La realidad no se encaja

Crítica de los documentos de perspectivas mundiales de la Internacional Comunista Revolucionaria y de Izquierda Revolucionaria Internacional

Comité para la Creación de una Internacional Marxista (CCIM)

Documento para la discusión del Plenario del Comité Central y del CEI

Junio de 2026 — Para su aprobación y publicación en septiembre de 2026

I. Por qué escribimos este documento

Este documento es una crítica. Lo decimos desde la primera línea para que nadie tenga que descubrirlo a mitad de lectura: vamos a examinar, con la mayor seriedad de la que seamos capaces, los documentos de perspectivas mundiales producidos en los últimos años por la Internacional Comunista Revolucionaria que dirige Alan Woods y por Izquierda Revolucionaria Internacional. Y vamos a sostener una tesis incómoda: que esos documentos, más allá de su extensión, de su aparato de congresos y de su retórica de urgencia histórica, no analizan la realidad, sino que la encajan. Que funcionan como máquinas de confirmación de un repertorio cerrado de ideas fijadas hace décadas, y que esa fosilización teórica no es un defecto menor de estilo sino un problema político de primer orden, porque una organización que no puede equivocarse tampoco puede aprender, y una organización que no puede aprender no puede dirigir nada.

Queremos dejar igualmente claro, desde el principio, en qué espíritu escribimos. No escribimos contra militantes. Las organizaciones que vamos a criticar agrupan a miles de trabajadores y jóvenes honestos, que han llegado al comunismo por las mismas razones que nosotros: porque el capitalismo es un sistema de explotación, de guerra y de destrucción, y porque la única salida racional es su derrocamiento por la clase trabajadora organizada. Esos militantes son nuestros compañeros, lo sepan ellos o no, lo aceptemos todos o no. Precisamente por eso la crítica es necesaria. La tradición de la que todos venimos no conoció jamás la cortesía diplomática entre revolucionarios como virtud: conoció la polémica franca, dura cuando hacía falta, como única forma de elevar el nivel del conjunto. Marx fue despiadado con Proudhon y con Lassalle no por vanidad, sino porque sabía que las ideas equivocadas, repetidas con suficiente autoridad, desarman a la clase. Lenin dedicó cientos de páginas a polemizar con corrientes que tenían diez veces más fuerza que la suya, y esa polémica resultó ser una de las inversiones más rentables de la historia del movimiento obrero. Nosotros no nos comparamos con ellos; nos limitamos a reivindicar el género.

Hay una segunda aclaración que nos importa todavía más. No escribimos este documento para demostrar que sabemos más que Alan Woods, que Juan Ignacio Ramos o que los comités de redacción de sus organizaciones. Escribimos, en buena medida, para demostrar lo contrario: que nadie sabe hoy todo lo que habría que saber, que el marxismo de nuestra época está lleno de preguntas abiertas, y que reconocerlo no es una debilidad sino la condición misma de cualquier avance. La diferencia entre una perspectiva marxista viva y una letanía no está en que la primera acierte siempre y la segunda no; está en que la primera sabe que puede equivocarse, dice dónde podría estar equivocándose, y vuelve sobre sus propios pronósticos para corregirlos a la luz de los hechos. La segunda, en cambio, ha resuelto el problema del error por el procedimiento más barato que existe: declarándose infalible por adelantado y reinterpretando cada acontecimiento, ocurra lo que ocurra, como una confirmación más. Lo que sigue es, en el fondo, un documento sobre esa diferencia.

Por último, una palabra sobre el momento. No es la hora de las palmadas en la espalda. La situación mundial es de una gravedad que ninguna de las dos organizaciones criticadas niega —al contrario, viven de proclamarla—, pero que ninguna de las dos confronta de verdad. Guerra imperialista abierta en Europa y Oriente Medio, intervención militar estadounidense en América Latina, rearme generalizado, una transformación tecnológica cuyo alcance nadie ha medido todavía, una crisis ecológica que avanza con calendario propio, una clase trabajadora mundial más numerosa que nunca y, a la vez, más difícil de reconocer con las categorías heredadas. Frente a ese cuadro, dedicar los congresos a contar afiliados y a celebrar que la historia, una vez más, nos ha dado la razón, no es optimismo revolucionario: es una forma de huida. Lo primero que hay que hacer para transformar la sociedad es el análisis real de la situación concreta, y no de la situación que nos gustaría que existiera. A eso, y solo a eso, aspira este texto: a mostrar la realidad de cara, también la nuestra.

II. Qué es una perspectiva marxista y qué ha dejado de serlo

Antes de entrar en los textos conviene fijar el criterio con el que vamos a juzgarlos, porque la crítica sin criterio explícito es puro gusto. ¿Qué es, en la tradición marxista, un documento de perspectivas? No es una profecía, ni un inventario de males del capitalismo, ni un ejercicio de moral revolucionaria. Es un pronóstico condicional: un intento de determinar, a partir del análisis de las tendencias económicas, sociales y políticas realmente operantes, los escenarios más probables del próximo periodo, las bifurcaciones que pueden presentarse y las tareas que de ello se derivan para los revolucionarios. Su valor no se mide por la contundencia de sus afirmaciones sino por su capacidad de orientar la acción, y esa capacidad depende de tres propiedades: que el pronóstico sea lo bastante concreto como para poder fallar; que distinga explícitamente lo que se sabe de lo que se conjetura; y que se someta, pasado el tiempo, a un balance honesto.

Quien fijó este criterio con más claridad fue precisamente el fundador de la tradición de la que ambas organizaciones se reclaman. En su informe sobre la crisis económica mundial ante el III Congreso de la Internacional Comunista, en junio de 1921, Trotsky hizo algo que hoy resultaría escandaloso en los congresos de la ICR o de IR: corrigió públicamente la perspectiva oficial. La Internacional había trabajado desde 1919 sobre la hipótesis de un derrumbe inminente y de una ofensiva revolucionaria continua; Trotsky demostró, con datos de producción, de precios y de comercio en la mano, que el capitalismo había logrado una estabilización relativa, que la primera oleada revolucionaria había refluido, y que mantener la consigna de la ofensiva en esas condiciones llevaría a las secciones al desastre. No era una cuestión académica: de ese análisis salió el giro hacia el frente único y la consigna de ir a las masas. La perspectiva se corrigió porque se confrontó con la realidad, y la corrección pública no debilitó a la Internacional, la salvó de la teoría del golpe permanente que ya había costado la catástrofe de la Acción de Marzo en Alemania1.

Dos años después, en su ensayo sobre la curva del desarrollo capitalista, Trotsky dio al mismo problema una formulación metodológica que merece releerse hoy palabra por palabra: el desarrollo capitalista no es una línea recta de declive ni una sucesión mecánica de crisis, sino una curva con segmentos de distinta pendiente, cuya inflexión depende de la interacción entre la dinámica económica de fondo y acontecimientos de orden superestructural —guerras, revoluciones, derrotas— que no pueden deducirse del movimiento económico, sino que deben establecerse mediante el estudio concreto de cada periodo. De ahí se sigue una consecuencia que las organizaciones que examinamos parecen haber olvidado: la periodización es la primera tarea del análisis, y la periodización exige criterios empíricos, fechas, magnitudes, no adjetivos. Decir que vivimos «la crisis orgánica del capitalismo» o «la época más turbulenta de la historia» no es periodizar; es entonar2.

A la luz de este criterio, el género «perspectivas mundiales» tal y como lo practican la ICR e IR ha sufrido una mutación que intentaremos documentar en detalle: ha pasado de ser un instrumento de orientación a ser un ritual de identidad. El documento de perspectivas ya no se escribe para averiguar qué va a pasar y qué hacer al respecto; se escribe para reafirmar que la organización tenía razón, que la tiene y que la tendrá, y para administrar a la militancia la dosis anual de urgencia histórica que mantiene en marcha la maquinaria de reclutamiento. Las propiedades del pronóstico condicional se invierten una por una. Donde debería haber afirmaciones concretas capaces de fallar, hay generalidades blindadas que ningún acontecimiento puede refutar: la crisis siempre se profundiza, la conciencia siempre madura subterráneamente, los acontecimientos siempre se aceleran. Donde debería distinguirse lo sabido de lo conjeturado, todo se afirma con la misma certeza tonal. Y donde debería haber balance de los pronósticos anteriores, hay una amnesia selectiva interrumpida únicamente por el recordatorio de los aciertos.

Hay que decir algo más, porque la honestidad que exigimos a otros nos obliga primero a nosotros: la tradición trotskista de la que el CCIM también procede no está limpia de este pecado, y su texto fundacional lo demuestra. El Programa de Transición de 1938 contiene, junto a su núcleo metodológico imperecedero —el sistema de reivindicaciones transitorias como puente entre la conciencia actual y el programa socialista—, un conjunto de pronósticos de época que la realidad desmintió: que las fuerzas productivas habían dejado definitivamente de crecer, que el capitalismo agonizaba sin posibilidad de nuevo equilibrio, que la guerra que se avecinaba desembocaría en la revolución y liquidaría tanto al estalinismo como a las viejas direcciones reformistas3. No ocurrió: el capitalismo conoció tras 1945 la expansión más formidable de su historia, el estalinismo salió de la guerra reforzado durante décadas, y la socialdemocracia administró el boom. Trotsky no pudo corregir su pronóstico porque lo asesinaron; el problema no es que errara, pues errar pertenece al oficio de pronosticar, sino lo que sus herederos hicieron con el error. Una parte del trotskismo de posguerra prefirió negar el boom antes que revisar el texto, decretando año tras año que la recuperación era ficticia y la crisis inminente, y esa negación costó una generación de cuadros. Conviene retener este episodio, porque vamos a reencontrarlo: el mecanismo que examinaremos en los documentos de la ICR y de IR no es una invención de Alan Woods ni de Juan Ignacio Ramos; es la enfermedad senil del trotskismo, contraída en los años cuarenta y nunca del todo curada, consistente en proteger la letra del pronóstico heredado al precio de perder su método.

Queremos ser precisos sobre el alcance de esta crítica, porque sería injusto —y además falso— presentar a estas organizaciones como incapaces de toda observación certera. En sus documentos hay análisis parciales correctos, a veces brillantes; hay información valiosa sobre países concretos aportada por sus secciones; hay, sobre todo en el caso de IR, un seguimiento detallado de la lucha de clases latinoamericana que pocas organizaciones europeas pueden igualar. El problema no es que todo lo que dicen sea falso. El problema es estructural: es el dispositivo en el que esas observaciones se insertan, un dispositivo que convierte cualquier material empírico, verdadero o falso, en combustible para las mismas conclusiones de siempre. Cuando el resultado del análisis es conocido antes de empezar, la calidad de los materiales es secundaria. La realidad entra en estos documentos como entran los hechos en un alegato: seleccionados, recortados y dispuestos para que el veredicto, redactado de antemano, parezca emanar de ellos. A ese procedimiento lo llamamos encajar la realidad, y de él toma título este documento.

III. El corpus examinado y una nota de honestidad

Toda crítica seria empieza por decir qué textos critica. Hemos trabajado sobre el material de perspectivas mundiales hecho público por ambas organizaciones en los últimos años, y citamos cada pieza con su fecha y su localización para que cualquier lector pueda verificar nuestras afirmaciones contra las fuentes. Del lado de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR, antes Corriente Marxista Internacional), el corpus principal lo forman el documento de perspectivas mundiales aprobado por su congreso mundial de 20234, la charla de Alan Woods sobre perspectivas mundiales ante la reunión de la dirección internacional de enero de 2024, publicada como transcripción íntegra5, el material del lanzamiento de la nueva Internacional en 20246, la charla de perspectivas de Jorge Martín, del Secretariado Internacional, ante la reunión de la dirección de febrero de 2026, también publicada como transcripción7, y el informe organizativo de esa misma reunión8. Como material complementario hemos utilizado los informes públicos de los congresos de sus secciones italiana, española y portuguesa de 2025 y 2026, que reproducen las introducciones de perspectivas mundiales de los dirigentes internacionales9.

Del lado de Izquierda Revolucionaria Internacional (IR), el corpus principal es el documento de perspectivas mundiales aprobado por su III Congreso internacional, publicado en tres partes en diciembre de 2023 en su web10, junto con el informe del congreso estatal de Izquierda Revolucionaria de diciembre de 2024, que resume la discusión de perspectivas internacionales aprobada entonces11. Donde citamos literalmente lo hacemos con la máxima parquedad y siempre con referencia; en todo lo demás, parafraseamos posiciones que cualquiera puede cotejar en los originales.

Y aquí la nota de honestidad, que en nuestra tradición de trabajo no es un adorno sino una regla: este documento critica lo publicado. No tenemos acceso a los borradores internos, a las enmiendas, a las actas de los debates de congreso de ninguna de las dos organizaciones, y no vamos a especular sobre lo que en ellos pueda decirse. Es perfectamente posible que en el interior de ambas existan voces críticas, matices, discusiones más ricas que las que su prensa refleja. Si es así, mejor: este texto quiere ser un aliado de esas voces. Pero juzgamos los textos que las propias organizaciones han decidido hacer públicos como expresión oficial de su análisis del mundo —algunos de ellos, hay que decirlo, publicados con una despreocupación por el propio ridículo predictivo que asombra—, porque eso es lo que ofrecen a la clase trabajadora como orientación, y es por tanto lo que la clase trabajadora, y nosotros como parte de ella, tenemos derecho a examinar.

IV. La máquina de la confirmación perpetua: los documentos de la ICR

Empecemos por la organización de Alan Woods, no porque sea peor que la otra, sino porque es la mayor y la que ha llevado el género a su forma más depurada. Quien lea en secuencia las perspectivas mundiales de la CMI/ICR de los últimos diez años —el ejercicio es tedioso pero instructivo, y lo recomendamos a cualquier militante de esa organización que conserve curiosidad— descubrirá un fenómeno notable: el documento es siempre el mismo. Cambian los nombres propios, cambian los países en el escaparate, cambia el acontecimiento que esta vez demuestra el punto; no cambia ni la arquitectura argumental, ni el repertorio de conceptos, ni —esto es lo decisivo— ninguna conclusión. El texto de 2016 ya explicaba que las contradicciones acumuladas durante años habían producido un salto cualitativo y una aceleración de los acontecimientos; el de 2023 explica que vivimos un periodo dramático y único de agonía del capitalismo; la introducción de Fred Weston al congreso italiano de 2025 vuelve a anunciar una aceleración súbita de los acontecimientos en la que la cantidad se ha convertido en calidad; la charla de Jorge Martín de febrero de 2026 vuelve a constatar que los procesos se intensifican y se aceleran en todos los planos. Llevamos, como mínimo, un cuarto de siglo de aceleración repentina. Una aceleración que dura veinticinco años no es una aceleración: es una velocidad de crucero, y describirla cada año como novedad dramática no es análisis, es liturgia.

El segundo rasgo estructural es el ritual de la autoconfirmación. Es difícil encontrar un documento de perspectivas de la ICR que no contenga, en algún lugar de sus primeras páginas, la constatación de que los acontecimientos del último año han verificado el análisis de la organización. La charla de Jorge Martín de 2026 lo formula dos veces casi con las mismas palabras a propósito del análisis sobre Trump: «se ha demostrado que nuestro análisis era acertado»12. No discutimos que algunas de sus previsiones se hayan cumplido; discutimos el procedimiento. Porque el lector no encontrará jamás el movimiento simétrico: el inventario de lo que la organización previó y no ocurrió. Y ese inventario existe, es abultado y es conocido por cualquiera que siga su prensa: la recesión mundial anunciada como inminente de manera prácticamente ininterrumpida desde 2009; las situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias decretadas en una lista de países que haría sonrojar a un astrólogo; el colapso del euro; el estallido de China; la radicalización masiva hacia el comunismo que justificó el giro de 2023-2024 y que debía traducirse en un crecimiento explosivo. Alan Woods reconoció en su charla de 2024, con una franqueza que le honra, que la organización se ha equivocado en perspectivas, y atribuyó el patrón de error a suponer que la burguesía actúa de forma lógica13. Pero obsérvese la operación: incluso el reconocimiento del error se convierte en confirmación, porque la causa del error resulta ser que el mundo es aún más irracional —y por tanto el marxismo aún más necesario— de lo que la organización pensaba. El error nunca obliga a revisar una sola categoría del esquema; a lo sumo, a esperar un poco más a que el esquema se cumpla.

El tercer rasgo es el uso del factor subjetivo como comodín explicativo universal, y es probablemente el más grave porque afecta al corazón de la teoría. El razonamiento, repetido de documento en documento, es este: las condiciones objetivas para la revolución no solo están maduras sino sobremaduras; las masas se mueven una y otra vez —2011, 2019, las revoluciones de la llamada Generación Z de 2025—; si la revolución no triunfa, y ni siquiera se acerca, es porque falta la dirección revolucionaria; por tanto, la tarea es construir la dirección, es decir, la propia organización. La charla de 2026 aplica el molde a la última oleada: la característica principal de todos esos movimientos es la falta de dirección revolucionaria, el vacío enorme en la izquierda14. Ahora bien: una explicación que sirve igual para Indonesia que para Nepal, para Chile que para Sri Lanka, para 2011 que para 2025, no explica ninguno de esos casos. Es una tautología organizativa: la revolución no triunfa porque no existe el partido revolucionario, y la prueba de que el partido es lo único que falta es que la revolución no triunfa. Lo que esa tautología impide preguntar es precisamente todo lo interesante: por qué oleada tras oleada de movilización masiva no genera, desde dentro, órganos estables de poder ni organizaciones revolucionarias de masas; qué ha cambiado en la composición de la clase, en sus formas de socialización, en su relación con la política organizada, para que el ciclo insurrección-reflujo se repita con esa regularidad desoladora; si la propia forma-partido heredada de 1917 conserva intactas sus condiciones de posibilidad. Son preguntas difíciles, abiertas, que el marxismo contemporáneo discute con seriedad fuera de estas organizaciones, como veremos. El comodín del factor subjetivo las vuelve innecesarias, y de paso convierte cada derrota de la clase en un argumento de reclutamiento.

El cuarto rasgo es la sustitución del análisis de la conciencia por su postulación. La fórmula célebre de Woods —«la conciencia puede cambiar en 24 horas»15— es, tomada como advertencia contra el impresionismo, una verdad elemental que ningún marxista discute: la conciencia da saltos, y quien extrapola linealmente el estado de ánimo de hoy se equivocará mañana. Pero en el uso real que el documento le da, la fórmula cumple otra función: es un cheque en blanco contra cualquier evidencia. Si las encuestas, las elecciones, la afiliación sindical, la experiencia cotidiana de los propios militantes indican que la conciencia socialista de masas no existe o retrocede, no importa: puede cambiar en veinticuatro horas. El pronóstico queda así blindado por construcción. Y nótese la asimetría: el salto súbito de conciencia se invoca siempre en una dirección. Que la conciencia pueda saltar también hacia la derecha —cosa que la década pasada ha demostrado con una contundencia brutal, de Estados Unidos a Argentina— aparece en estos textos como anomalía pasajera, espuma de la confusión, nunca como un proceso con la misma dignidad teórica que exige explicación propia.

El quinto rasgo es la deriva del balance político hacia la contabilidad organizativa. El informe de la reunión de la dirección de febrero de 2026 lleva en su propio título la consigna de alcanzar los diez mil comunistas organizados16, y los informes de congresos de sección que la web internacional difunde están escritos en el mismo registro: tantos miembros más que el año pasado, tanto dinero recaudado en literatura, tantas secciones nuevas, objetivos superados, crecimiento emocionante. El informe del congreso portugués de junio de 2026 celebra haber superado el objetivo de cincuenta miembros17; en febrero de 2024 el tono lo había marcado el propio Woods al proclamar ante el CEI: «¡Esto es un renacimiento, un renacimiento!»18. No despreciamos el crecimiento de una organización revolucionaria; sabemos lo que cuesta cada militante. Pero hay que decirlo con claridad: una internacional que se propone dirigir la revolución mundial y cuyo horizonte de éxito mensurable son diez mil afiliados en un planeta con tres mil quinientos millones de asalariados no puede permitirse confundir su métrica interna con el estado de la lucha de clases. Cuando el documento de perspectivas y el parte de reclutamiento se funden en un solo género —y en estos textos se han fundido—, la función del análisis ya no es orientar a la clase sino motivar a la militancia, y la verdad pasa a ser un insumo prescindible. La situación mundial no está para darnos palmadas en la espalda; está para mirar de frente una correlación de fuerzas adversa y preguntarse, sin anestesia, por qué lo es y cómo se transforma.

Queda el rasgo sexto, el más difícil de demostrar con una cita porque es una ausencia: en todo este corpus no hemos encontrado una sola idea teórica nueva. Ni un concepto acuñado para nombrar un fenómeno inédito, ni una revisión argumentada de una posición anterior, ni un diálogo —aunque fuera polémico— con la abundante producción teórica marxista de las últimas tres décadas. La financiarización se despacha con la anécdota del limpiabotas de Kennedy tomada de Galbraith; la inteligencia artificial, en la charla de 2026, con el dictamen de que es exageración y burbuja comparable a las puntocom19; el ascenso de China, con la etiqueta de potencia imperialista dinámica, enunciada al paso y sin un solo argumento de teoría del valor que la sostenga. Los clásicos se citan como autoridad, nunca como problema. El resultado es un marxismo congelado en el estado en que Ted Grant lo dejó: un sistema cerrado de respuestas a las preguntas de mediados del siglo XX, administrado a una militancia a la que se le enseña que dudar del sistema es dudar del marxismo. Contra esa identificación va dirigido todo este documento: el marxismo no es ese tarro de esencias; es, cuando vive, exactamente lo contrario.

El origen traicionado

Y aquí la ironía mayor de todo este asunto, que ningún militante de estas organizaciones debería ignorar y que sus escuelas de formación, significativamente, no enseñan. El prestigio teórico de Ted Grant —el maestro común de Woods y de Ramos, la autoridad que ambas organizaciones invocan— no descansa sobre una ortodoxia, sino sobre una herejía: descansa sobre el hecho de que, en 1945 y 1946, Grant fue de los pocos dirigentes trotskistas que aceptó mirar los datos y reconocer que la perspectiva oficial de la Cuarta Internacional estaba equivocada, que no venía ni el colapso económico ni la oleada revolucionaria inmediata, que el capitalismo entraba en una fase de expansión y el estalinismo en una fase de consolidación, y que había que reorientar todo el trabajo sobre esa base impopular20. Aquella corrección de perspectivas, hecha contra la corriente y contra las direcciones internacionales de entonces, es el único título de gloria analítica que la tradición grantista posee, y es un título legítimo. Pues bien: las organizaciones herederas han convertido al hereje en icono y han proscrito la herejía. Veneran a Grant precisamente por lo que prohíben hacer a sus propios cuadros: confrontar la perspectiva heredada con la realidad y corregirla en público aunque duela. Si un militante de la ICR hiciera hoy con los documentos de su organización lo que Grant hizo en 1946 con los de la suya, no presidiría la siguiente escuela de verano: sería acusado de escepticismo pequeñoburgués. Esa inversión —el método del fundador convertido en su contrario por el culto al fundador— es la definición exacta de lo que venimos llamando fosilización, y es también, nos parece, la medida de lo que estas organizaciones podrían volver a ser si se atrevieran a recordar de dónde vienen.

V. Las mismas esencias con otro reparto: los documentos de Izquierda Revolucionaria

Izquierda Revolucionaria comparte con la ICR el árbol genealógico —el grantismo del Militant, del que se separó organizativamente en 2010 sin separarse nunca teóricamente— y comparte, como vamos a ver, el método. Su documento de perspectivas mundiales del III Congreso internacional, publicado en tres partes en diciembre de 2023, es en muchos aspectos un texto más trabajado que los de su organización hermana y rival: más denso en información, más atento a América Latina, con notas al pie y referencias a trabajos propios. Precisamente por eso resulta más ilustrativo del problema, porque demuestra que la fosilización no es pereza: se puede trabajar mucho, acumular muchos datos correctos, y sin embargo no analizar nada, si todo el material se vierte en moldes fundidos hace noventa años.

El molde maestro del documento de IR es la teoría de la traición permanente. Su estructura profunda es la de una letanía: en cada país examinado, las masas se lanzan a la lucha con un instinto certero —las insurrecciones de Chile y Colombia, el levantamiento peruano, las huelgas francesas— y en cada país la dirección las frena, las desvía o las vende. Boric aplica una estrategia para el desastre; los dirigentes del Partido Comunista chileno dan alas a la reacción; Petro se disuelve en la colaboración de clases; el peronismo asfalta el camino de Milei; la burocracia de la CGTP peruana, los dos partidos comunistas y hasta los grupúsculos trotskistas capitulan ante el etapismo; el FIT-U argentino malogra una oportunidad de oro por sectario. La fórmula que cierra el círculo aparece textualmente a propósito de Perú: únicamente «la ausencia del factor subjetivo» explica el desenlace21. Reconocemos sin dificultad que muchas de esas críticas particulares son certeras: nosotros también pensamos que la Constituyente chilena canalizó y enterró la insurrección de 2019, y que la política del peronismo preparó a Milei. El problema no es ninguna pieza; es que el conjunto resulta indistinguible de sí mismo en cualquier año, porque en este esquema las masas nunca se equivocan, la dirección siempre traiciona, y la organización que escribe es la única depositaria del programa correcto. Un análisis cuyo resultado es invariante respecto de los hechos no contiene información sobre los hechos. Contiene información, únicamente, sobre quien lo escribe.

Obsérvese, además, lo que la teoría de la traición permanente le hace al propio concepto de clase. Si toda derrota se explica por la dirección, la clase queda relevada de toda interioridad: no tiene composición, ni heterogeneidad, ni derechización posible, ni cansancio, ni memoria de derrotas anteriores que pese sobre sus decisiones; es una sustancia revolucionaria constante a la que solo el aparato traidor separa del poder. Eso no es materialismo: es metafísica con vocabulario obrero. El propio documento de IR roza en algún momento la pregunta verdadera —cómo es posible que el apoyo electoral de la izquierda radical argentina se desplomara mientras la crisis se agravaba— y la respuesta que ofrece es desarmante: la explicación no está en las masas. Pero un marxismo para el que la explicación no puede estar nunca en las masas, en su experiencia, en sus divisiones internas, en la transformación de sus condiciones materiales de vida y de trabajo, ha renunciado de antemano a comprender lo único que decía querer comprender.

El segundo molde es el uso taxonómico de las categorías de los años treinta, y aquí IR llega más lejos que la ICR, hasta el punto de contradecirla frontalmente sin discutir nunca con ella. Para el documento del III Congreso, Milei no es un fenómeno a analizar sino una etiqueta a aplicar: es un fascista identificado con Vox, Trump y Bolsonaro, y quien matice la caracterización está echando tierra a los ojos de los activistas22. Alan Woods sostiene exactamente lo contrario respecto de Trump: que su llegada al poder no constituye un gobierno fascista ni siquiera bonapartista23. Dos organizaciones del mismo tronco, mirando los mismos fenómenos con el mismo manual, llegan a caracterizaciones opuestas; y lo notable es que ninguna de las dos parece considerar que ese desacuerdo merezca un análisis, porque para ambas la palabra —fascismo sí, fascismo no— funciona como conclusión y no como comienzo. La teoría clásica del fascismo, la de Trotsky en sus escritos sobre Alemania, era otra cosa: era un análisis de clase de un movimiento de masas específico, de su base social pequeñoburguesa y desesperada, de su función de aniquilación de las organizaciones obreras, de su dinámica de choque con el bonapartismo tradicional24. Aplicada con ese rigor, la categoría ilumina; usada como insulto político o como sinónimo de «derecha muy mala», oscurece. Las nuevas derechas del siglo XXI —electorales, digitales, sin milicias de masas, capaces de ganar voto obrero e incluso joven, articuladas internacionalmente de un modo inédito— constituyen uno de los fenómenos políticos más importantes y peor comprendidos de nuestra época. Merecen del marxismo algo más que un reparto de etiquetas de hace noventa años; merecen, por decirlo con Marx, el tipo de trabajo que él dedicó a Luis Bonaparte cuando el bonapartismo era nuevo y no existía manual donde buscarlo25.

El tercer molde es la geopolítica de bloques aplicada con brocha gorda. El informe del congreso estatal de 2024 resume la posición: la situación mundial está marcada por la pugna entre los bloques imperialistas encabezados por Estados Unidos y China, el balance de Ucrania es la derrota de la OTAN y de «su títere Zelenski», y el conjunto se enmarca en la decadencia estadounidense y el ascenso chino26. De nuevo: que el declive relativo de Estados Unidos y la rivalidad con China estructuran el periodo es algo que nosotros también sostenemos. Pero entre sostener eso y reducir cada proceso nacional a casilla de un tablero bipolar media la diferencia entre el análisis y el esquema. En el documento de IR, Ucrania carece de sociedad, de clases y de historia propia: es un títere, y la palabra hace todo el trabajo. El pueblo ucranio, que ha puesto cientos de miles de muertos, desaparece como sujeto; el carácter de la guerra se resuelve por la identidad de los padrinos. Lo mismo ocurre con la caracterización de China como potencia imperialista, que IR apoya en trabajos propios sobre el «bonapartismo» chino y la ICR enuncia sin apoyarla en nada: en ninguno de los dos casos se discute el problema real, que la teoría del imperialismo de Lenin describía una configuración histórica precisa —capital financiero, exportación de capitales, reparto territorial del mundo— cuya aplicación a la China actual exige, como mínimo, un análisis de su inserción en las cadenas globales de valor, de la dirección y naturaleza de sus flujos de capital y de su relación con la renta tecnológica mundial27. Ese análisis existe en la literatura marxista contemporánea, con conclusiones encontradas y debate abierto; en estos documentos no hay rastro ni del análisis ni del debate. Hay un veredicto.

El cuarto molde es la consigna fetiche invertida. IR ha hecho de la crítica de la Asamblea Constituyente —el etapismo, la trampa que desvió Chile y Perú— una de sus señas de identidad, y la crítica tiene fundamento. Pero el documento revela, sin advertirlo, que su propia alternativa funciona exactamente igual: en cada situación, sea cual sea, la respuesta es la expropiación de la banca, la tierra y los monopolios y la unificación de los embriones de poder obrero. Como programa máximo, es el nuestro también. Como análisis de coyuntura, es la nada: una consigna que se recomienda idéntica para Chile en insurrección, para Perú en crisis constitucional, para Argentina en vísperas electorales y para cualquier país que el documento visite, no es una táctica derivada del análisis concreto, es la demostración de que el análisis concreto no ha tenido lugar. El reproche que Trotsky hacía a los ultraizquierdistas de su tiempo —confundir el programa con la situación— se aplica aquí línea por línea, y resulta amargo verlo en una organización que cita a Trotsky en cada página.

Y está, finalmente, el molde del catastrofismo confirmatorio, compartido con la ICR pero con acento propio. En el universo de estos documentos, la economía mundial está siempre al borde; el capitalismo verde es un timo y la hecatombe climática avanza —ambas cosas son ciertas— pero de ellas no se deriva programa alguno, solo atmósfera; cada elección, cada huelga, cada golpe y cada contragolpe confirma la descomposición. La función del catástrofe-tono es idéntica a la de la aceleración perpetua en la ICR: mantener a la militancia en estado de vigilia escatológica, en la antesala permanente de un desenlace que nunca llega y cuya no llegada jamás se discute. Mientras tanto, las preguntas que la realidad efectivamente plantea —por qué el capitalismo ha mostrado esta capacidad de gestión de sus crisis, qué la sostiene, dónde están sus límites efectivos y no los decretados— quedan sin formular. A esas preguntas dedicamos la siguiente sección.

VI. Donde la realidad se resiste: ocho anomalías

Llamamos anomalías, tomando prestada la palabra de la epistemología, a aquellos hechos persistentes que un marco teórico no consigue asimilar y que, en lugar de forzar su revisión, son sistemáticamente minimizados, reinterpretados o ignorados. Todo marco las tiene; lo que distingue a una teoría viva de una fosilizada es lo que hace con ellas. Recorremos a continuación ocho anomalías centrales de los documentos examinados. En cada caso intentamos hacer dos cosas: mostrar cómo el documento la esquiva, y esbozar —solo esbozar, porque no pretendemos tener las respuestas— las preguntas que un análisis marxista serio debería estar haciéndose. Este es el corazón del documento y el sentido de su título.

1. La economía que no quiso hundirse

La anomalía más antigua y flagrante. Desde 2009, la perspectiva económica de ambas organizaciones ha sido sustancialmente la misma: la recuperación es ficticia, la recaída es inminente, la próxima recesión será peor que la anterior y no habrá instrumentos para combatirla. Año tras año, la economía mundial ha hecho otra cosa: crecimiento débil pero crecimiento, gestión monetaria de cada sobresalto, absorción de una pandemia que detuvo el planeta, absorción de una guerra europea y de un shock energético, absorción —hasta hoy— de una guerra comercial declarada. La charla de la ICR de febrero de 2026 es un documento ejemplar de cómo no procesar esta anomalía: constata que la economía estadounidense crece, declara que el carácter de ese crecimiento es especulativo, relata la subida y caída del oro, recuerda la anécdota del limpiabotas de 1929 y concluye que cuando todo el edificio se derrumbe las consecuencias serán enormes28. Todo verdadero, todo irrelevante como pronóstico: el derrumbe sin fecha, sin mecanismo y sin condiciones es compatible con cualquier futuro. Lo que falta es precisamente la teoría: por qué el capitalismo de las últimas décadas combina estancamiento relativo de la productividad y de la inversión productiva con expansión financiera crónica y con una capacidad estatal de gestión de crisis que el marxismo de 1938 no podía prever. Sobre esto existe una discusión marxista rica y de décadas —el debate sobre el largo declive y la sobrecapacidad industrial, el análisis de la financiarización como compra de tiempo, la controversia sobre la trayectoria de la tasa de ganancia—29 que estos documentos ignoran en bloque, no porque la hayan refutado, sino porque admitir el problema obligaría a abandonar la inminencia, y la inminencia es el combustible del aparato.

2. China: la palabra «imperialista» no es un análisis

Las dos organizaciones han resuelto la cuestión teórica más importante de la economía política contemporánea por el procedimiento de adjetivarla. China es imperialista: dictamen emitido, problema cerrado. Pero la cuestión real es endiabladamente compleja, y quien la estudia de cerca lo sabe. China es a la vez el mayor exportador industrial del planeta y un país cuya inserción en las cadenas globales de valor siguió siendo durante décadas predominantemente subordinada, capturando una fracción menor del valor de lo que ensambla; es exportadora masiva de capital y a la vez objeto de una transferencia de plusvalía hacia los centros tradicionales vía renta tecnológica y financiera; su Estado mantiene sobre el capital un grado de control que no encaja sin violencia ni en la categoría de imperialismo clásico ni en la de capitalismo de Estado periférico. La bibliografía marxista y heterodoxa sobre el problema es abundante y está en conflicto consigo misma: desde los análisis del imperialismo de las cadenas de valor y el arbitraje global del trabajo30 hasta los estudios sobre la singularidad histórica del desarrollo chino y los límites de su ascenso31, pasando por la pregunta de Arrighi sobre si el ascenso chino constituía siquiera un desarrollo capitalista clásico32. No pedimos a la ICR ni a IR que adopten ninguna de esas posiciones; pedimos algo previo: que se enteren de que el debate existe, que sus militantes sepan que existe, y que la posición propia se argumente contra las alternativas reales en lugar de proclamarse. Una organización que zanja en una frase lo que la investigación seria discute en miles de páginas no demuestra firmeza teórica; demuestra que ha dejado de leer.

3. La clase que no se deja ver

En estos documentos, la clase obrera es una invocación, no un objeto de estudio. Se la llama a escena —la clase se moverá, la clase no ha sido derrotada, la clase volverá a demostrar sus tradiciones— pero jamás se la describe. ¿Cuál es hoy la composición efectiva de la clase trabajadora mundial y de cada país relevante? ¿Qué peso tienen la logística, los servicios, el trabajo de plataforma, el empleo público, la subcontratación en cascada; qué consecuencias organizativas y de conciencia tiene esa estructura; dónde están los puntos de estrangulamiento del capital contemporáneo, los lugares donde una huelga duele; qué relación hay entre la fragmentación contractual y la desafección política; cómo se socializan los jóvenes trabajadores y por qué los canales clásicos —sindicato, partido, casa del pueblo— han dejado de ser su escuela? De nada de esto hay análisis en los documentos examinados: la sociología de la clase ha sido reemplazada por su ontología. La paradoja es que la tradición marxista dispone de un instrumento venerable para esto, la encuesta obrera, y de una tradición moderna que la renovó —el operaísmo italiano y los estudios de composición de clase, continuados hoy por colectivos de investigación militante en varios países—, además de trabajos imprescindibles sobre la transformación del proletariado mundial y la urbanización de la miseria33. Un movimiento que dice basarse en la clase y no dedica una página de sus perspectivas a investigar cómo es esa clase realmente, está hablando de un personaje, no de una fuerza social.

4. La tecnología despachada en un párrafo

La transformación tecnológica en curso —inteligencia artificial, automatización de tareas cognitivas, plataformización, guerra de los semiconductores— es quizá el proceso con mayor potencial de reconfiguración de la relación capital-trabajo desde la introducción de la cadena de montaje. Puede que su impacto esté sobrevalorado por el bombo financiero; puede que esté infravalorado; lo indecente, para una organización que se pretende vanguardia teórica, es no estudiarlo. La charla de la ICR de 2026 dedica al asunto un párrafo cuyo contenido analítico íntegro es que hay mucho revuelo, que es como la burbuja puntocom y que nadie sabe hacia dónde va34. Eso no es una posición marxista; es la opinión de barra de bar de alguien inteligente. Las preguntas marxistas están a la vista: qué hace la automatización contemporánea con la demanda global de trabajo y con el ejército industrial de reserva —cuestión sobre la que hay un debate marxista reciente y de calidad, que vincula el estancamiento de la demanda de trabajo industrial con la sobrecapacidad mundial más que con la tecnología en sí—35; qué significa para la teoría del valor la producción de servicios cognitivos en masa; qué recomposición de clase produce la plataforma; qué ventana de oportunidad organizativa abre la dependencia del capital respecto de infraestructuras digitales concentradas y huelgables. Quien no se haga estas preguntas hoy las responderá mañana de prestado, y probablemente mal.

5. Las nuevas derechas: ni insulto ni manual

Ya señalamos la contradicción flagrante: para IR, Milei y Trump son fascistas y minimizarlo es desarmar a la clase; para Woods, Trump no es ni fascista ni bonapartista. La anomalía de fondo es común: las nuevas derechas no se dejan clasificar con el manual de los años treinta, y ambas organizaciones responden al desajuste aferrándose al manual —una aplicando la etiqueta, la otra negándola— en lugar de hacer teoría nueva. Porque el fenómeno es genuinamente nuevo en aspectos decisivos: derechas radicales que crecen por vía electoral y digital sin milicias de masas ni proyecto corporativo clásico; que capturan voto obrero y juvenil masculino en sociedades desindustrializadas; que combinan ultraliberalismo económico con guerra cultural; que se internacionalizan con una fluidez que la izquierda ha perdido; que expresan, a su modo invertido, el mismo derrumbe de legitimidad del centro que las revueltas de 2011 y 2019 expresaron por la izquierda. Comprender por qué el malestar de clase se canaliza hoy con tanta frecuencia hacia la derecha —comprenderlo materialmente: estructura ocupacional, geografía del declive, mediación digital, crisis de la masculinidad obrera, memoria de las traiciones de la izquierda, todo a la vez y en proporciones a determinar— es seguramente la tarea política más urgente del marxismo de esta década. Decir «fascismo» no es hacer esa tarea, y decir «no es fascismo» tampoco. Marx, ante un fenómeno político inédito, escribió El dieciocho brumario; la altura de esa vara es la medida de lo que estos documentos no intentan36.

6. La ecología como decorado

El documento de IR menciona la hecatombe climática y denuncia el timo del capitalismo verde; los documentos de la ICR incluyen regularmente su párrafo sobre la catástrofe ecológica. En ambos casos la función del tema es atmosférica: un cargo más en el sumario contra el capitalismo, sin consecuencias para el análisis ni para el programa. Pero la crisis ecológica no es un agravante retórico; es una determinación material de primer orden del periodo, que reconfigura la acumulación (renta de transición, extractivismo de minerales críticos, nueva geografía energética que el propio documento de la ICR roza al hablar del gas y de Groenlandia sin extraer la consecuencia), reconfigura el Estado (gestión del desastre como función permanente, como la DANA valenciana demostró en el propio terreno de IR) y plantea al programa de transición problemas que el marxismo clásico no abordó: qué planificación, con qué horizonte temporal, con qué metabolismo energético, con qué relación campo-ciudad. La producción marxista contemporánea sobre esto es de las más vivas que existen, del análisis histórico del capital fósil37 a la recuperación del Marx ecológico y la discusión sobre decrecimiento y planificación38. Se puede y se debe discutir críticamente con ella —nosotros tenemos serias objeciones a varias de sus conclusiones—, pero ignorarla mientras se repite la palabra «hecatombe» es exactamente la operación que este documento denuncia: el tema entra en el tarro, la teoría se queda fuera.

7. Las revoluciones sin desenlace y la pregunta prohibida

Tres oleadas en quince años: 2011, 2019-2020, 2024-2025. Decenas de países, millones de personas, gobiernos caídos, y un patrón de reflujo casi idéntico que la propia charla de la ICR de 2026 describe con honestidad involuntaria al constatar que del movimiento italiano de octubre, meses después, parecería que nunca sucedió39. La explicación canónica —faltó la dirección— ya hemos dicho por qué no explica nada. La pregunta prohibida es la siguiente: ¿y si la ausencia crónica de dirección no fuera la causa del patrón sino parte del fenómeno a explicar? Es decir: ¿qué hay en la forma actual de la movilización —su velocidad digital, su horizontalidad defensiva, su desconfianza aprendida hacia toda representación, su base social interclasista y juvenil, su carácter urbano y su distancia respecto de los lugares de trabajo— que produce a la vez su potencia insurreccional y su incapacidad de cristalizar en poder y en organización? ¿Y qué tendría que ser una organización revolucionaria para ser adoptable por esos movimientos en lugar de predicarles desde fuera? Estas preguntas se discuten hoy seriamente en el marxismo internacional, desde los análisis de las revueltas sin revolución hasta la crítica y defensa de la forma-partido; son preguntas que nos incluyen, porque el CCIM tampoco tiene la respuesta. La diferencia que reivindicamos es elemental: nosotros queremos hacerlas. En los documentos examinados no pueden ni formularse, porque su sola formulación pondría en cuestión la tautología fundacional —solo falta el partido, y el partido somos nosotros— de la que ambas organizaciones viven.

8. La economía de guerra que ya está aquí

La última anomalía es la más reciente y quizá la más reveladora, porque los documentos la mencionan constantemente sin analizarla nunca. La charla de la ICR de 2026 abre, literalmente, con los tambores de guerra: Venezuela, Groenlandia, la nueva doctrina de seguridad estadounidense, el rearme europeo40. El documento de IR habla de pugna interimperialista por la hegemonía y de militarización creciente41. Y sin embargo, en ninguno de los dos corpus hay un análisis económico del rearme, que es donde la cuestión se vuelve teóricamente seria. Porque lo que está en marcha en Europa no es solo una política exterior: es una reestructuración de la acumulación. Cientos de miles de millones comprometidos en gasto militar plurianual; relajación expresa de las reglas fiscales para el armamento mientras se mantienen para el gasto social; reconversión de capacidad industrial civil ociosa —significativamente, la del automóvil alemán— hacia la producción de defensa; un keynesianismo militar explícito que se presenta como política de empleo y de reindustrialización, y que disputa a la izquierda su propia bandera. Para la teoría marxista esto plantea preguntas clásicas y renovadas a la vez: qué función cumple el gasto armamentístico en la gestión de la sobrecapacidad y de la demanda —la vieja discusión sobre la economía permanente de armamentos, que la propia tradición de la que estas organizaciones proceden conoció de cerca y nunca saldó—, si el rearme puede sostener un ciclo de acumulación o solo aplazar su crisis trasladándola al salario diferido y al gasto social futuro, qué recomposición de clase produce una industria de guerra en expansión, y qué significa para el programa que la única política industrial realmente existente en Europa sea la militar. Sobre todo, plantea una pregunta política que ninguno de los documentos quiere mirar de frente: el rearme está siendo aprobado, en lo esencial, sin resistencia social significativa, con los sindicatos mayoritarios negociando su parte del empleo y con fracciones enteras de la opinión progresista convertidas al atlantismo. Explicar ese consentimiento —no denunciarlo: explicarlo— exigiría la teoría del Estado, de la ideología y de la conciencia que estos documentos no tienen. La guerra aparece en ellos como atrezo del catastrofismo; nunca como lo que es: un proceso económico y político concreto que está reorganizando, ahora mismo y delante de nosotros, el terreno sobre el que decimos luchar.

VII. Anatomía de tres pasajes

Hasta aquí hemos argumentado sobre rasgos generales y anomalías de conjunto. Pero el método se revela mejor en lo pequeño que en lo grande, y por eso queremos detenernos en tres pasajes concretos —dos de la ICR, uno de IR— leídos de cerca. No los elegimos por ser los peores; los elegimos por ser representativos, porque en cada uno de ellos puede verse funcionar, a cámara lenta, el mecanismo que este documento describe: la realidad entra, el esquema la procesa, y lo que sale ya no es análisis sino confirmación.

El primer pasaje pertenece a la charla de Jorge Martín de febrero de 2026, en el tramo dedicado a la economía mundial. El orador describe la trayectoria reciente del precio del oro y de la plata, la interpreta correctamente como síntoma de desconfianza hacia el dólar y hacia la deuda soberana estadounidense, y a continuación —ante la dirección internacional de una organización revolucionaria, en una charla de perspectivas mundiales— desliza la recomendación, a medio camino entre la broma y la tesis, de que quien tenga ahorros haría bien en ponerlos en oro42. El pasaje merece un momento de atención, no por escándalo moralista —el chiste es legítimo y la observación sobre el oro es defendible—, sino por lo que revela de la relación del documento con su propio contenido. Una perspectiva económica seria que constata la huida hacia el oro tendría que preguntarse inmediatamente: ¿huida de quién, de qué fracciones del capital, con qué horizonte temporal, reversible bajo qué condiciones? ¿Qué nos dice ese movimiento sobre la arquitectura monetaria internacional, sobre los límites reales del privilegio del dólar, sobre el papel de los bancos centrales que acumulan reservas metálicas? Nada de eso se pregunta. El dato se usa como se usa todo en estos textos: como ornamento del derrumbe que viene. Y el consejo financiero, dicho medio en broma, delata la posición real del enunciador: la de un espectador del colapso, que observa la caída desde fuera y se prepara individualmente para ella, no la de un analista que necesita entender el proceso porque su organización pretende intervenir en él. Es un detalle minúsculo; el método está entero dentro.

El segundo pasaje es el tratamiento de Venezuela en esa misma charla. Recordemos la secuencia de los hechos tal como el propio texto la relata: Estados Unidos despliega una presión militar y diplomática masiva, y el desenlace no es ni la invasión ni la caída del gobierno, sino un acuerdo —negociado con la vicepresidenta Delcy Rodríguez— que abre el petróleo y los recursos del país al capital estadounidense en condiciones que el orador describe, con razón, como de semicolonia43. Hasta aquí, información valiosa y un juicio que compartimos en lo esencial. Lo notable viene después: el orador declara que este desenlace demuestra que el análisis de la organización era acertado. Detengámonos en la lógica. Si Estados Unidos hubiera invadido, el análisis habría quedado demostrado (el imperialismo recurre a la guerra). Si el gobierno hubiera caído, el análisis habría quedado demostrado (los regímenes bonapartistas son inestables). Habiendo ocurrido lo tercero —capitulación negociada—, el análisis queda igualmente demostrado. Un pronóstico compatible con los tres desenlaces posibles no es un pronóstico: es una póliza de seguros retórica. Y nótese lo que la operación de autoconfirmación impide hacer: analizar lo que de verdad ocurrió, que es teóricamente interesantísimo —cómo un proceso que se reclamó del socialismo termina entregando la renta nacional al imperialismo que decía combatir, qué papel jugaron en ello la forma bonapartista del régimen, la descomposición de la base social chavista, el agotamiento del modelo rentista—, porque todo eso exigiría categorías y balance, y el «ya lo habíamos dicho» los vuelve superfluos. El retroajuste del pronóstico al resultado es la negación exacta del método que Trotsky practicaba: el pronóstico condicional se verifica o se falsea; el pronóstico-póliza solo se cobra.

El tercer pasaje pertenece al documento de perspectivas del III Congreso de IR, en su tratamiento de la Argentina de Milei. El texto establece el carácter fascista del personaje y de su proyecto, denuncia el papel desarmador de quienes lo relativizan, repasa las traiciones del peronismo y el sectarismo del trotskismo local, y desemboca en la propuesta programática: la lista de reivindicaciones —no pagar la deuda, nacionalizar la banca y los resortes de la economía, plan de obras públicas, salario y pensiones indexados— que constituiría la salida revolucionaria a la crisis44. Tomemos en serio el pasaje y hagámosle las preguntas que cualquier militante argentino tendría derecho a hacer. Si el diagnóstico es fascismo, ¿por qué el programa es idéntico al que el documento propondría —y de hecho propone— para situaciones definidas como completamente distintas? ¿No exigiría un diagnóstico tan grave una política específica de frente único defensivo, una orientación concreta hacia las organizaciones de masas amenazadas, un análisis de los apoyos de clase reales del gobierno y de sus fracturas? Y a la inversa: si el programa correcto es en todo caso el mismo, ¿para qué sirve el diagnóstico? La respuesta está en la propia estructura del texto: el diagnóstico no orienta la política, la dramatiza. «Fascismo» no funciona como concepto —no se deriva de él ninguna táctica que no estuviera ya decidida— sino como intensificador, y el programa no funciona como puente entre la conciencia actual y la toma del poder —que es lo que el método transitorio exige—, sino como enumeración ritual de medidas correctas dirigida a nadie en particular. Programa por enumeración y diagnóstico por intensificación: dos piezas que giran sin engranar, porque el engranaje —el análisis concreto de la situación concreta, de la conciencia realmente existente, de las organizaciones realmente existentes— es justamente lo que falta.

Tres pasajes, tres escalas —una anécdota, un país, un programa— y un solo mecanismo. No hemos necesitado caricaturizar: hemos citado, parafraseado con fidelidad y preguntado. Esa es toda nuestra técnica, y está al alcance de cualquier militante que decida aplicarla a los documentos de su propia organización. Lo que sigue es la otra cara: mostrar que las preguntas que estos textos no se hacen están siendo trabajadas, con seriedad desigual pero con vida real, en el marxismo contemporáneo.

VIII. Hay más vida: lo que el marxismo discute hoy y estos documentos ignoran

Hasta aquí la parte negativa. Pero el propósito de este documento no es demostrar que dos organizaciones se han quedado quietas, sino demostrar que el marxismo no. Porque la impresión que un militante de la ICR o de IR puede extraer de la prensa de su organización —que fuera de ella solo hay reformismo, academicismo estéril y sectas rivales, y que el corpus teórico relevante quedó completado en algún momento entre 1940 y la obra de los propios fundadores— es sencillamente falsa, y es la falsedad que más caro les cuesta. Las últimas tres décadas han sido, contra todo pronóstico sociológico, de las más fértiles de la historia de la teoría marxista. Esbozamos ese paisaje no como catálogo erudito sino como prueba de cargo: cada uno de estos frentes de discusión existe, está publicado, buena parte en castellano, y no ha dejado en los documentos examinados ni una huella.

En economía política, el debate sobre la naturaleza del largo periodo abierto en los años setenta ha producido un cuerpo de trabajo formidable: el análisis de Brenner sobre la sobrecapacidad industrial y el largo declive45, la controversia internacional sobre la tasa de ganancia y la naturaleza de la depresión larga que ha animado autores como Michael Roberts46, la teoría de la financiarización como compra de tiempo del capitalismo democrático en Streeck47 y como régimen de capital ficticio en Durand48. Quien haya seguido este debate dispone de hipótesis articuladas sobre la anomalía número uno de la sección anterior —por qué ni colapso ni dinamismo, sino gestión crónica del estancamiento— y sabe que la respuesta condiciona toda la estrategia: no es lo mismo prepararse para el derrumbe que prepararse para una agonía administrada durante décadas, y los documentos examinados llevan quince años preparando a su gente para lo primero mientras vivimos lo segundo.

En la teoría del imperialismo, lejos de haberse congelado en 1916, la discusión ha sido renovada de arriba abajo: la teoría del nuevo imperialismo y la acumulación por desposesión de Harvey49, el análisis del imperialismo del siglo XXI como arbitraje global del trabajo y captura de valor a través de las cadenas globales de producción en John Smith50 y en el estudio empírico de Suwandi sobre las cadenas de valor51, la interpretación de Arrighi sobre los ciclos sistémicos de acumulación y el desplazamiento del centro hacia Asia oriental52, y una literatura específica sobre China que incluye tanto el estudio de Weber sobre cómo China escapó de la terapia de choque y qué clase de economía política resultó de ello53 como el análisis de Hung sobre los límites estructurales del ascenso chino54. Con estas herramientas, la pregunta «¿es China imperialista?» deja de ser un juramento de bandera y se convierte en lo que debe ser: un problema de investigación con criterios, datos y consecuencias estratégicas distintas según la respuesta.

En la teoría de la clase y del trabajo, el marxismo contemporáneo ha vuelto a hacer lo que el grantismo dejó de hacer: mirar. Los estudios de composición de clase herederos del operaísmo, las investigaciones militantes sobre logística y plataformas, el debate sobre automatización y futuro del trabajo en el que Benanav ha sostenido, contra la euforia y el pánico tecnológicos por igual, que la debilidad de la demanda de trabajo se explica por la sobrecapacidad y el estancamiento más que por los robots55, y el trabajo de Mau sobre el poder mudo, impersonal, de la compulsión económica como forma específica del poder del capital56, componen una caja de herramientas para responder a la anomalía número tres: cómo es, dónde está y por qué actúa como actúa la clase realmente existente. A ello se suma la teoría de la reproducción social, que ha reconceptualizado el trabajo de reproducción —doméstico, de cuidados, mayoritariamente feminizado— como momento interno de la acumulación y de la lucha de clases y no como tema anexo57, con una genealogía que en castellano puede seguirse en Federici58. Las huelgas feministas que llenaron las calles del Estado español en 2018 y 2019 se comprenden desde ahí o no se comprenden; en los documentos examinados figuran, cuando figuran, como una movilización más que confirma el ascenso general.

En la ecología, ya lo dijimos: del capital fósil de Malm59 al Marx ecológico de Saito y su discusión sobre el metabolismo, el decrecimiento y la planificación60, existe un programa de investigación entero sobre cómo integrar la restricción biofísica en la teoría de la acumulación y en el programa de transición. En la teoría del Estado, la obra tardía de Poulantzas sobre el Estado como relación social y condensación material de fuerzas61 sigue siendo el punto de partida de un debate —sobre estatismo autoritario, sobre la relación entre movimiento, partido y gobierno— que la experiencia de Syriza, de Podemos y de los progresismos latinoamericanos volvió dramáticamente práctico, y cuyo balance serio exige algo más que el archivo universal de la traición. Y existe, en fin, toda una cartografía de los nuevos pensamientos críticos, disponible también en castellano62, que cualquier militante puede recorrer para comprobar por sí mismo lo que aquí afirmamos: que el problema de nuestro tiempo no es la escasez de teoría marxista viva, sino su divorcio respecto de las organizaciones que dicen encarnar al marxismo.

Queremos subrayar, además, algo que toca de lleno al terreno de las dos organizaciones criticadas: una parte creciente de esta vida teórica existe en castellano y desde realidades hispanohablantes. Las editoriales que hemos venido citando —Traficantes de Sueños, Capitán Swing, Bellaterra, Siglo XXI, las que mantienen vivos los catálogos de Akal o de Anagrama en el ensayo crítico— han puesto a disposición del militante de habla castellana, en la última década, un corpus que ninguna generación anterior tuvo: los debates sobre la financiarización y el largo declive, la teoría de la reproducción social, el ecomarxismo, la discusión sobre China, la crítica de la automatización. A ello se suman revistas, seminarios y colectivos de investigación militante en España y en América Latina que discuten composición de clase, vivienda, trabajo de plataforma o transición energética con un nivel que los documentos aquí examinados ni rozan. El dato es demoledor para la coartada habitual de la pereza teórica —que todo eso es academicismo anglosajón inaccesible—: está traducido, está editado, está en las librerías de las mismas ciudades donde estas organizaciones venden su prensa. Si sus documentos no dialogan con nada de ello no es por barrera de idioma ni de acceso; es por decisión, y esa decisión tiene un nombre que este documento viene repitiendo desde su primera página.

Y todavía un señalamiento más, el más incómodo: muchas de las preguntas que estas organizaciones no se hacen fueron formuladas dentro de su propia tradición, por marxistas militantes, no por académicos. La discusión sobre la economía permanente de armamentos nació en el trotskismo de posguerra. La encuesta obrera que reivindicamos es de Marx y fue renovada por militantes revolucionarios italianos en las fábricas. El debate sobre la forma-partido y las condiciones de la conciencia de clase atraviesa a Lukács, a Gramsci, al mejor Trotsky. No estamos proponiendo importar al marxismo mercancía ajena: estamos proponiendo que el marxismo organizado recupere la amplitud que tuvo y que las direcciones fosilizadas le amputaron. El tarro de las esencias no es la tradición; es lo que queda de la tradición cuando se le extirpa todo lo que tenía de problema, de polémica interna, de pregunta abierta. Defender la tradición de verdad es devolverle sus preguntas.

Dos precisiones para que no se nos malinterprete. Primera: citar este paisaje no es suscribirlo. Buena parte de esta producción es académica en el peor sentido, ajena a toda práctica organizada, y contiene errores políticos serios; varios de sus autores extraen de sus propios análisis conclusiones reformistas o contemplativas que rechazamos. No proponemos sustituir el catecismo de Grant por un catecismo de novedades. Proponemos lo que Lenin practicó toda su vida y resumió en la consigna de que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario: la apropiación crítica, organizada y orientada a la práctica de todo el conocimiento disponible, venga de donde venga. Segunda precisión: el divorcio tiene dos culpables. Si las organizaciones se han vuelto teóricamente estériles, buena parte de la mejor teoría se ha vuelto organizativamente estéril, y un marxismo de seminario que no se somete a la prueba de la militancia tampoco es el nuestro. La tarea histórica pendiente —y esta sí que es una tarea de construcción, más exigente que sumar afiliados— es volver a soldar las dos mitades: la seriedad teórica y la disciplina práctica. Ese es el proyecto del CCIM, y este documento es una pieza de él.

IX. Confrontar las perspectivas con la realidad: una propuesta de método

La crítica obliga. Si decimos que estos documentos no confrontan sus perspectivas con la realidad, debemos decir qué significaría hacerlo, y comprometernos a hacerlo nosotros. Proponemos al Plenario del CC y al CEI que el CCIM adopte, para su propio trabajo de perspectivas, un conjunto de reglas de método que formulamos aquí en prosa y que deberán concretarse en la práctica de nuestros documentos a partir de este mismo otoño.

La primera regla es el registro de pronósticos. Todo documento de perspectivas del CCIM deberá formular sus previsiones centrales de manera explícita, fechada y, en lo posible, falsable: no «la crisis se profundizará», sino qué esperamos que ocurra, en qué plazo aproximado, bajo qué condiciones, y qué observación nos haría concluir que nos hemos equivocado. Y todo documento de perspectivas deberá abrirse con el balance del anterior: qué previmos, qué ocurrió, dónde acertamos, dónde fallamos y qué corregimos en consecuencia. Este balance será público. Sabemos lo que esto cuesta —nos expondrá al ridículo cada vez que fallemos, y fallaremos—, y precisamente por eso lo proponemos: una organización que no puede permitirse errar públicamente tampoco puede permitirse pensar.

La segunda regla es la separación de registros. Distinguiremos en nuestros textos, tipográfica y conceptualmente si hace falta, tres cosas que los documentos examinados funden en una sola pasta tonal: lo que sabemos con evidencia y citamos; lo que conjeturamos y argumentamos como conjetura; y lo que deseamos y defendemos como programa. La fusión de los tres registros es el mecanismo íntimo del encaje de la realidad: el deseo se enuncia con la gramática del hecho, y la militancia pierde la capacidad de distinguirlos. Nuestra regla bibliográfica vigente —toda cita firmada completa, con autor, obra, editorial, año y lugar, preferencia por las ediciones en castellano, y señalamiento expreso de todo dato no verificado— es parte de esta misma disciplina y se aplica también a este documento, como puede comprobarse en su nota final.

La tercera regla es la periodización con criterios. Antes de calificar el periodo —orgánico, prerrevolucionario, de descomposición, de impasse— estableceremos los indicadores con los que lo calificamos: series de inversión, de productividad, de conflictividad huelguística, de afiliación, de resultados electorales, de gasto militar, lo que en cada caso corresponda. Los adjetivos vendrán después de las series, no en su lugar. Y aceptaremos lo que las series digan aunque contradiga el estado de ánimo que quisiéramos transmitir: si la conflictividad baja, escribiremos que baja, e investigaremos por qué, en vez de subir el volumen del porvenir.

La cuarta regla es la investigación militante. Una parte de nuestro trabajo de perspectivas no saldrá de la prensa ni de las estadísticas sino de la encuesta directa: composición de las plantillas donde militamos y trabajamos, cartografía de los nudos logísticos y productivos de nuestro entorno, condiciones reales de politización de la juventud trabajadora. Recuperamos aquí la herramienta de la encuesta obrera con la convicción de que una organización pequeña que conoce de verdad tres sectores vale más, teórica y prácticamente, que una grande que repite generalidades sobre todos.

La quinta regla es el diálogo teórico obligatorio. Ningún documento nuestro zanjará una cuestión teóricamente disputada —el carácter de China, la naturaleza de las nuevas derechas, el impacto de la automatización, la trayectoria de la acumulación— sin dar cuenta de las posiciones principales en disputa y de las razones de la nuestra. Esto alargará los textos y los hará más difíciles; asumimos el coste. La formación de nuestra militancia no consiste en suministrarle conclusiones sino en enseñarle los problemas, porque una militancia que solo conoce las conclusiones es propiedad de quien las redacta, y una militancia que conoce los problemas es dueña de sí misma.

La sexta regla es la prohibición de la métrica triunfal. Nuestros balances organizativos se discutirán donde corresponde —en los órganos, con números reales y autocrítica real— y no contaminarán los documentos de análisis. Jamás presentaremos el crecimiento del CCIM como indicador del estado de la lucha de clases, ni el estado de la lucha de clases como argumento de reclutamiento. Son dos series distintas, y confundirlas es el primer paso del camino que este documento ha descrito.

Y la séptima regla, que las resume todas, es la escuela del error. Proponemos institucionalizar en el CCIM lo que ninguna de las organizaciones criticadas posee: un espacio regular de formación dedicado no a los aciertos de la tradición sino a sus equivocaciones, estudiadas con fuentes y sin atenuantes. La perspectiva de 1938 y el boom que la desmintió; la corrección de Grant en 1946 y por qué fue posible entonces y es imposible hoy en las organizaciones que lo reivindican; los pronósticos fallidos de nuestras propias corrientes de origen, los que nos tocaron de cerca y los que firmamos nosotros mismos. No por masoquismo ni por escepticismo: porque el error analizado es la única materia prima de la que se aprende método, y porque una militancia entrenada en diseccionar los errores de sus maestros no entregará jamás su criterio a ningún aparato. El día que en una escuela del CCIM no pueda discutirse un error del CCIM, este documento habrá fracasado y habrá que escribir otro contra nosotros. Dejamos dicho aquí que ese otro documento, si llega a ser necesario, será legítimo.

X. Conclusión: a los militantes de la ICR y de Izquierda Revolucionaria

Terminamos dirigiéndonos a quienes más nos importan de todo este asunto, que no son las direcciones criticadas sino sus militantes. Compañeras y compañeros: nada de lo dicho aquí pone en duda vuestra entrega ni la justicia de la causa a la que la dedicáis. Hemos escrito contra un método, no contra vosotros. Y queremos deciros, con la franqueza que el momento exige, por qué creemos que esto os concierne: porque el método del que habláis y leéis cada semana os está educando en una relación con la verdad que tarde o temprano se cobra su precio. Una formación en la que la organización nunca se equivoca, en la que cada hecho confirma, en la que las preguntas difíciles tienen siempre la misma respuesta y la respuesta sois siempre vosotros mismos, no produce cuadros revolucionarios: produce creyentes, y los creyentes se queman, se van en silencio o, peor, se quedan y dejan de pensar. Lo habéis visto a vuestro alrededor. Nosotros también lo hemos visto, y nos negamos a aceptar que sea el destino natural del militante comunista.

No os pedimos que os vayáis de vuestras organizaciones; no es ese el propósito de este texto y sería un propósito miserable. Os pedimos algo más difícil: que exijáis dentro de ellas lo que aquí hemos argumentado. Pedid el balance público de los pronósticos. Pedid que los congresos discutan los fracasos con el mismo detalle que los éxitos. Pedid que la próxima vez que un documento despache a China, a la inteligencia artificial o a Milei en una frase, alguien tenga que defender esa frase contra la literatura real. Pedid que el recuento de afiliados vuelva al informe organizativo del que nunca debió salir. Si vuestras direcciones son lo que dicen ser, agradecerán la exigencia. Si la castigan, habréis aprendido sobre ellas más que en diez escuelas de formación.

Y a nuestra propia organización, al Plenario y al CEI que discutirán este texto, les decimos lo que ya saben: este documento es un espejo antes que un proyectil. Cada vicio aquí descrito es un vicio posible nuestro; ninguna organización está vacunada por ser pequeña, y la historia del trotskismo es un cementerio de grupos minúsculos con la infalibilidad de una iglesia. La diferencia que queremos construir no es de tamaño ni de pedigrí: es de método. No sabemos todas las respuestas, y lo decimos por escrito en un documento de congreso, sabiendo que nuestros críticos lo usarán contra nosotros. Que lo usen. Lejos de darnos inseguridad, esa frase nos parece la demostración más alta de la fortaleza del marxismo bien entendido: una teoría que no necesita tener razón por adelantado porque tiene un método para conquistar la razón trabajando, el análisis concreto de la situación concreta, la confrontación incesante del pensamiento con la realidad. La realidad no se encaja. Se estudia, se piensa, se combate y se transforma. A eso llamamos, en septiembre, a todos los que quieran acompañarnos.

Calendario y mandato

Para que esta conclusión no quede en gesto, proponemos al Plenario del CC el siguiente calendario y mandato. Primero: discusión del presente documento en el Plenario, con enmiendas por escrito, y remisión al CEI de la versión enmendada para su discusión en las semanas siguientes. Segundo: aprobación definitiva por el CEI no más tarde de la primera quincena de septiembre, y publicación inmediata del texto íntegro, con sus notas y con esta misma sección, para que cualquier lector pueda medir en el futuro nuestro cumplimiento contra nuestro compromiso. Tercero: mandato a la comisión de redacción para completar, antes de la publicación, las verificaciones bibliográficas señaladas como pendientes en las notas, sin excepción. Cuarto: mandato para que el próximo documento de perspectivas del CCIM se elabore conforme a las siete reglas de la sección anterior, incluyendo el registro explícito de pronósticos que serán balanceados públicamente en el documento siguiente. Y quinto: organización, durante el otoño, del primer ciclo de la escuela del error, abierto también a militantes de otras organizaciones que quieran asistir, empezando por los de la ICR y de IR, que serán especialmente bienvenidos. Si este documento provoca respuesta pública de cualquiera de las dos organizaciones, el CEI la publicará íntegra junto a la nuestra: no tememos el contraste, lo buscamos.

Nota bibliográfica y de fuentes

Conforme a nuestra norma de trabajo, indicamos expresamente el estado de verificación de las referencias. Las fuentes primarias criticadas (notas 4 a 12) han sido consultadas directamente en las webs de las organizaciones en junio de 2026 y sus datos de publicación están verificados. En las referencias a los clásicos y a la bibliografía contemporánea hemos preferido, siempre que nos consta su existencia, ediciones en castellano; cuando no conocemos una edición castellana, citamos la edición original verificada y lo indicamos expresamente. Ningún dato bibliográfico de este documento ha sido inventado ni completado por inferencia.

Footnotes

  1. León Trotsky, «Informe sobre la crisis económica mundial y las nuevas tareas de la Internacional Comunista» (III Congreso de la Internacional Comunista, junio de 1921), recogido en castellano en la compilación Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, CEIP «León Trotsky», Buenos Aires, 1999.

  2. León Trotsky, «La curva del desarrollo capitalista» (1923), recogido en castellano en la misma compilación Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, CEIP «León Trotsky», Buenos Aires, 1999.

  3. León Trotsky, El Programa de Transición. La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional (1938), Fundación Federico Engels, Madrid, 2008. Los pronósticos aludidos figuran en las secciones iniciales del texto, en particular en «Las premisas objetivas de la revolución socialista».

  4. «Perspectivas mundiales 2023», documento aprobado en el Congreso Mundial de la Tendencia Marxista Internacional, marxist.com, 2023. Disponible en: https://marxist.com/perspectivas-mundiales-2023.htm (consultado en junio de 2026).

  5. Alan Woods, «Alan Woods sobre las perspectivas mundiales: crisis, lucha de clases y tareas de los comunistas», In Defence of Marxism (marxist.com), febrero de 2024. Transcripción íntegra de la charla inaugural ante la reunión de la dirección internacional de la CMI de enero de 2024. Disponible en: https://marxist.com/alan-woods-sobre-las-perspectivas-mundiales-crisis-lucha-de-clases-y-tareas-de-los-comunistas.htm (consultado en junio de 2026).

  6. «¡Es hora de lanzar una Internacional Comunista Revolucionaria!», declaración de la CMI, febrero de 2024; versión castellana en marxismo.mx (consultado en junio de 2026).

  7. Jorge Martín, «El año 2026 comienza con el sonido de los tambores de guerra imperialista y la lucha de clases», In Defence of Marxism (marxist.com), 20 de febrero de 2026. Transcripción de la charla sobre la situación mundial ante la reunión de la dirección de la ICR celebrada en Italia. Disponible en: https://marxist.com/el-ano-2026-comienza-con-el-sonido-de-los-tambores-de-guerra-imperialista-y-la-lucha-de-clases.htm (consultado en junio de 2026).

  8. «Reunión de la dirección de la ICR: ¡alcancemos los 10.000 comunistas organizados!», In Defence of Marxism (marxist.com), 13 de febrero de 2026 (consultado en junio de 2026).

  9. «Primer congreso del PCR en Italia: ¡los comunistas revolucionarios avanzan!», comunistasrevolucionarios.org, 17 de abril de 2025; «I Congreso de la OCR: el comunismo revolucionario avanza», comunistasrevolucionarios.org, 28 de marzo de 2025 (consultados en junio de 2026).

  10. Izquierda Revolucionaria Internacional, «Documento de perspectivas mundiales del III Congreso de Izquierda Revolucionaria Internacional», izquierdarevolucionaria.net, publicado en tres partes el 17 de diciembre de 2023. Primera parte: «La lucha de clases, la pugna imperialista por la hegemonía y el ascenso de la extrema derecha»; tercera parte: «América Latina y África: revolución y contrarrevolución» (consultado en junio de 2026).

  11. «Congreso de Izquierda Revolucionaria 2024. Tres días de debates y militancia para construir el partido de la revolución», izquierdarevolucionaria.net, diciembre de 2024 (consultado en junio de 2026).

  12. «Congreso comunista revolucionario en Portugal: un gran paso adelante», comunistasrevolucionarios.org, junio de 2026 (consultado en junio de 2026).

  13. Los textos de Ted Grant de 1945-1946 sobre la perspectiva de posguerra, en particular «The changed relationship of forces in Europe and the role of the Fourth International» (1945) y los materiales del debate con la dirección de la Cuarta Internacional, están recopilados en Ted Grant, The Unbroken Thread. The Development of Trotskyism over 40 Years, Fortress Books, Londres, 1989. No nos consta edición castellana verificada de esta recopilación; señalamos el dato conforme a nuestra norma.

  14. León Trotsky, La lucha contra el fascismo en Alemania (escritos de 1930-1933), Fundación Federico Engels, Madrid, 2004.

  15. Karl Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Alianza Editorial, Madrid, 2015.

  16. V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), Fundación Federico Engels, Madrid, 2007.

  17. Robert Brenner, La economía de la turbulencia global, Akal, Madrid, 2009.

  18. John Smith, Imperialism in the Twenty-First Century. Globalization, Super-Exploitation, and Capitalism’s Final Crisis, Monthly Review Press, Nueva York, 2016 [no nos consta edición castellana verificada].

  19. Isabella M. Weber, How China Escaped Shock Therapy. The Market Reform Debate, Routledge, Londres y Nueva York, 2021 [sin edición castellana conocida].

  20. Giovanni Arrighi, Adam Smith en Pekín. Orígenes y fundamentos del siglo XXI, Akal, Madrid, 2007.

  21. Mike Davis, Planeta de ciudades miseria, Foca, Madrid, 2008; original inglés, Planet of Slums, Verso, Londres, 2006.

  22. Aaron Benanav, La automatización y el futuro del trabajo, Traficantes de Sueños, Madrid, 2021; original inglés, Verso, Londres, 2020.

  23. Andreas Malm, Capital fósil. El auge del vapor y las raíces del calentamiento global, Capitán Swing, Madrid, 2020; original inglés, Verso, Londres, 2016.

  24. Kohei Saito, La naturaleza contra el capital. El ecosocialismo de Karl Marx, Edicions Bellaterra, Barcelona, 2022; original inglés, Karl Marx’s Ecosocialism, Monthly Review Press, Nueva York, 2017.

  25. Michael Roberts, The Long Depression. How It Happened, Why It Happened, and What Happens Next, Haymarket Books, Chicago, 2016 [no nos consta edición castellana verificada].

  26. Wolfgang Streeck, Comprando tiempo. La crisis pospuesta del capitalismo democrático, Katz Editores, Madrid y Buenos Aires, 2016; original alemán de 2013.

  27. Cédric Durand, Fictitious Capital. How Finance Is Appropriating Our Future, Verso, Londres, 2017 [sin edición castellana conocida]; original francés, Le capital fictif, Les Prairies Ordinaires, París, 2014.

  28. David Harvey, El nuevo imperialismo, Akal (colección Cuestiones de Antagonismo), Madrid, 2004.

  29. Intan Suwandi, Value Chains. The New Economic Imperialism, Monthly Review Press, Nueva York, 2019 [no nos consta edición castellana verificada].

  30. Ho-fung Hung, The China Boom. Why China Will Not Rule the World, Columbia University Press, Nueva York, 2016 [no nos consta edición castellana verificada].

  31. Søren Mau, Mute Compulsion. A Marxist Theory of the Economic Power of Capital, Verso, Londres, 2023; edición castellana, Verso, 2024.

  32. Tithi Bhattacharya (ed.), Social Reproduction Theory. Remapping Class, Recentering Oppression, Pluto Press, Londres, 2017 [sin edición castellana conocida].

  33. Silvia Federici, El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo, Traficantes de Sueños, Madrid, 2018.

  34. Nicos Poulantzas, Estado, poder y socialismo, Siglo XXI de España, Madrid, 1979.

  35. Razmig Keucheyan, Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos, Siglo XXI de España, Madrid, 2013.