre la clase trabajadora blanca, particularmente en sectores en declive (manufactura, minería, agricultura), y han hecho incursiones entre trabajadores de minorías raciales, especialmente hombres. Este realineamiento no es superficial o puramente retórico; refleja transformaciones materiales profundas en la estructura económica estadounidense y la crisis del proyecto neoliberal.

Las exit polls de 2024 revelaron que la economía fue el factor decisivo. El índice de aprobación de Biden era apenas del 40%; dos tercios de los votantes evaluaron negativamente la economía; solo un cuarto dijo que su situación financiera había mejorado en los últimos cuatro años; tres cuartos afirmaron que la inflación les había causado dificultades severas o moderadas; y los votantes confiaron más en Trump que en Harris no solo en economía, sino también en inmigración, crimen y política exterior. A pesar de las mejoras técnicas en indicadores macroeconómicos durante la administración Biden (bajo desempleo, salarios nominales en aumento, inflación descendente), los estadounidenses continuaron sufriendo materialmente debido a que los precios permanecían significativamente más altos que en la era pre-pandémica y debido a la crisis de vivienda asequible que ha excluido a millones de la propiedad de vivienda.

Trump habló directamente a esta experiencia material de deterioro económico. Su discurso, aunque mistificador en sus causas y reaccionario en sus soluciones propuestas, al menos reconoció que existe un problema real. Trump prometió “terminar con la inflación y hacer a Estados Unidos asequible nuevamente”, ofreció “grandes recortes de impuestos para los trabajadores” y prometió “ningún impuesto sobre las propinas”. Propuso aranceles masivos sobre importaciones chinas para “proteger empleos americanos”, deportación masiva de inmigrantes indocumentados para supuestamente reducir la competencia laboral y la criminalidad, y un retorno a una era imaginaria de prosperidad industrial estadounidense. Estas propuestas son económicamente incoherentes, probablemente contraproducentes y políticamente reaccionarias. Los aranceles aumentarán los precios para los consumidores; la deportación masiva causará escasez de mano de obra en sectores clave y separará familias; y la era dorada industrial estadounidense que Trump evoca nunca existió en los términos nostálgicos que él presenta.

Sin embargo, lo crucial es que el discurso de Trump articula una narrativa causal, por falsa que sea, sobre por qué la vida de los trabajadores ha empeorado. Identifica enemigos concretos: los inmigrantes que “roban empleos”, los burócratas que “regulan en exceso”, las élites liberales que “desprecian a la gente común”, China que “hace trampa en el comercio”, los medios que “mienten”. Esta narrativa funciona porque ofrece explicaciones simples a fenómenos complejos, porque proporciona chivos expiatorios sobre los cuales proyectar la frustración y porque promete soluciones drásticas e inmediatas.

En contraste, ¿qué ofreció Kamala Harris? Su campaña se centró en los derechos reproductivos y en presentar a Trump como una “amenaza para la democracia”. El primer mensaje falló en movilizar a las mujeres en los números esperados; su participación como porcentaje del electorado aumentó solo marginalmente, y el porcentaje de mujeres que votaron por Harris no aumentó respecto a Biden en 2020. El segundo mensaje fue ignorado por votantes que priorizaron sus preocupaciones económicas inmediatas sobre advertencias abstractas sobre autoritarismo futuro. Harris no articuló una crítica del capitalismo neoliberal, no propuso transformaciones económicas estructurales, no ofreció un análisis de clase de por qué los salarios han estado estancados durante décadas mientras la productividad se ha disparado.

Más fundamentalmente, Harris estaba atada al legado de Biden, cuyo índice de aprobación era desastroso. Biden representaba la continuidad del orden neoliberal: había rescatado a Wall Street sin condicionar la ayuda a cambios estructurales; había continuado las guerras imperiales; había fracasado en codificar Roe v. Wade cuando los demócratas controlaban ambas cámaras del Congreso; había reprimido brutalmente la huelga ferroviaria en 2022, negando a los trabajadores ferroviarios el derecho a negociar días de enfermedad pagados; y su administración había supervisado transferencias masivas de riqueza hacia arriba mientras los trabajadores veían erosionarse su poder adquisitivo. Harris no pudo distanciarse de este historial porque fue vicepresidenta de Biden y porque su propia política es fundamentalmente idéntica: gestionar el capitalismo neoliberal de forma ligeramente más competente y con retórica más inclusiva.

Desde una perspectiva marxista, el voto por Trump debe entenderse como un voto de protesta de clase, aunque uno canalizado a través de formas reaccionarias y mistificadas. La clase trabajadora estadounidense está diciendo: “Este sistema no funciona para nosotros”. El problema es que la única alternativa visible es el populismo de derecha de Trump porque la izquierda ha fracasado en construir una alternativa creíble. Los trabajadores que votan por Trump no son fascistas incorregibles ni racistas irredimibles (aunque algunos lo son). La mayoría son personas que luchan por sobrevivir en una economía que ha destruido sus comunidades, que ven cómo su nivel de vida se deteriora mientras los multimillonarios se enriquecen obscenamente, y que buscan desesperadamente alguien que reconozca su sufrimiento y prometa cambiarlo. Trump es esa figura, no porque vaya a mejorar realmente sus vidas (no lo hará), sino porque al menos los ve y habla su lenguaje, mientras los demócratas los ignoran o los sermonean sobre sus deficiencias morales.

La decadencia del imperialismo estadounidense

Para situar el fenómeno Trump en su contexto histórico mundial, debemos analizarlo como expresión de la decadencia del imperialismo estadounidense. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos estableció un orden imperial global basado en varios pilares fundamentales: supremacía militar abrumadora expresada en bases militares por todo el mundo y capacidad de proyección de poder; hegemonía del dólar como moneda de reserva mundial, permitiendo a Estados Unidos financiar déficits masivos exportando inflación; control de instituciones financieras internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial) que imponían políticas neoliberales a países endeudados; dominio de organizaciones políticas y militares (ONU, OTAN) que legitimaban intervenciones imperiales; y hegemonía cultural e ideológica que presentaba el modelo estadounidense como universalmente deseable y el “fin de la historia”.

Este orden imperial funcionó extraordinariamente bien para la burguesía estadounidense durante décadas. Las corporaciones estadounidenses pudieron explotar mano de obra barata en el Sur Global mientras vendían productos en mercados protegidos; los bancos de Wall Street pudieron especular salvajemente sabiendo que serían rescatados por el estado; la industria militar se benefició de guerras interminables; y las élites políticas y culturales podían presentarse como paladines de la “democracia” y los “derechos humanos” mientras supervisaban el saqueo del planeta. Para la clase trabajadora estadounidense, los beneficios fueron siempre limitados y contradictorios, pero durante el período de posguerra hubo cierta “aristocracia obrera” que se benefició materialmente del imperialismo a través de salarios relativamente altos, acceso a crédito barato y estado de bienestar modesto.

Sin embargo, este orden imperial ha entrado en una crisis multidimensional durante las últimas décadas. Económicamente, la financiarización de la economía estadounidense desde los años setenta ha significado la desindustrialización masiva, la destrucción de empleos manufactureros bien pagados y la precarización del trabajo. La apertura del comercio global bajo términos neoliberales permitió a las corporaciones estadounidenses deslocalizar producción a países con mano de obra más barata y regulaciones ambientales y laborales más laxas, aumentando dramáticamente las ganancias corporativas mientras devastaba comunidades industriales estadounidenses. El rust belt (cinturón del óxido) de estados como Michigan, Pensilvania, Ohio y Wisconsin, que fueran el corazón industrial de Estados Unidos, se convirtió en un cementerio de fábricas cerradas, poblaciones en declinio, epidemias de opioides y desesperación generalizada.

La crisis financiera de 2008 reveló la fragilidad del modelo neoliberal. El colapso del mercado inmobiliario y el sistema financiero requirió rescates gubernamentales masivos, pero el costo fue socializado mientras las ganancias habían sido privatizadas. Los banqueros responsables de la crisis no fueron a prisión; fueron rescatados con dinero público y continuaron pagándose bonos millonarios. Millones de estadounidenses perdieron sus casas, sus empleos y sus ahorros, mientras Wall Street salía fortalecido de la crisis. La “recuperación” bajo Obama fue una recuperación para los ricos: el 95% de las ganancias del ingreso entre 2009 y 2012 fueron al 1% superior. La desigualdad alcanzó niveles no vistos desde la Edad Dorada de finales del siglo XIX.

Geopolíticamente, el imperialismo estadounidense ha sufrido una serie de derrotas humillantes que han erosionado su pretensión de ser la única superpotencia global. La invasión de Afganistán en 2001 y de Irak en 2003, presentadas como demostraciones de poder militar estadounidense post-11/9, se convirtieron en lodazales de décadas que costaron billones de dólares, mataron a cientos de miles de personas y terminaron en retiradas ignominiosas. La salida caótica de Afganistán en 2021, con el talibán retomando el control del país mientras helicópteros estadounidenses evacuaban apresuradamente a personal de la embajada, fue una metáfora perfecta del declive imperial. Irak, en lugar de convertirse en una democracia modelo pro-estadounidense, es ahora un estado débil con influencia iraní significativa.

Más fundamentalmente, ha emergido un competidor imperial serio: China. El ascenso económico chino durante las últimas cuatro décadas representa el desafío más significativo a la hegemonía estadounidense desde la Guerra Fría. China es ahora la segunda economía mundial, la primera en términos de paridad de poder adquisitivo, y según todas las proyecciones, superará a Estados Unidos como la economía más grande en términos absolutos en la próxima década. China ha construido una infraestructura de manufactura sofisticada que domina sectores críticos; ha desarrollado capacidades tecnológicas avanzadas que rivalizan con las estadounidenses; ha acumulado reservas de divisas masivas y se ha convertido en el mayor acreedor de Estados Unidos; y ha comenzado a construir una arquitectura institucional alternativa (BRICS, Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, Iniciativa de la Franja y la Ruta) que desafía las instituciones dominadas por Estados Unidos.

La respuesta estadounidense a este declive relativo ha sido contradictoria y desesperada. Obama intentó un “pivote hacia Asia” que fracasó en contener a China mientras debilitaba la posición estadounidense en Medio Oriente. Trump lanzó una guerra comercial con China basada en aranceles que aumentó los costos para los consumidores estadounidenses sin detener el ascenso chino. Biden ha continuado y escalado la confrontación con China, implementando controles de exportación de semiconductores y tecnología avanzada, fomentando alianzas anti-chinas en Asia, y aumentando la presencia militar estadounidense en el Indo-Pacífico. Pero estas medidas son defensivas y revelan ansiedad estratégica más que confianza imperial.

El declive imperial estadounidense tiene causas estructurales que ninguna política puede revertir fácilmente. La participación estadounidense en el PIB mundial ha caído del 40% en 1960 al 25% actual, y continuará cayendo. La infraestructura estadounidense está envejeciendo y deteriorándose; el sistema educativo está en crisis; el sistema de salud es el más caro del mundo desarrollado con resultados mediocres; la deuda nacional supera los 33 billones de dólares; y las divisiones políticas internas son cada vez más irreconciliables. Estados Unidos gasta más en defensa que los siguientes diez países combinados, pero sus guerras recientes han terminado en fracasos costosos que han erosionado la credibilidad de su poder militar.

Trump representa una respuesta nacionalista agresiva a este declive. Su eslogan “Make America Great Again” reconoce implícitamente que Estados Unidos ya no es “grande” en los términos que lo fue durante la posguerra. Su retórica aislacionista (aunque contradictoria con sus acciones reales) cuestiona las alianzas imperiales tradicionales y el compromiso con el orden liberal internacional. Su énfasis en aranceles y proteccionismo económico rechaza el libre comercio neoliberal que la propia clase capitalista estadounidense promovió durante décadas. Su hostilidad hacia instituciones multilaterales (salida del Acuerdo de París, amenazas de abandonar la OTAN, rechazo de tratados comerciales) señala una crisis de la hegemonía estadounidense.

Sin embargo, el nacionalismo de Trump no puede resolver la crisis imperial porque sus causas son estructurales, no políticas. Estados Unidos no puede “volver a ser grande” mediante aranceles, porque su desindustrialización resulta de decisiones de inversión privadas de corporaciones que buscan maximizar ganancias, no de políticas comerciales injustas de otros países. No puede restaurar su hegemonía global mediante confrontación militar, porque el poder militar es cada vez más insuficiente en un mundo multipolar donde otros estados tienen armas nucleares y capacidades sofisticadas de negación de área. No puede revitalizar su economía mediante recortes de impuestos a los ricos, porque eso solo exacerbará la desigualdad y deprimirá la demanda agregada. Y no puede reconstruir un consenso social en torno al proyecto imperial porque la clase trabajadora estadounidense ya no se beneficia materialmente de ese proyecto.

La decadencia imperial tiene consecuencias profundas para la política doméstica estadounidense. Una burguesía en una potencia imperial en declive tiende hacia el autoritarismo interno para reprimir el descontento de clases que ya no pueden ser cooptadas mediante concesiones materiales. Las políticas represivas de Trump (militarización de la inmigración, despliegue de tropas en ciudades, persecución de opositores políticos, restricción de libertades civiles) no son aberraciones personales sino respuestas de clase a una crisis imperial. La burguesía estadounidense sabe que no puede mantener indefinidamente su tasa de ganancia y su dominación política mediante consentimiento, por lo que recurre cada vez más a la coerción.

Bernie Sanders y los límites del reformismo

Para comprender verdaderamente lo que representa Bernie Sanders desde una perspectiva marxista, debemos situarlo en la historia de la socialdemocracia como corriente política dentro del movimiento obrero. Sanders se presenta a sí mismo como “socialista democrático” y frecuentemente invoca a Franklin Delano Roosevelt y el New Deal como modelo político. Sin embargo, incluso esta autoidentificación es generosa. Sanders no es un socialista en ningún sentido marxista riguroso del término. Es, en el mejor de los casos, un socialdemócrata moderado que propone reformas dentro del capitalismo para hacerlo ligeramente más equitativo, no la abolición del capitalismo mismo.

El programa político de Sanders, tal como lo ha articulado durante sus campañas presidenciales de 2016 y 2020 y sus discursos actuales, incluye elementos como Medicare for All (un sistema de seguro de salud universal de pagador único), educación universitaria pública gratuita, cancelación de deuda estudiantil, aumento significativo del salario mínimo federal, fortalecimiento del derecho a la sindicalización mediante la Ley PRO, expansión del Seguro Social, un Green New Deal para abordar el cambio climático, regulación estricta de Wall Street, y aumento de impuestos a los ricos para financiar programas sociales. Estas políticas serían mejoras significativas respecto al status quo neoliberal y beneficiarían materialmente a millones de trabajadores.

Sin embargo, es crucial entender lo que este programa no incluye. No propone la socialización de los medios de producción. No llama a la expropiación de la clase capitalista. No plantea el control obrero de las industrias. No articula una crítica del imperialismo estadounidense; de hecho, Sanders ha sido consistentemente pro-Israel, ha votado a favor de presupuestos militares masivos, ha apoyado acciones militares estadounidenses en varios contextos, y ha adoptado una retórica agresiva hacia China. No cuestiona la institución de la propiedad privada de los medios de producción. No propone abolir el Senado o el Colegio Electoral o la Corte Suprema o ninguna de las instituciones antidemocráticas de la república burguesa estadounidense. No llama a la revolución o a la destrucción del estado capitalista. En resumen, Sanders es un reformista que busca modificar el capitalismo, no superarlo.

Más problemático aún que las limitaciones de su programa es la cuestión de la estrategia. Incluso aceptando la premisa reformista de que transformaciones significativas son posibles dentro del capitalismo mediante la acción electoral y legislativa, Sanders carece de una estrategia coherente para lograr incluso sus objetivos reformistas. Durante sus campañas presidenciales, Sanders movilizó a millones de jóvenes y trabajadores con su retórica anticapitalista suave, recaudó cientos de millones de dólares en pequeñas donaciones, llenó estadios en mítines, y demostró que existe una base social masiva para políticas progresistas. Pero al final de sus dos campañas presidenciales, Sanders canalizó todo ese poder popular hacia candidatos demócratas (Clinton en 2016, Biden en 2020) que representan exactamente el establishment neoliberal que Sanders supuestamente combate.

Esta subordinación al Partido Demócrata es el pecado original del proyecto político de Sanders. El Partido Demócrata no es un vehículo neutral que puede ser capturado por la izquierda y usado para implementar políticas progresistas. Es un partido capitalista estructuralmente vinculado a la clase capitalista mediante donaciones de campaña, dependencia de medios corporativos, lobbying, puertas giratorias entre gobierno y sector privado, y una burocracia partidaria que está ideológica y materialmente comprometida con el neoliberalismo. Los demócratas no son capitalistas por accidente o por mala elección; son capitalistas porque representan intereses capitalistas.

La historia de las interacciones de Sanders con el Partido Demócrata valida este análisis. En 2016, el aparato del Partido Demócrata, controlado por Hillary Clinton y el Comité Nacional Demócrata bajo Debbie Wasserman Schultz, hizo todo lo posible para sabotear la campaña de Sanders. Los debates fueron programados en horarios que minimizarían la audiencia. Los superdelegados, una institución diseñada explícitamente para anular la voluntad de la base, fueron contados en los totales desde el principio para crear la impresión de una victoria inevitable de Clinton. Los medios corporativos ignoraron o minimizaron la campaña de Sanders. Y cuando WikiLeaks reveló correos del DNC mostrando conspiración activa contra Sanders, no hubo consecuencias significativas.

En 2020, la dinámica fue similar pero más sofisticada. Después de que Sanders ganó los primeros estados, el establishment demócrata orquestó rápidamente la salida de otros candidatos moderados (Pete Buttigieg, Amy Klobuchar) que inmediatamente respaldaron a Biden, consolidando el voto anti-Sanders. Elizabeth Warren, quien se presentaba como progresista y cuyas políticas eran similares a las de Sanders, permaneció en la carrera lo suficiente para dividir el voto progresista, luego se retiró sin respaldar a Sanders. Los medios amplificaron preocupaciones sobre la “electabilidad” de Sanders. Y Biden, un candidato cognitivamente en declinio con un historial político terrible, fue presentado como la opción “segura” frente al “radical” Sanders.

Pero lo más revelador es cómo Sanders respondió a estas manipulaciones. En lugar de denunciar al Partido Demócrata como corrupto y construir un movimiento político independiente, Sanders hizo campaña lealmente por Clinton y Biden. Argumentó que derrotar a Trump era la prioridad absoluta, incluso si eso significaba respaldar a candidatos que se oponían a todo lo que Sanders supuestamente defendía. Esta decisión tuvo consecuencias devastadoras para el proyecto político que Sanders había construido. Miles de activistas jóvenes que se habían radicalizado a través de la campaña de Sanders llegaron a la conclusión de que la lucha electoral dentro del Partido Demócrata era inútil. La energía y el entusiasmo de 2016 y 2020 se disiparon. Y lo más importante, se estableció el precedente de que la izquierda siempre capitulará ante el establishment demócrata cuando realmente importa.

Durante la presidencia de Biden, Sanders asumió roles de liderazgo en el Senado y tuvo oportunidades sin precedentes para impulsar su agenda. Fue presidente del Comité de Presupuesto del Senado, una posición poderosa. Pero los logros fueron extremadamente limitados. El paquete de infraestructura de Biden fue significativamente recortado desde las propuestas iniciales. El Build Back Better, que incluía elementos del Green New Deal y expansión de programas sociales, fue bloqueado por senadores demócratas “moderados” como Joe Manchin y Kyrsten Sinema. Medicare for All nunca fue seriamente considerado. La cancelación de deuda estudiantil fue mínima y luego bloqueada por tribunales. El salario mínimo federal no fue aumentado. La Ley PRO no fue aprobada.

Más revelador aún fue el papel de Sanders durante la huelga ferroviaria de 2022. Los trabajadores ferroviarios, representados por varios sindicatos, votaron rechazar un acuerdo negociado que no incluía días de enfermedad pagados adecuados. Amenazaron con huelga, un movimiento potencialmente poderoso dado el papel crítico del transporte ferroviario en la economía estadounidense. La administración Biden, en lugar de apoyar a los trabajadores, invocó la Railway Labor Act para forzar un acuerdo sin días de enfermedad pagados, esencialmente prohibiendo la huelga mediante acción legislativa. Sanders votó a favor de imponer el acuerdo, traicionando a los trabajadores ferroviarios en el momento en que más necesitaban solidaridad.

Este episodio revela la función real de Sanders dentro de la estructura política estadounidense. No es un agente de cambio radical sino un gestor de contradicciones. Su función es absorber y canalizar el descontento popular hacia formas seguras que no amenacen fundamentalmente el orden capitalista. Cuando los trabajadores se movilizan de formas potencialmente disruptivas (huelgas salvajes, ocupaciones, protestas masivas), Sanders está ahí para convencerlos de que la mejor estrategia es trabajar dentro del sistema, votar por demócratas, confiar en el proceso legislativo. Pero cuando realmente tienen poder legislativo, los resultados son decepcionantes porque el sistema está diseñado estructuralmente para resistir cambios fundamentales.

En su discurso actual, Sanders ha moderado aún más su programa. Ha eliminado Medicare for All y el Green New Deal de su retórica, enfocándose en cambio en demandas más limitadas: no renovar los recortes fiscales de Trump que expiran en 2025, aumentar salarios de maestros, reducir precios de algunos medicamentos, fortalecer algo los derechos sindicales. Este retroceso programático no es accidental sino que refleja la lógica del reformismo. Cuando el reformista enfrenta resistencia del sistema, en lugar de radicalizarse y concluir que el sistema debe ser derrocado, modera sus demandas para hacerlas más “realistas” dentro del sistema. El resultado es una espiral descendente de concesiones que terminan en la gestión del capitalismo neoliberal con rostro humano.

La estrategia actual de Sanders para 2025, tal como la ha articulado, consiste en dos elementos. Primero, trabajar en coalición con todos aquellos que entienden que derrotar a Trump es la prioridad absoluta, lo que significa respaldar a demócratas. Segundo, “educar y organizar agresivamente a nivel de base en torno a la agenda progresista”. Pero esta estrategia es contradictoria. Si Sanders está diciendo que todos deben votar por demócratas sin importar qué, ¿dónde está el apalancamiento para forzar a los demócratas a adoptar la agenda progresista? Los demócratas saben que la izquierda siempre capitulará cuando se invoque la amenaza de Trump, entonces no tienen incentivo para hacer concesiones.

Faiz Shakir, asesor principal de Sanders, atribuyó la popularidad de los mítines de Sanders a su enfoque en mirar cuestiones a través de la lente de clase, “arriba versus abajo” en lugar de “izquierda versus derecha”. Esto representa un avance respecto al lenguaje neoliberal, pero permanece insuficiente. La verdadera división no es simplemente “arriba versus abajo” en términos de ingreso o riqueza, sino entre la clase que posee los medios de producción y la clase que debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Es una división estructural basada en relaciones de producción, no meramente una división de ingreso. Y la solución no es redistribución dentro del capitalismo sino transformación de las relaciones de producción mismas.

¿Qué significa todo esto para la izquierda revolucionaria?

Las movilizaciones “No Kings”, el fenómeno Trump y el proyecto Sanders plantean preguntas urgentes para cualquier izquierda que aspire a ser verdaderamente transformadora. La cuestión fundamental no es si Trump es malo (lo es), ni si Sanders tiene mejores políticas que los demócratas convencionales (las tiene), sino si el reformismo electoral dentro del marco capitalista puede generar transformaciones fundamentales. La experiencia histórica y el análisis marxista sugieren que no puede.

La clase trabajadora estadounidense está buscando alternativas al orden neoliberal que ha destruido sus vidas. Esto es evidente tanto en el voto por Trump como en las protestas “No Kings”, aunque estas dos expresiones están políticamente polarizadas. Trump ha capturado una parte significativa de este descontento ofreciendo narrativas reaccionarias de chivo expiatorio y nacionalismo económico. Las movilizaciones “No Kings” expresan un rechazo al autoritarismo de Trump pero permanecen atrapadas en el marco liberal de “defensa de la democracia”. Sanders intenta ofrecer una tercera vía reformista, pero su subordinación al Partido Demócrata lo convierte en parte del problema en lugar de la solución.

Lo que falta es una alternativa revolucionaria creíble. Para que tal alternativa emerja, la izquierda debe aprender varias lecciones críticas de este período. Primero, debe adoptar una independencia política absoluta del Partido Demócrata. Ningún compromiso, ningún apoyo táctico, ninguna subordinación de objetivos revolucionarios a la derrota electoral de republicanos. Esta independencia debe expresarse en la construcción de organizaciones políticas autónomas de la clase trabajadora, ya sean partidos políticos independientes, sindicatos combativos, organizaciones comunitarias o soviet-type structures que puedan ejercer poder real fuera de los canales electorales burgueses.

Segundo, la izquierda debe articular un análisis de clase riguroso y consistente. Esto significa nombrar al capitalismo como el problema, identificar a la clase capitalista como el enemigo de clase, y proponer el socialismo como la solución. No “capitalismo regulado”, no “capitalismo con rostro humano”, no “capitalismo escandinavo”, sino abolición de las relaciones capitalistas de producción y construcción de relaciones socialistas basadas en propiedad social de los medios de producción y planificación democrática. Este análisis debe aplicarse consistentemente a todos los temas: la crisis económica resulta del capitalismo, no de malas políticas; la crisis climática resulta de la lógica de acumulación capitalista, no de falta de voluntad política; el racismo y la misoginia son funcionales al capitalismo porque dividen a la clase trabajadora.

Tercero, la izquierda debe desarrollar una estrategia de construcción de poder obrero que vaya más allá del electoralismo. Las elecciones pueden ser un terreno de lucha, pero no el principal. La verdadera fuerza de la clase trabajadora reside en su capacidad de paralizar la producción mediante huelgas, de organizar su vida social de forma autónoma mediante organizaciones de base, y de crear instituciones de doble poder que eventualmente puedan reemplazar al estado burgués. Esto requiere sindicalización masiva pero también ir más allá del sindicalismo tradicional hacia formas más radicales de organización obrera: comités de trabajadores en cada lugar de trabajo, asambleas populares en cada barrio, coordinaciones sectoriales, etc.

Cuarto, la izquierda debe conectar las luchas inmediatas con el horizonte revolucionario. Luchar por el aumento del salario mínimo, sí, pero explicando que bajo el capitalismo los salarios siempre tenderán a ser deprimidos y que solo bajo el socialismo los trabajadores recibirán el valor pleno de su trabajo. Luchar por derechos reproductivos, sí, pero explicando que la opresión de género está estructuralmente vinculada al capitalismo y que solo su abolición permitirá genuina liberación de las mujeres. Luchar contra el racismo, sí, pero explicando que el racismo es una herramienta de división de clase y que solo mediante la unidad multirracial de la clase trabajadora puede ser derrotado.

Quinto, la izquierda debe adoptar una posición antiimperialista consistente. Esto significa oponerse a todas las guerras imperialistas estadounidenses, rechazar la lógica de “intervencionismo humanitario”, apoyar movimientos de liberación nacional en el Sur Global, y entender que la clase trabajadora estadounidense tiene más en común con trabajadores en China, México o Palestina que con la burguesía estadounidense. Esta posición es especialmente importante en el contexto de la creciente confrontación entre Estados Unidos y China, donde la respuesta correcta no es apoyar “nuestro” imperialismo contra el “suyo” sino oponerse a ambos y apoyar la solidaridad internacional de los trabajadores.

Finalmente, la izquierda debe ser capaz de entender y conectar con los trabajadores que actualmente votan por Trump. Estos trabajadores no son el enemigo; son víctimas del capitalismo que han sido capturas por narrativas reaccionarias por falta de alternativas creíbles. La tarea no es sermonearlos sobre sus deficiencias morales sino ofrecerles un análisis más convincente de por qué sus vidas han empeorado y una estrategia más efectiva para cambiarlas. Esto requiere humildad, capacidad de escucha, y disposición a organizar en lugares hostiles en lugar de quedarse en zonas de confort progresistas en ciudades costeras.

Conclusión: Hacia una política verdaderamente revolucionaria

Vivimos un momento de crisis histórica del capitalismo y del imperialismo estadounidense. Las instituciones políticas están deslegitimadas, las desigualdades son obscenas, las guerras son interminables, el planeta se calienta descontroladamente. Millones de personas están buscando alternativas. Algunos se vuelcan hacia el nacionalismo reaccionario de Trump. Otros protestan en las calles bajo consignas liberales. Otros aún esperan que Sanders y los progresistas puedan reformar el sistema desde dentro.

Todas estas respuestas son inadecuadas porque no van a la raíz del problema. El problema es el capitalismo. La solución es el socialismo. El camino es la organización independiente de la clase trabajadora. No hay atajos, no hay reformas suficientes, no hay salvadores dentro del establishment.

Bernie Sanders representa el límite absoluto de lo que es posible dentro de la política electoral capitalista estadounidense. Y ese límite es insuficiente. Su programa, aunque superior al neoliberalismo desnudo, no cuestiona fundamentalmente el capitalismo. Su estrategia de subordinación al Partido Demócrata lo convierte en un gestor de contradicciones en lugar de un agente de cambio. Su rechazo a construir poder independiente significa que todos los logros pueden ser revertidos tan pronto como cambie la correlación de fuerzas electorales.

La clase trabajadora estadounidense necesita algo diferente: una organización política verdaderamente independiente que articule una visión socialista clara, que construya poder obrero real a través de sindicatos combativos y organizaciones de base, que conecte las luchas domésticas con el antiimperialismo internacional, y que tenga el coraje de nombrar al capitalismo como el enemigo y de llamar a su derrocamiento revolucionario.

Las movilizaciones “No Kings” demuestran que millones están dispuestos a salir a las calles. El voto por Trump demuestra que millones están desesperados por cambio, incluso si actualmente lo buscan en lugares equivocados. La energía de las campañas de Sanders demuestra que existe apetito masivo por políticas progresistas. Todos estos elementos contienen potencial revolucionario, pero solo si son articulados dentro de un proyecto político coherente que vaya más allá del liberalismo, más allá del reformismo, hacia el socialismo revolucionario.

La tarea que tenemos por delante es inmensa pero no imposible. Requiere que la izquierda abandone la comodidad del reformismo y asuma los riesgos de la política revolucionaria. Requiere honestidad sobre los límites del electoralismo y compromiso con la construcción de poder obrero real. Requiere análisis de clase riguroso y rechazo de la política identitaria liberal que fragmenta a la clase trabajadora. Requiere antiimperialismo consistente y solidaridad internacional. Y sobre todo, requiere fe en la capacidad de la clase trabajadora de emanciparse a sí misma cuando se le presenta una alternativa revolucionaria creíble.

El momento es ahora. La crisis del capitalismo estadounidense no se resolverá sola. Producirá más Trumps, más crisis, más guerras, más destrucción ecológica. La pregunta es si la izquierda revolucionaria será capaz de constituirse como alternativa viable o si el futuro pertenecerá a formas cada vez más bárbaras de gestión capitalista de la crisis. No podemos permitirnos el lujo del reformismo descafeinado. La historia nos juzgará por nuestra capacidad de responder a este momento con la radicalidad que exige.

Publicado el 2025-10-20.